Eslava

Eslava

Salimos con hambre del “Archivo de Indias”. Así que tras enfilar de nuevo la Avenida de la Constitución y esquivar a los distintos grupos de turistas que se arremolinan frente a la catedral, apretamos el paso hasta ese ayuntamiento que parece descolocado en el centro de la ciudad, muerto de miedo ante la Giralda.

Calles Francisco Bruna y Álvarez Quintero, para darnos de bruces con los gritos, los platos, el olor a fritanga y la cola que aún a las 14.00 de la tarde sigue formándose a la entrada del “Divino Salvador”. Los lugareños, atiborrándose a base de ensaladilla rusa en “La Alicantina”. El resto, comiendo lo que pueden en las mesas altas que se desparraman por la plaza.

Seguimos por la Lebrijana “Calle Cuna”, pletórica con sus tiendas para novias y esa churrería prieta que anotamos para otro momento. Y de ahí hasta “La Campana”, una de esas tremendas pastelerías congeladas en el tiempo, con sus escaparates inmensos y esos camareros siempre atentos al equilibrio de sus miniaturas de nata.

Empalagados, nos sorprende darnos de bruces con ese horror que responde al nombre de “Plaza del Duque de la Victoria”, refugio de un “El Corte Inglés” del que huímos a paso ligero, hasta que embocamos la mucho más tranquila calle de “Jesús del Gran Poder”. Pese a que afortunadamente es sombreada, la calle se nos hace larga, pesada mientras salivamos un “¿Falta mucho?” que cada poco comprobamos en Google Maps esperando buenas noticias.

Y no, no falta mucho. Tras andar cinco minutos giramos en “Pescadores”, atravesamos “Hernán Cortés” y literalmente nos colamos en Eslava (Calle Eslava, 3), probablemente el mejor restaurante que hemos visitado en este puente sevillano. Nos hacemos fuertes en una mesa de la terraza, saltándonos la lista de espera. Y con algo de nervios al principio, por eso de si nos echan, pero mucho más relajados después de la segunda tapa, nos dejamos vencer por el sol de octubre.

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Will Eisner y el barrio infinito

Will Eisner y el barrio infinito

Will Eisner es para muchos, además de su inventor, lo mejor que le ha podido pasar al mundo de la novela gráfica. No es casualidad que los Premios Eisner sean los más respetados en el mundo del comic, o que “The Spirit” siga orgulloso ocupando las estanterías de las tiendas comiqueras de medio mundo.

En “La trilogía de contrato con Dios “ el genio americano es capaz de contar buena parte de la historia de Estados Unidos sin abandonar la Avenida Dropsie, unas cuantas manzanas enclavadas en el Bronx neoyorquino.

Y ahí, sin abandonar nunca el barrio, somos testigos de excepción de hechos fascinantes: la construcción de una ciudad, las distintas olas migratorias que han experimentado los Estados Unidos a lo largo de su historia, el crack del 29, las dos guerras mundiales (sin olvidarnos de Vietnam), los conflictos religiosos y raciales, los padrinos y sus mafias, el asociacionismo clandestino, la especulación urbanística…o las personas que cuentan el mundo desde lo alto de una escalera o junto a una boca de incendios.

Y sobre todo cómo nace, evoluciona y desaparece un barrio a lo largo de las décadas, para luego volver a renacer de sus cenizas y repetir el ciclo completo de nuevo.

De alguna forma Eisner nos advierte que todas las historias ya han sido contadas, que seguiremos tropezando una y otra vez con las mismas piedras…Cambia todo para que nada cambie.

Vida y muerte de Qandeel Baloch

Vida y muerte de Qandeel Baloch

Mujer, Youtuber y pakistaní. Estos son los tres pecados que han llevado a la muerte a Qandeel Baloch. La asfixió a finales de 2016 su propio hermano mientras dormía.

¿Su crimen? “Lleva la vergüenza” a su familia al atreverse a contar en su página de Facebook (730.000 seguidores) que las mujeres pakistaníes tienen que atreverse a dar la cara. Que tienen derecho a expresarse con libertad, a enseñar su cuerpo, a cuestionar el “por que sí” machista del islamismo radical.

