Diez cosas que te sorprenderán cuando vayas a Tailandia

Algo me ha debido pasar en Tailandia, cuando después de estar casi un año sin actualizar este blog vuelvo a poner las manos sobre el teclado. En primer lugar os diré que si no habéis estado, es un país absolutamente recomendable, precioso y fácil de visitar.

Por otro lado, si bien la influencia occidental empieza a hacer de las suyas, sigue manteniendo espacios y cosas realmente auténticas, curiosas y dignas de contar. De esto último va este post (para guía os recomiendo como siempre Lonely Travel), de diez cosas realmente curiosas que os pueden sorprender si decidís visitar este estupendo país asiático.

No te preocupes por tu nivel de inglés. El tuyo es mucho mejor que el suyo. 

El tailandés medio no sabe hablar inglés. O al menos no más que un español medio que haya terminado la ESO. Y no es que no sepan hablar en inglés en “la calle”, sino que en muchos hoteles, restaurantes y otros establecimientos habituados a tratar con turistas, lo hablan de una forma muy rudimentaria.

En ocasiones esta falta de comunicación puede dar a situaciones muy divertidas, pero muchas veces puede ser frustrante. Sobre todo porque a veces dan a entender que nos han comprendido (no nos dejarán de sonreír) pero en realidad o no han entendido nada, o lo han entendido al revés.

Algo tan sencillo como decirle a un taxista que nos lleve a un sitio concreto entra de lleno en esta categoría, porque o bien es un sitio muy conocido (y muy turístico) o casi nunca entenderá donde queremos ir. Y no sirve mostrárselo en nuestra guía, ya que su alfabeto al ser diferente al nuestro, les resulta casi incomprensible de leer. ¿Solución? Pedirles su teléfono móvil e indicarles el recorrido que queremos hacer directamente en su propio GPS. Tal cual.

Coger un Tuk-Tuk en Bangkok es caro (si lo comparamos con un taxi) pero es la forma más divertida y rápida de desplazarse

El Tuk-Tuk es uno de los transportes que podemos utilizar en Tailandia. Básicamente es un motocarro, generalmente con una capacidad máxima de cuatro personas, a los mandos un “loco” de la carretera que nos llevará a toda velocidad por las calles de la ciudad.

El Tuk-Tuk es descubierto y algunos conductores pueden llegar a ser realmente temerarios, pero en general es una experiencia recomendable y francamente divertida. Dependiendo de la distancia, el precio de una carrera varía entre los 150 y los 300 Baths… lo cual aunque no llega a los 7 euros, es bastante más de lo que nos pedirá un taxista que tenga un taxímetro que funcione. En este caso podremos hacer una carrera equivalente por menos de 100 Baths.

Vas a comer muy bien (y tienen la mejor piña del mundo)

En Tailandia se come muy bien, pese a que no haya jamón ibérico. La comida thai es bastante variada y además de los clásicos noodles, ofrece distintos platos a base de pollo, cerdo, verduras o pescado. Aunque puede llegar a ser picante, ni mucho menos es tan picante como la comida india y por lo menos para mí, es bastante más sabrosa y refinada.

Por supuesto en Tailandia no todo es comida tailandesa. En cualquier ciudad encontraremos desde franquicias como Burger King, Starbuks o McDonalds, a restaurantes de cualquier lugar del mundo. Como curiosidad os diré que una de las mejores hamburguesas de mi vida me la he comido en Tailandia. El sitio por si queréis ir, se llama Stacked y está en la isla de Koh Samui.

Pero si queréis comer algo realmente bueno, no podéis dejar pasar la oportunidad de comer piña siempre que podáis y os lo dice alguien al que la piña… ni fu ni fa. En vez de ser paliduchas, las piñas tailandesas son de un amarillo intenso, realmente dulces y muy refrescantes. Desde ya se ha convertido en mi fruta favorita.

El masaje tailandés no es lo que crees y realmente merece la pena

En occidente estamos acostumbrados a que el masaje (no terapéutico) sea una experiencia relajante, a base de ungüentos, música chill-out de fondo y mucho “zen”. En Tailandia las cosas son algo diferentes. Por supuesto, podemos disfrutar de un masaje “a la occidental” pero sería una pena dejar el país sin probar un auténtico masaje thai.

