Midnight Diner y el realismo mágico japonés

Midnight Diner y el realismo mágico japonés

Frederic Martel, autor de “Cultura mainstream: cómo nacen los fenómenos de masas” afirmaría sin pestañear que Netflix se ha convertido en un gran vector moldeador de nuestra escena cultural. Al fin y al cabo, la plataforma de contenidos de Reed Hastings ha conseguido que hablemos más de series como “Stranger Things”, “Narcos” o “House of cards” que de cualquier otra cosa.

Sin embargo Neftlix es mucho más que eso. Bajo la supuesta uniformidad de su propuesta,  esconde a menudo pequeñas joyas independientes. Películas y series que probablemente nunca llegaríamos a ver si no fuera precisamente, por el apetito voraz que la plataforma tiene por todo tipo de contenidos.

Prueba de lo anterior es que de no ser por Netflix, seguramente nunca hubiese visto “Midnight Diner: Tokyo Stories” una serie japonesa que hace de la comida su hilo conductor y en la que podemos aprender los secretos de platos tan sencillos como una tortilla de arroz, un potaje de verduras o unas chuletas de cerdo empanadas.

En el centro de la serie, el Shinya Shokudo, un pequeño restaurante que sólo abre de 0.00 a 7.00 de la mañana. Un espacio muy particular en el que los clientes acodados tras la barra, pueden pedir lo que quieran, siempre que el “maestro” tenga los ingredientes adecuados para prepararlo.

Cada plato en realidad, no es más que una excusa para contar pequeñas historias que hablan de amistad, de amor, de honor… que a su vez propician decenas de cuadros en los que nos asomamos a la sociedad japonesa.

En cada capítulo, parroquianos habituales que pasan la noche tras una jarra de cerveza, comparten espacio con otros que marcan el tempo y dibujan las líneas narrativas de cada nueva historia. Y ahí descubrimos al frutero solterón al que el fantasma de su madre se le aparece en sueños, el campeón de Mahjong al que una ex-amante le “coloca” un niño al que ha abandonado, o una respetable dama enamorada en secreto de un conocido actor porno.

Midnight Diner regala al espectador occidental todo tipo de situaciones surrealistas, y la vez revela muchos detalles de una sociedad que pese a vivir en un mundo cada vez más conectado, se las ha arreglado muy bien para seguir dando la espalda a la globalización occidental.

Aunque está narrada en un tono de comedia, su punto fuerte es la facilidad con la que consigue que desconectemos de todo el ruido que nos rodea, la sensación de calma y tranquilidad que transmite. No hay giros inesperados de guión o tramas complejas. Nunca nos deja con ganas de un capítulo más, pero no importa… porque cuando la visitamos de nuevo, nos sentimos en casa.

Más que episodios, lo que esta serie nos ofrece son pequeños cuentos en los que las piezas siempre acaban encajando. Por eso funciona. Por eso, en su pequeño universo, casi siempre todo es perfecto.

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Stefan Zweig y los interrogatorios de la Gestapo en el Metropole

Stefan Zweig y los interrogatorios de la Gestapo en el Metropole

Cuenta Stefan Zweig en Novela de ajedrez que cuando la Gestapo sospechaba que una persona ocultaba lo que podría ser un negocio beneficioso para el Reich, o que podía conducirles a una gran fuente de dinero que el investigado hacía lo posible por ocultar, solían otorgarle una especie de “trato de favor”.

Para los empresarios, albaceas o notarios adinerados de la Austria ocupada no había ni campos de concentración, ni trabajos forzados. Más bien al contrario, una vez detenidos eran conducidos a hoteles tan lujosos como el Metropole (acabaría convirtiéndose en el cuartel general de la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial), donde les “hospedaban” en habitaciones individuales a las que no les faltaba de nada.

Los “huéspedes” podían descansar en una cama mullida y lavarse a diario. No faltaban sus tres comidas e incluso el preceptivo té. En esta situación soñada para cualquier prisionero, faltaba sin embargo todo lo demás.