Su historia la cuenta the Guardian en el documental “Qandeel Baloch: the life, death and impact of Pakistan’s working-class icon “

Son poco más de 20 minutos de vídeo, pero cada segundo vale su peso en oro. Un documental así no tendría ninguna posibilidad en la parrilla televisiva española. Seguramente, tampoco en los grandes  medios on-line, cada vez más, aliados íntimos de esas tertulias que duran horas y no cuentan nada.

Diez cosas que te sorprenderán cuando vayas a Tailandia

Algo me ha debido pasar en Tailandia, cuando después de estar casi un año sin actualizar este blog vuelvo a poner las manos sobre el teclado. En primer lugar os diré que si no habéis estado, es un país absolutamente recomendable, precioso y fácil de visitar.

Por otro lado, si bien la influencia occidental empieza a hacer de las suyas, sigue manteniendo espacios y cosas realmente auténticas, curiosas y dignas de contar. De esto último va este post (para guía os recomiendo como siempre Lonely Travel), de diez cosas realmente curiosas que os pueden sorprender si decidís visitar este estupendo país asiático.

No te preocupes por tu nivel de inglés. El tuyo es mucho mejor que el suyo. 

El tailandés medio no sabe hablar inglés. O al menos no más que un español medio que haya terminado la ESO. Y no es que no sepan hablar en inglés en “la calle”, sino que en muchos hoteles, restaurantes y otros establecimientos habituados a tratar con turistas, lo hablan de una forma muy rudimentaria.

En ocasiones esta falta de comunicación puede dar a situaciones muy divertidas, pero muchas veces puede ser frustrante. Sobre todo porque a veces dan a entender que nos han comprendido (no nos dejarán de sonreír) pero en realidad o no han entendido nada, o lo han entendido al revés.

Algo tan sencillo como decirle a un taxista que nos lleve a un sitio concreto entra de lleno en esta categoría, porque o bien es un sitio muy conocido (y muy turístico) o casi nunca entenderá donde queremos ir. Y no sirve mostrárselo en nuestra guía, ya que su alfabeto al ser diferente al nuestro, les resulta casi incomprensible de leer. ¿Solución? Pedirles su teléfono móvil e indicarles el recorrido que queremos hacer directamente en su propio GPS. Tal cual.

Coger un Tuk-Tuk en Bangkok es caro (si lo comparamos con un taxi) pero es la forma más divertida y rápida de desplazarse

El Tuk-Tuk es uno de los transportes que podemos utilizar en Tailandia. Básicamente es un motocarro, generalmente con una capacidad máxima de cuatro personas, a los mandos un “loco” de la carretera que nos llevará a toda velocidad por las calles de la ciudad.

El Tuk-Tuk es descubierto y algunos conductores pueden llegar a ser realmente temerarios, pero en general es una experiencia recomendable y francamente divertida. Dependiendo de la distancia, el precio de una carrera varía entre los 150 y los 300 Baths… lo cual aunque no llega a los 7 euros, es bastante más de lo que nos pedirá un taxista que tenga un taxímetro que funcione. En este caso podremos hacer una carrera equivalente por menos de 100 Baths.

Vas a comer muy bien (y tienen la mejor piña del mundo)

En Tailandia se come muy bien, pese a que no haya jamón ibérico. La comida thai es bastante variada y además de los clásicos noodles, ofrece distintos platos a base de pollo, cerdo, verduras o pescado. Aunque puede llegar a ser picante, ni mucho menos es tan picante como la comida india y por lo menos para mí, es bastante más sabrosa y refinada.

Por supuesto en Tailandia no todo es comida tailandesa. En cualquier ciudad encontraremos desde franquicias como Burger King, Starbuks o McDonalds, a restaurantes de cualquier lugar del mundo. Como curiosidad os diré que una de las mejores hamburguesas de mi vida me la he comido en Tailandia. El sitio por si queréis ir, se llama Stacked y está en la isla de Koh Samui.

Pero si queréis comer algo realmente bueno, no podéis dejar pasar la oportunidad de comer piña siempre que podáis y os lo dice alguien al que la piña… ni fu ni fa. En vez de ser paliduchas, las piñas tailandesas son de un amarillo intenso, realmente dulces y muy refrescantes. Desde ya se ha convertido en mi fruta favorita.