En un masaje thai no se utilizan ningún tipo de ungüentos o cremas. Tendremos que desvestirnos, para a continuación ponernos un “pijama” ligero sobre el que nos aplicarán un masaje que más que relajar nuestros músculos (que también) tiene como objetivo realinear nuestro cuerpo, presionando puntos estratégicos.

Y para ello el profesional que nos toque se subirá por ejemplo de rodillas sobre nuestra espalda, tirará con fuerza de nuestros brazos o nos invitará a hacer todo tipo de torsiones que nos ayudarán a relajar la tensión que soportamos en distintas partes de nuestro cuerpo. ¿Duele? En principio no tiene que doler, sobre todo si estamos en buenas manos, pero desde luego es una experiencia intensa.

En la calle veremos todo tipo de establecimientos que ofrecen masajes por poco dinero (normalmente unos diez euros). No digo que no sea recomendable acudir a estos establecimientos (de hecho fuimos a uno y salimos bastante contentos) pero poco tienen que ver con los más “serios”, donde un verdadero masaje tailandés puede costarnos  entre 30 y 50 euros.

Taxis colectivos – la mejor forma de desplazarse en las ciudades pequeñas

Fuera de Bangkok y especialmente en ciudades como Chiang Mai, Chiang Rai o en las islas, la forma más práctica y económica de desplazarse es utilizar una suerte de taxis colectivos que nos llevarán más o menos donde queremos ir.

Con unas rutas más o menos fijas (suelen recorrer las principales arterias de la ciudad) estos taxis son en realidad furgonetas pick up más o menos limpias con capacidad para transportar de forma simultánea a unas 10 personas. Para pararlas basta hacer un pequeño gesto y a continuación indicar al conductor dónde queremos ir.

Si le viene bien (dependerá en buena medida del destino de los pasajeros que ya tiene a bordo) nos invitará a negociar el precio. Si no, deberemos esperar a la siguiente que en cualquier caso, no tardará demasiado en aparecer.

Dentro de la furgoneta podremos pulsar un botón para “solicitar nuestra parada” si bien en nuestro caso particular nunca hemos tenido que hacerlo ya que el conductor siempre se ha “acordado” de nuestro destino. Para un trayecto corto-medio un precio justo ronda sobre los 50-60 Baths por persona.

El agua del mar puede “picar”

El golfo de Tailandia acoge un mar de aguas cálidas, a veces tan cálidas como una buena ducha mañanera. La temperatura ideal para que esos molestos seres que responden al nombre de medusas, se sientan atraídas por sus costas y playas.

Así que bañarse en la la mayoría de playas del país se convierte en una suerte de ruleta rusa. Y no porque vayamos a encontrarnos frente a frente con las temibles medusas (por lo menos esa no ha sido nuestra experiencia) sino porque dependiendo del día, de la playa, del tiempo etc. el agua del mar puede contener más o menos concentración de restos casi microscópicos (en todo caso no visibles a simple vista) de lo que un día fueron estos seres.

Tras unos minutos de plácido baño, es habitual sentir en la piel pequeños “picotazos”, de mayor o menor intensidad. No son dolorosos pero sí molestos y  en la mayoría de los casos, no dejan marcas en la piel. Tampoco ocurre todo el tiempo, ni todos los días, ni en todas las playas, pero es imposible saberlo de antemano. En cualquier caso bañarse no supone ningún problema más allá de esas pequeñas “descargas eléctricas” a las que nos podríamos tener que enfrentar de forma ocasional.

El Rey es Dios y el toque de queda

Cuando el pasado 16 de octubre Bhumibol Adulyadej, rey de Tailandia desde 1946, pasó a mejor vida, el pueblo se quedó huérfano, privado de un “padre” que más que un rey, en Tailandia había casi alcanzado el estatus de figura divina.

Desde entonces el país está de luto. Todos los edificios públicos, empresas de cierto tamaño, museos, templos, centros comerciales, etc. exhiben a su entrada altares que muestran respeto por el Rey fallecido. Normalmente consisten en una foto del rey fallecido, crespones negros y flores frescas que se cambian cada mañana.

Además en las cercanías del Palacio Real de Bangkok es habitual ver grupos de personas completamente vestidas de negro que se acercan a la residencia del monarca con aire compungido y lastimero. Así que pocas bromas con Bhumibol, ya que cualquier falta de respeto puede conseguir que como mínimo pasemos una noche en la cárcel.

Distinta es la situación de su sucesor, Maha Vajiralongkorn, del que si bien también conviene guardarnos y no hacer bromas, no es querido por su pueblo. El motivo lo encontramos en un modo de vida excéntrico (no os perdáis cómo se presentó en Alemania) y un historial de matrimonios cuanto menos controvertido. Es el caso de su actual esposa, de la que se dice que está relacionada con el crimen organizado.

También es importante saber que desde 2006 los destinos de Tailandia están en manos de una Junta Militar, que tras el golpe de estado de ese mismo año, se mantiene en el poder con el visto bueno de la corona. Para el turista esto apenas si se nota, pero en determinados periodos no es del todo infrecuente que se declare un “toque de queda” que por ejemplo en el caso de Bangkok cierra todo tipo de espacios “visitables” a las tres de la tarde. Así que si vais este verano, os recomiendo madrugar.

Más transexuales que en ningún otro país del mundo

Una de las cosas más curiosas y divertidas del país es que en Tailandia cuesta distinguir en muchas ocasiones si la persona que nos está hablando es un hombre o una mujer, especialmente si son jóvenes.

En primer lugar para el ojo occidental los rasgos de muchos tailandeses pueden parecer bastante uniformes y aniñados. A esto se suma que muchos tailandeses jóvenes escogen una forma de vestir y peinarse descaradamente andrógina, que de forma deliberada se presta a confusión.

Pero además el factor transexual también tiene mucho protagonismo. Y es bastante normal que en cualquier establecimiento comercial (curiosamente de forma muy destacada en hoteles y restaurantes) quien nos atienda sea una mujer que está en el proceso (si no lo ha completado ya) de convertirse en hombre. Mucho menos habitual sin embargo es la situación inversa (hombres que se encuentran en su tránsito para llevar una vida completa como mujeres).

Esto convierte a Tailandia en uno de los países más abiertos del mundo para la comunidad homosexual y transexual y todo un ejemplo a seguir en el continente asiático.

Su Ley Antitabaco es más dura que la española

Al tener compañeros de viaje fumadores he podido comprobar de primera mano cómo fumar en Tailandia no es precisamente un camino de rosas. Como en España, en el país asiático no se puede fumar en bares, restaurantes, aeropuertos, hospitales, etc.

Pero además en muchos casos tampoco puede hacerse en espacios abiertos. Terrazas de restaurantes, parques, jardines, etc. son en muchas ocasiones espacios libres de humos. Al parecer no hay una norma estándar en este sentido, ya que algunos restaurantes sí dejan fumar en la terraza y otros lo prohíben por completo. Por lo tanto antes de encender un cigarrillo conviene preguntar primero.

Puedes llevarte un recuerdo a casa…pero es difícil encontrar algo original

La mayoría de las ciudades Tailandesas tienen enormes y estupendos mercados que pueden dejarnos boquiabiertos. Puestos de comida callejeros, gran cantidad de marcas falsificadas, algunas antigüdades, etc.

Sin embargo desde hace unos años los productos chinos lo han invadido prácticamente todo y al recorrer esos mercados no podemos evitar una sensación continua de dejá vu que se traduce en los mismos elefantes, pañuelos y “artesanía asiática” que podemos encontrar en España.

No quiere decir que no haya cosas sorprendentes e interesantes, pero por un lado no son fáciles de encontrar (recomiendo en este caso el mercado de los amuletos de Bangkok) y por otro, la mayoría de las veces son tan voluminosas o engorrosas de transportar que acabamos por no comprarlas. Puede ser un sitio interesante si queremos comprar ropa “pirateada” pero si queremos ir un poco más allá, es fácil sentirse decepcionado.