El masaje tailandés no es lo que crees y realmente merece la pena

En occidente estamos acostumbrados a que el masaje (no terapéutico) sea una experiencia relajante, a base de ungüentos, música chill-out de fondo y mucho “zen”. En Tailandia las cosas son algo diferentes. Por supuesto, podemos disfrutar de un masaje “a la occidental” pero sería una pena dejar el país sin probar un auténtico masaje thai.

En un masaje thai no se utilizan ningún tipo de ungüentos o cremas. Tendremos que desvestirnos, para a continuación ponernos un “pijama” ligero sobre el que nos aplicarán un masaje que más que relajar nuestros músculos (que también) tiene como objetivo realinear nuestro cuerpo, presionando puntos estratégicos.

Y para ello el profesional que nos toque se subirá por ejemplo de rodillas sobre nuestra espalda, tirará con fuerza de nuestros brazos o nos invitará a hacer todo tipo de torsiones que nos ayudarán a relajar la tensión que soportamos en distintas partes de nuestro cuerpo. ¿Duele? En principio no tiene que doler, sobre todo si estamos en buenas manos, pero desde luego es una experiencia intensa.

En la calle veremos todo tipo de establecimientos que ofrecen masajes por poco dinero (normalmente unos diez euros). No digo que no sea recomendable acudir a estos establecimientos (de hecho fuimos a uno y salimos bastante contentos) pero poco tienen que ver con los más “serios”, donde un verdadero masaje tailandés puede costarnos  entre 30 y 50 euros.

Taxis colectivos – la mejor forma de desplazarse en las ciudades pequeñas

Fuera de Bangkok y especialmente en ciudades como Chiang Mai, Chiang Rai o en las islas, la forma más práctica y económica de desplazarse es utilizar una suerte de taxis colectivos que nos llevarán más o menos donde queremos ir.

Con unas rutas más o menos fijas (suelen recorrer las principales arterias de la ciudad) estos taxis son en realidad furgonetas pick up más o menos limpias con capacidad para transportar de forma simultánea a unas 10 personas. Para pararlas basta hacer un pequeño gesto y a continuación indicar al conductor dónde queremos ir.

Si le viene bien (dependerá en buena medida del destino de los pasajeros que ya tiene a bordo) nos invitará a negociar el precio. Si no, deberemos esperar a la siguiente que en cualquier caso, no tardará demasiado en aparecer.

Dentro de la furgoneta podremos pulsar un botón para “solicitar nuestra parada” si bien en nuestro caso particular nunca hemos tenido que hacerlo ya que el conductor siempre se ha “acordado” de nuestro destino. Para un trayecto corto-medio un precio justo ronda sobre los 50-60 Baths por persona.

El agua del mar puede “picar”

El golfo de Tailandia acoge un mar de aguas cálidas, a veces tan cálidas como una buena ducha mañanera. La temperatura ideal para que esos molestos seres que responden al nombre de medusas, se sientan atraídas por sus costas y playas.

Así que bañarse en la la mayoría de playas del país se convierte en una suerte de ruleta rusa. Y no porque vayamos a encontrarnos frente a frente con las temibles medusas (por lo menos esa no ha sido nuestra experiencia) sino porque dependiendo del día, de la playa, del tiempo etc. el agua del mar puede contener más o menos concentración de restos casi microscópicos (en todo caso no visibles a simple vista) de lo que un día fueron estos seres.

Tras unos minutos de plácido baño, es habitual sentir en la piel pequeños “picotazos”, de mayor o menor intensidad. No son dolorosos pero sí molestos y  en la mayoría de los casos, no dejan marcas en la piel. Tampoco ocurre todo el tiempo, ni todos los días, ni en todas las playas, pero es imposible saberlo de antemano. En cualquier caso bañarse no supone ningún problema más allá de esas pequeñas “descargas eléctricas” a las que nos podríamos tener que enfrentar de forma ocasional.

El Rey es Dios y el toque de queda

Cuando el pasado 16 de octubre Bhumibol Adulyadej, rey de Tailandia desde 1946, pasó a mejor vida, el pueblo se quedó huérfano, privado de un “padre” que más que un rey, en Tailandia había casi alcanzado el estatus de figura divina.

Desde entonces el país está de luto. Todos los edificios públicos, empresas de cierto tamaño, museos, templos, centros comerciales, etc. exhiben a su entrada altares que muestran respeto por el Rey fallecido. Normalmente consisten en una foto del rey fallecido, crespones negros y flores frescas que se cambian cada mañana.