Volando voy, volando vengo

Volando voy, volando vengo

“Volando voy, volando vengo
volando voy, volando vengo por el camino yo me entretengo, por el camino yo me entretengo…enamorao de la vida que a veces duele…enamorao de la vida que a veces duele”

No sé si en alguna ocasión habéis montado en una avioneta con la intención de lanzaros en paracaídas. Yo lo he hecho dos veces. La última, la semana pasada. Desde entonces estoy intentando escribir un algo en el que explicar lo que se siente y lo reconozco, no es nada fácil.

Os propongo algo, un viaje conmigo a bordo: olvidaros de casi todos los aviones en los que habéis volado hasta ahora. Del Boeing 747 por supuesto, pero también de cualquier otro que os haya llevado a algún sitio.

Pensad en cambio en un pequeño avión de radio control. De los que se exhiben en las ferias de aeromodelismo. Incluso más pequeño aún. De esos de hojalata que todavía se ven en algunos escaparates de juguetes antiguos. ¿Lo tenéis? Ahora multiplicad su tamaño por nueve o por diez. Quedaros con esa imagen. Eso es. Ahí la tenéis. Esa es nuestra avioneta.

¿Impresiona verdad? Esa sensación que transmite de fragilidad eléctrica, rebotando desde las hélices hasta la cola, saltando desde las alas a las ruedas desgastadas. Subid conmigo. Hay que encontrar un hueco.

Al fondo si sois de los que se marean con las alturas, si no mejor cerca de la puerta corredera. Haced un poco de hueco, entran más compañeros. Fuera codos, adiós manos, atrás los hombros. Cada centímetro cuenta. Ya está. Lo sé, es imposible que esa caja de galletas pueda volar. Un puto milagro.

El despegue ha sido casi inmediato ¿verdad?. Ni rodaje, ni aproximación a la pista ni casi instrucciones de la torre de control. Apenas una carrera voluntariosa, algunas frases sueltas que se han colado por la radio de la cabina, morro arriba y enseguida en el aire. Si queríais montar una escena, del tipo paren los motores quiero salir de aquí, llegáis tarde. Sonrisas. Que no se note el miedo.

No sé vosotros, pero yo tengo la sensación de que es la primera vez que vuelo. Sí, claro que he volado muchas veces antes. Pero casi siempre medio dormido, leyendo un libro, jugando con el móvil o mirando distraído por la ventana. Un volar accidental si así queréis llamarlo… un volar de actor secundario. No como ahora, que volamos todos con los cinco sentidos. Este volar obligatorio, este volar adrenalínico al que nos hemos enchufado.

¿Podéis echaros ahora atrás? Por supuesto. Be my guests. Podéis decirle a vuestro instructor, el que realmente se va a tirar, porque vosotros solo sois un paquete que se ata a su abdomen, que os lo habéis pensado mejor y que no queréis hacerlo, que adiós muy buenas…que por supuesto le pagaréis por su tiempo y esfuerzo pero que no, que no os merece la pena. Más vale un cobarde vivo que un valiente muerto ¿verdad?

Pero sé que si sois como yo, y algo de eso debe de haber porque habéis llegado hasta aquí, no vais a decir nada. Os vais a guardar las sensaciones taquicárdicas para vosotros, tal vez disfrazándolas de forzadas sonrisas, de testosterona y palabras de ánimo. Un pensamiento: allí abajo todos siguen con su vida. A nadie le importa que estemos pasando por encima de sus casas, a 4.000 metros de altura.

“A volar eh, a volar” acaban de abrir la puerta. Uno fuera. “¡Nos vemos en tierra compañeros!” Se abre de nuevo la compuerta. Dos fuera. ¿Los veis por la ventana? Exacto, esos puntitos amarillo y naranja chillón que bajan a toda velocidad. Ahora… ¡Ahora acaban de abrir el paracaídas! ¿Veis como ya planean? En menos de tres minutos habrán vuelto a tocar tierra. Vuestro turno ahora. ¿Estamos juntos en esto no?

¿Os tiran las correas? ¡Más vale que os tiren! Tirad, tirad con fuerza. Bien apretados. Un chiste: como lomos embuchados. ¿Os cuesta respirar? Eso es bueno. Os tiene que costar respirar. Si os podéis mover es que no estáis preparados. Dejad que os pongan las gafas. ¿No querréis que un algo se os meta en el ojo a 200 km por hora verdad?

Ya está.Todo listo. La próxima vez que se abra la puerta, saltáis vosotros. Saltará el instructor y vosotros iréis detrás. Exacto, como un canguro. Dejad colgadas las piernas bajo el escalón de la avioneta. Encorvad la espalda, que haga una U, tal y como os han enseñado en el cursillo de preparación. Apoyad la cabeza sobre su hombro, sin miedo. Intentad sonreír. ¿Listos? ¡A disfrutar!

Os veo. Bajando a toda velocidad. Agitando los brazos. Haciendo como que nadáis suspendidos en el aire. Cómo disfruté la primera vez haciendo el idiota. Seguro que tanto como vosotros ahora. Casi oigo los gritos desde aquí. Lo estáis pasando en grande. Se ha abierto el paracaídas. Veo que habéis empezado a planear. Dos minutos. Tenéis dos minutos para disfrutar del resto del viaje.

“Un minuto, un minuto y a volar. ¿Estás listo?”

“Listo”

“Sobre todo relajado vale? Relajado”

“Claro, claro, relajadísimo”

“Vamos que nos vamos”

Por una Moleskine

Pequeños hurtos. Era todo lo que necesitaba el chico para sentir una descarga de adrenalina. Entrar en unos grandes almacenes, guardarse una revista bajo la chaqueta, una postal de felicitación navideña, un llavero, lo que fuera. Pasar el arco de seguridad, comprobar que no pitaba y andar a un paso ligero aliviado, sin volver la vista atrás.

Su modus operandi no era nada del otro mundo pero al menos era eficaz. Tras llegar al establecimiento invertía los primeros minutos en un teatro despreocupado. Cogía lo que le interesaba, lo dejaba de nuevo sobre el lineal, lo estudiaba de nuevo como si estuviera realmente pensando en comprarlo…Un sí pero no, un baile para uno que tenía como objetivo hipnotizar a las cámaras.

Después todo ocurría muy rápido. Tomaba la mercancía, volvía a estudiarla con detenimiento y se alejaba de la escena del crimen con el objeto en la mano, normalmente enfilando las escaleras mecánicas que le conducían a otra planta.

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Mi “jubilo” (y no júbilo)

Mi “jubilo” (y no júbilo)

Una butaca para leer, un portátil en el que escribir, una pequeña casa en Menorca. Así me gusta imaginar mi jubilo. Una imagen mental en la que me regodeo de vez en cuando y que dibuja días largos que empiezan casi siempre con una carrera ligera hasta la playa de Sa Mesquida.

Nadar unos minutos, enterrar los pies en la arena y dormitar bajo la sombrilla, hasta que me despierta el sonido de la campana que anuncia la llegada de la furgoneta de los helados.

Caminar rápido, rumbo a un granizado de limón, porque la arena quema y he vuelto a dejarme las chanclas junto a la toalla. Bebérmelo tranquilamente, a pequeños sorbos, con los tobillos hundidos en la orilla, observando a los que nadan mientras acabo masticando el hielo.

Volver a casa antes de las 13.00. Escurrir la sal en la ducha y meterme en el gaznate una cerveza bien fría, acompañada de lo que sea: almendras, aceitunas, patatas, lo mismo da. Hojear el periódico empezando siempre por la última página y saltarme también como siempre, la sección de política nacional.

Salir juntos a pasear. Tal vez tropezar en el moll de llevant con el recomendable S’espigo, o puede que si hay algo que celebrar, coger el coche y conducir hasta Torralbenc, un pequeño paraíso mediterráneo del que sólo puedo decir cosas buenas.

Llegar a Mahón y cruzar los dedos para que el mercado siga abierto. Comprar queso. Dejarme arrastrar casi por inercia entre las calles, repitiendo esos escaparates que ya conozco de memoria. Acabar sentado en uno de los cafés que se agarran al acantilado sobre el puerto. Charlar de esto, de lo otro, de nada. Ver los barcos pasar. Imaginarme cómo debe ser vivir en un barco. Casi oscurece.