Además en las cercanías del Palacio Real de Bangkok es habitual ver grupos de personas completamente vestidas de negro que se acercan a la residencia del monarca con aire compungido y lastimero. Así que pocas bromas con Bhumibol, ya que cualquier falta de respeto puede conseguir que como mínimo pasemos una noche en la cárcel.

Distinta es la situación de su sucesor, Maha Vajiralongkorn, del que si bien también conviene guardarnos y no hacer bromas, no es querido por su pueblo. El motivo lo encontramos en un modo de vida excéntrico (no os perdáis cómo se presentó en Alemania) y un historial de matrimonios cuanto menos controvertido. Es el caso de su actual esposa, de la que se dice que está relacionada con el crimen organizado.

También es importante saber que desde 2006 los destinos de Tailandia están en manos de una Junta Militar, que tras el golpe de estado de ese mismo año, se mantiene en el poder con el visto bueno de la corona. Para el turista esto apenas si se nota, pero en determinados periodos no es del todo infrecuente que se declare un “toque de queda” que por ejemplo en el caso de Bangkok cierra todo tipo de espacios “visitables” a las tres de la tarde. Así que si vais este verano, os recomiendo madrugar.

Más transexuales que en ningún otro país del mundo

Una de las cosas más curiosas y divertidas del país es que en Tailandia cuesta distinguir en muchas ocasiones si la persona que nos está hablando es un hombre o una mujer, especialmente si son jóvenes.

En primer lugar para el ojo occidental los rasgos de muchos tailandeses pueden parecer bastante uniformes y aniñados. A esto se suma que muchos tailandeses jóvenes escogen una forma de vestir y peinarse descaradamente andrógina, que de forma deliberada se presta a confusión.

Pero además el factor transexual también tiene mucho protagonismo. Y es bastante normal que en cualquier establecimiento comercial (curiosamente de forma muy destacada en hoteles y restaurantes) quien nos atienda sea una mujer que está en el proceso (si no lo ha completado ya) de convertirse en hombre. Mucho menos habitual sin embargo es la situación inversa (hombres que se encuentran en su tránsito para llevar una vida completa como mujeres).

Esto convierte a Tailandia en uno de los países más abiertos del mundo para la comunidad homosexual y transexual y todo un ejemplo a seguir en el continente asiático.

Su Ley Antitabaco es más dura que la española

Al tener compañeros de viaje fumadores he podido comprobar de primera mano cómo fumar en Tailandia no es precisamente un camino de rosas. Como en España, en el país asiático no se puede fumar en bares, restaurantes, aeropuertos, hospitales, etc.

Pero además en muchos casos tampoco puede hacerse en espacios abiertos. Terrazas de restaurantes, parques, jardines, etc. son en muchas ocasiones espacios libres de humos. Al parecer no hay una norma estándar en este sentido, ya que algunos restaurantes sí dejan fumar en la terraza y otros lo prohíben por completo. Por lo tanto antes de encender un cigarrillo conviene preguntar primero.

Puedes llevarte un recuerdo a casa…pero es difícil encontrar algo original

La mayoría de las ciudades Tailandesas tienen enormes y estupendos mercados que pueden dejarnos boquiabiertos. Puestos de comida callejeros, gran cantidad de marcas falsificadas, algunas antigüdades, etc.

Sin embargo desde hace unos años los productos chinos lo han invadido prácticamente todo y al recorrer esos mercados no podemos evitar una sensación continua de dejá vu que se traduce en los mismos elefantes, pañuelos y “artesanía asiática” que podemos encontrar en España.

No quiere decir que no haya cosas sorprendentes e interesantes, pero por un lado no son fáciles de encontrar (recomiendo en este caso el mercado de los amuletos de Bangkok) y por otro, la mayoría de las veces son tan voluminosas o engorrosas de transportar que acabamos por no comprarlas. Puede ser un sitio interesante si queremos comprar ropa “pirateada” pero si queremos ir un poco más allá, es fácil sentirse decepcionado.

Volando voy, volando vengo

Volando voy, volando vengo

“Volando voy, volando vengo
volando voy, volando vengo por el camino yo me entretengo, por el camino yo me entretengo…enamorao de la vida que a veces duele…enamorao de la vida que a veces duele”

No sé si en alguna ocasión habéis montado en una avioneta con la intención de lanzaros en paracaídas. Yo lo he hecho dos veces. La última, la semana pasada. Desde entonces estoy intentando escribir un algo en el que explicar lo que se siente y lo reconozco, no es nada fácil.

Os propongo algo, un viaje conmigo a bordo: olvidaros de casi todos los aviones en los que habéis volado hasta ahora. Del Boeing 747 por supuesto, pero también de cualquier otro que os haya llevado a algún sitio.

Pensad en cambio en un pequeño avión de radio control. De los que se exhiben en las ferias de aeromodelismo. Incluso más pequeño aún. De esos de hojalata que todavía se ven en algunos escaparates de juguetes antiguos. ¿Lo tenéis? Ahora multiplicad su tamaño por nueve o por diez. Quedaros con esa imagen. Eso es. Ahí la tenéis. Esa es nuestra avioneta.

¿Impresiona verdad? Esa sensación que transmite de fragilidad eléctrica, rebotando desde las hélices hasta la cola, saltando desde las alas a las ruedas desgastadas. Subid conmigo. Hay que encontrar un hueco.

Al fondo si sois de los que se marean con las alturas, si no mejor cerca de la puerta corredera. Haced un poco de hueco, entran más compañeros. Fuera codos, adiós manos, atrás los hombros. Cada centímetro cuenta. Ya está. Lo sé, es imposible que esa caja de galletas pueda volar. Un puto milagro.

El despegue ha sido casi inmediato ¿verdad?. Ni rodaje, ni aproximación a la pista ni casi instrucciones de la torre de control. Apenas una carrera voluntariosa, algunas frases sueltas que se han colado por la radio de la cabina, morro arriba y enseguida en el aire. Si queríais montar una escena, del tipo paren los motores quiero salir de aquí, llegáis tarde. Sonrisas. Que no se note el miedo.

No sé vosotros, pero yo tengo la sensación de que es la primera vez que vuelo. Sí, claro que he volado muchas veces antes. Pero casi siempre medio dormido, leyendo un libro, jugando con el móvil o mirando distraído por la ventana. Un volar accidental si así queréis llamarlo… un volar de actor secundario. No como ahora, que volamos todos con los cinco sentidos. Este volar obligatorio, este volar adrenalínico al que nos hemos enchufado.

¿Podéis echaros ahora atrás? Por supuesto. Be my guests. Podéis decirle a vuestro instructor, el que realmente se va a tirar, porque vosotros solo sois un paquete que se ata a su abdomen, que os lo habéis pensado mejor y que no queréis hacerlo, que adiós muy buenas…que por supuesto le pagaréis por su tiempo y esfuerzo pero que no, que no os merece la pena. Más vale un cobarde vivo que un valiente muerto ¿verdad?

Pero sé que si sois como yo, y algo de eso debe de haber porque habéis llegado hasta aquí, no vais a decir nada. Os vais a guardar las sensaciones taquicárdicas para vosotros, tal vez disfrazándolas de forzadas sonrisas, de testosterona y palabras de ánimo. Un pensamiento: allí abajo todos siguen con su vida. A nadie le importa que estemos pasando por encima de sus casas, a 4.000 metros de altura.

“A volar eh, a volar” acaban de abrir la puerta. Uno fuera. “¡Nos vemos en tierra compañeros!” Se abre de nuevo la compuerta. Dos fuera. ¿Los veis por la ventana? Exacto, esos puntitos amarillo y naranja chillón que bajan a toda velocidad. Ahora… ¡Ahora acaban de abrir el paracaídas! ¿Veis como ya planean? En menos de tres minutos habrán vuelto a tocar tierra. Vuestro turno ahora. ¿Estamos juntos en esto no?

¿Os tiran las correas? ¡Más vale que os tiren! Tirad, tirad con fuerza. Bien apretados. Un chiste: como lomos embuchados. ¿Os cuesta respirar? Eso es bueno. Os tiene que costar respirar. Si os podéis mover es que no estáis preparados. Dejad que os pongan las gafas. ¿No querréis que un algo se os meta en el ojo a 200 km por hora verdad?