Alargar el día hasta Es Castell. Dirigirme hasta el territorio semi salvaje que propone Casa Camacho y al que sólo se acercan los que le conocen. Rodar pesadamente hasta Cales Fonts, comer un helado y sentir que todos los problemas siguen a un millón de kilómetros de distancia. Dormir, dormir, dormir.

Pasión y tiempo

Termino de leer “Instrumental” de James Rhodes y me queda esa sensación en los labios que producen esos libros que significan algo. La historia del pianista británico suma momentos atroces, horrorosos, que nunca deberían haber sido vividos, con otros “yo también quiero” que acaban enterrados en el cajón de las buenas intenciones.

Y de todos, de los miles de sustantivos que Rhodes utiliza en su estupenda autobiografía me quedo con uno. “Pasión”. Pasión como la que destaca la RAE en la sexta acepción del término: “Apetito de algo o afición vehemente a ello”. Pasión como esa fuerza que debería llevarte a dejar de comer, de dormir…hasta de respirar si fuera preciso.

Cuenta Rhodes que tras su particular descenso a los infiernos y sus innumerables recaídas, la pasión por la música fue probablemente lo que le salvó de un suicidio para el cual ya se habían escrito casi todas las esquelas.

Que encontrar lo que de verdad nos apasione, no lo que se supone que nos tiene que apasionar, no lo que otros esperan que nos apasione, no lo que creemos que nos apasiona, es la única salida, la única forma de dar un paso atrás, apartarnos unos segundos de toda esa infelicidad que nos rodea.

Porque no nos engañemos: somos infelices. Tal cual. Infelices casi todo el tiempo, todos los días de nuestra vida en los que para evitar clavarnos un puñal en el corazón, destellan aquí y allá de forma ocasional, momentos de pura y profunda felicidad. ¿Quién no querría más de eso? ¿Quién no querría alargar, hacer eternos esos momentos? Y es entonces cuando nos justificamos. No tenemos tiempo. 

Ese tiempo que amenaza con agotarse desde que suena el despertador a primera hora de la mañana. Ese tiempo que nos bebemos en cafés aguados y que malgastamos en trabajos que a casi todos nos saben a poco. Ese tiempo que desaparece en metros, autobuses, supermercados y casas. Ese tiempo que al final agotados, invertimos en el mando a distancia. ESE TIEMPO.

Pero podemos decidir. JODER CLARO QUE PODEMOS HACERLO. Escribir o ver el último capítulo de Juego de Tronos. Aprender a tocar el piano o jugar a Pokemon Go. Ir a una estupenda exposición, al cine, al teatro, etc. o arrastrar el culo por otro centro comercial. Podemos elegir. Si queremos tenemos todo el tiempo del mundo. Si nos atrevemos, podemos hacerlo.

 

 

Limpieza de primavera: bye bye Facebook

¿Tanto te molesta? Es la primera pregunta que me han hecho cuando han descubierto que me he dado de baja de Facebook. Que no quiero seguir leyendo lo que comparten mis amigos. Que no me interesan sus vidas a golpe de clic. Pero que no se me entienda mal. No me molesta Facebook. Nunca me ha supuesto un dolor de cabeza; nunca he discutido con nadie en esta red social ni me he preocupado excesivamente por la privacidad de mis datos.

¿Entonces? Me aburre. ¿Podría dar más explicaciones? Desde luego. Pero es tan fácil decir “Facebook me aburre” que ahora que lo escupen mis dedos, me resulta hasta liberador. Así que no más “Me gusta”, no más “Muro” y no más “Compartir”. Se acabó.  C’est fini. it’s over.

¿Y ya está? Podría darte más explicaciones. Por favor. Es por el picor. ¿El picor?Seguro que a ti también te pasa. Es una especie de picor. Una sensación de incomodidad a la que al principio no das importancia. Un picor que se pasa rápido cuando te rascas. Pero que no tarda muchos días en volver. ¿Cómo cuando tienes alergia? Tal vez, aunque creo que es más sutil. Nunca te llega a molestar del todo. Pero tampoco te sientes completamente bien. ¿Comprendes? No. Me lo imaginaba.

¿Se te ha pasado el picor? No lo sé. Aparecía de vez en cuando. Pero sí, me siento mejor.  Pero sigues usando Twitter. Me sigue interesando, aunque reconozco que cada vez menos. Y Pinterest.  Pero es como ese primo lejano al que solo ves muy de vez en cuando. También te diste de alta en Instagram. Que no deja de ser el hermano tonto de Pinterest. Y por supuesto, tienes tu perfil en LinkedIn. Vale, llámame raro. Me gusta LinkedIn. No podría estar más contento. Ahora, si no tienes más preguntas, creo que es mejor dar por finalizada esta entrevista. Y si la compartes por Facebook, ¿Me avisas? ¡Claro! Genial.

 

 

Freixulfe

freixulfe

A menudo, medio en serio, medio en broma, digo que soy asturiano de adopción. Desde hace años paso parte de mis veranos en Puerto de Vega, uno de esos pueblecitos costeros que tienen tanto encanto en el litoral cantábrico.

A medio camino entre Luarca y Navia, Puerto de Vega puede presumir de estar rodeado de playas y calas prácticamente vírgenes, salvajes las más innacesibles. Lejos de la masificación del Mediterráneo, o del ruido de los chiringuitos del Atlántico andaluz, los 40 o 50 km de costa del Occidente asturiano me recuerdan a menudo que todavía existen sitios en los que las personas podemos caminar, respirar y dejar pasar el tiempo…que los modernos urbanitas, podemos dejar atrás durante unos días el metro salvaje, los hipster-cafés y el postureo que nos exigimos a nosotros mismos de ser más, llegar más lejos y hacerlo los primeros.

En ese “Paraíso Natural”  se encuentra la playa de Freixulfe. Un arenal de casi 1 km de largo que sirve como desembocadura natural del pequeño río que lleva su nombre. Protegida por un bosque de eucalyptus y engastada entre dos acantatilados, el acceso a la playa es si no tortuoso, si lo suficientemente incómodo para que muchos bañistas se decanten por otras opciones mucho más sencillas, a pocos kilómetros de distancia.

Y no sólo porque el acceso a esas otras playas sea más sencillo, sino porque bañarse en Freixulfe es toda una experiencia con la que disfrutan sobre todo los perennes surfistas que se acercan con el ánimo de cazar olas. Olas. De eso se trata. Pese a que algunos días de calma chicha el baño es “apto para todos los públicos”, la mayor parte, una bandera amarilla y dos grandes mástiles de los que cuelgan pañolones en los que puede leerse “Zona de Baño” hablan de una playa tan bella como inhóspita.

Un pequeño puesto de bebidas, que comparte espacio con la garita de los socorristas y unas duchas son en realidad la única concesión al turista. No hay atracciones inflables, ni se pueden alquilar motos de agua. No hay camas balinesas, ni campos de volley-playa. Por no haber, ni siquiera hay ese trapicheo playero de gafas del sol, pulseras de cuentas y viseras.

Los que nos acercamos, cuando el tiempo nos deja, sabemos que estaremos solo pocas horas. Las suficientes para pelearnos con el mar, dejar que nos arrastre una y otra vez hasta la orilla llenando nuestro bañador de arena; las suficientes para pasear junto a la orilla esas escasas mañanas que parece que el sol va a romper las piedras; las suficientes para leer un rato y observar como sube la marea, se levanta el viento y llega a hora de volver a casa.  Todo lo demás, el resto de posibilidades que regala el verano, se antojan en Freixulfe articiosas, de un tiempo que no corresponde con el norestón que durante semanas enteras tumba los árboles.

Por eso me resulta tan complicado entender. Por eso no consigo comprender qué hacían tres personas paseando en pleno invierno, rompiendo la sombra del temporal que cae a plomo, junto a la orilla del mar, hundiendo sus pies en el agua, en esa sal que ha arrancado a un niño de los brazos de su abuelo. Podrán explicarlo las noticias y tal vez el juez, cuando cierre el sumario. Para los demás, los que normalmente bajamos a la playa, seguirá siendo un misterio.