Ya está.Todo listo. La próxima vez que se abra la puerta, saltáis vosotros. Saltará el instructor y vosotros iréis detrás. Exacto, como un canguro. Dejad colgadas las piernas bajo el escalón de la avioneta. Encorvad la espalda, que haga una U, tal y como os han enseñado en el cursillo de preparación. Apoyad la cabeza sobre su hombro, sin miedo. Intentad sonreír. ¿Listos? ¡A disfrutar!

Os veo. Bajando a toda velocidad. Agitando los brazos. Haciendo como que nadáis suspendidos en el aire. Cómo disfruté la primera vez haciendo el idiota. Seguro que tanto como vosotros ahora. Casi oigo los gritos desde aquí. Lo estáis pasando en grande. Se ha abierto el paracaídas. Veo que habéis empezado a planear. Dos minutos. Tenéis dos minutos para disfrutar del resto del viaje.

“Un minuto, un minuto y a volar. ¿Estás listo?”

“Listo”

“Sobre todo relajado vale? Relajado”

“Claro, claro, relajadísimo”

“Vamos que nos vamos”

Por una Moleskine

Pequeños hurtos. Era todo lo que necesitaba el chico para sentir una descarga de adrenalina. Entrar en unos grandes almacenes, guardarse una revista bajo la chaqueta, una postal de felicitación navideña, un llavero, lo que fuera. Pasar el arco de seguridad, comprobar que no pitaba y andar a un paso ligero aliviado, sin volver la vista atrás.

Su modus operandi no era nada del otro mundo pero al menos era eficaz. Tras llegar al establecimiento invertía los primeros minutos en un teatro despreocupado. Cogía lo que le interesaba, lo dejaba de nuevo sobre el lineal, lo estudiaba de nuevo como si estuviera realmente pensando en comprarlo…Un sí pero no, un baile para uno que tenía como objetivo hipnotizar a las cámaras.

Después todo ocurría muy rápido. Tomaba la mercancía, volvía a estudiarla con detenimiento y se alejaba de la escena del crimen con el objeto en la mano, normalmente enfilando las escaleras mecánicas que le conducían a otra planta.

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Mi “jubilo” (y no júbilo)

Mi “jubilo” (y no júbilo)

Una butaca para leer, un portátil en el que escribir, una pequeña casa en Menorca. Así me gusta imaginar mi jubilo. Una imagen mental en la que me regodeo de vez en cuando y que dibuja días largos que empiezan casi siempre con una carrera ligera hasta la playa de Sa Mesquida.

Nadar unos minutos, enterrar los pies en la arena y dormitar bajo la sombrilla, hasta que me despierta el sonido de la campana que anuncia la llegada de la furgoneta de los helados.

Caminar rápido, rumbo a un granizado de limón, porque la arena quema y he vuelto a dejarme las chanclas junto a la toalla. Bebérmelo tranquilamente, a pequeños sorbos, con los tobillos hundidos en la orilla, observando a los que nadan mientras acabo masticando el hielo.

Volver a casa antes de las 13.00. Escurrir la sal en la ducha y meterme en el gaznate una cerveza bien fría, acompañada de lo que sea: almendras, aceitunas, patatas, lo mismo da. Hojear el periódico empezando siempre por la última página y saltarme también como siempre, la sección de política nacional.

Salir juntos a pasear. Tal vez tropezar en el moll de llevant con el recomendable S’espigo, o puede que si hay algo que celebrar, coger el coche y conducir hasta Torralbenc, un pequeño paraíso mediterráneo del que sólo puedo decir cosas buenas.

Llegar a Mahón y cruzar los dedos para que el mercado siga abierto. Comprar queso. Dejarme arrastrar casi por inercia entre las calles, repitiendo esos escaparates que ya conozco de memoria. Acabar sentado en uno de los cafés que se agarran al acantilado sobre el puerto. Charlar de esto, de lo otro, de nada. Ver los barcos pasar. Imaginarme cómo debe ser vivir en un barco. Casi oscurece.

Alargar el día hasta Es Castell. Dirigirme hasta el territorio semi salvaje que propone Casa Camacho y al que sólo se acercan los que le conocen. Rodar pesadamente hasta Cales Fonts, comer un helado y sentir que todos los problemas siguen a un millón de kilómetros de distancia. Dormir, dormir, dormir.