Encerrados sin poder salir de la habitación (un guardia custodiaba cada puerta), perdían pronto la noción del tiempo. Al estar tapiadas las ventanas, nunca sabían qué hora era, ni si era de día o de noche. En las habitaciones se podía descansar, pero no se podía hacer otra cosa: leer, escribir, conversar o cualquier otro pasatiempo que podamos imaginar, desaparecían de repente de la ecuación cotidiana. El protagonista de esta pequeña gran novela nos lo cuenta así:

Tenía una puerta, una cama, un sillón, un aguamanil para lavarse y una ventana de rejas. Pero la puerta permanecía día y noche cerrada, la mesa no me servía de nada pues no me permitían tener ni libros, ni diarios, ni papel, ni lápiz y la ventana daba a una pared ciega. Habían construido una nada absoluta, no sólo en torno a mi alma, sino también en torno a mi cuerpo. Me habían despojado de todos los objetos: el reloj para que no pudiese medir el tiempo, el lápiz para que no pudiese escribir, el cuchillo para que no pudiera abrirme las venas; tampoco el tabaco, el más mínimo de los reconfortantes, me estaba permitido.

El mortal hastío que sufrían los invitados del Metropole sólo se aplacaba cuando sin aviso previo, eran conducidos a la sala de interrogatorio en la que una y otra vez, les sometían a las mismas o parecidas preguntas.

Este cautiverio normalmente solía prolongarse durante semanas o incluso meses. Así, aunque durante los primeros interrogatorios los prisioneros tenían la fuerza mental suficiente como para mantenerse fieles a su propia versión, a medida que pasaban los días la sensación de desorientación aumentaba y los sujetos empezaban a derrumbarse.

Siguiendo este procedimiento, tarde o temprano los interrogados acababan confesándolo todo. Muchos, que eran liberados tras esas confesiones “espontáneas” sin cargo algunos, explicaban a sus sorprendidos familiares, que hubiesen mil veces preferido pasar ese tiempo en un campo de trabajo, en el que al menos habrían tenido la oportunidad de respirar aire fresco, fumar tabaco y hablar del tiempo.

Tsundoku

Tsundoku

Exportamos palabras. Vocablos que no tienen traducción posible en otros idiomas, que se ven obligados a incorporar esos términos manteniendo su forma original. Lo españoles tenemos “Siesta“. Los italianos han conseguido que la palabra “Pizza” o “Mafia” sea universal. Y los franceses han tenido cierto éxito con “Dépaysement” (la sensación de desorientación y perplejidad que uno puede sentir al estar en un ambiente totalmente extraño).

Los alemanes son expertos en componer este tipo de palabras, aunque sin embargo han fracasado miserablemente a la hora de exportarlas. Y es una lástima. Porque Backpfeifengesicht (cara que pide a gritos un golpe) o Fernweh (sentimiento de extrañar un lugar en el que nunca se ha estado) merecen el mayor de los aplausos.

¿Y qué me dicen del “Fado” portugués? Más allá de aludir a un tipo de música tradicional, explica literalmente el sentimiento de alegría por estar triste. Pero de todas ellas, no tengo más remedio que rendirme ante la japonesa “Tsundoku”, que literalmente significa “libros comprados que no se leen nunca”.

En un sentido más amplio “tsundoku” se refiere a la afición por perderse en librerías, puestos de segunda mano, mercadillos…para comprar libros de forma adictiva, sin saber cuándo se van a leer o si se van a leer en algún momento.

Es sentir la necesidad de estar rodeado de libros. Viajar con libros. Tener libros en la mesilla de noche y libros repetidos porque no nos acordamos que ya los habíamos comprado en otra ocasión.

Vivo desde hace años con un “tsundoku” moderado. Me esfuerzo en no comprar más libros de los que físicamente soy capaz de leer. Pero es superior a mis fuerzas. Una y otra vez caigo. Un paseo en principio “inocuo” se convierte en una incursión en “Méndez” y en un nuevo libro que llega a casa.

Un libro que saco con cuidado de la bolsa, lo hojeo, lo respiro y lo coloco en la estantería. Puede que un día lo lea. Puede que no.

Miles Ahead: los años en la cara oculta de la luna

Miles Ahead: los años en la cara oculta de la luna

Si me preguntasen que disco me llevaría a una isla desierta para escuchar una y otra vez, no tengo ninguna duda de que sería “Kind of blue” de Miles Davis. No sólo porque es una auténtica obra maestra, o porque sea el disco más vendido de la historia del jazz.

Si lo escojo es porque es uno de esos álbumes que cambian cada vez que lo escuchas, poliédrico en ritmo y en significado. Un trabajo de estudio capaz de conectar con casi cualquier estado de ánimo: desde ese “blue” melancólico que reza el título del disco, hasta incluso la euforia más desparramada.

Como no podía ser de otra forma, el “So what” con el que Davis arranca el disco no falta en la banda sonora de “Miles Ahead”. El biopic, filmado por Don Cheadle en 2015 y en el que el propio Cheadle hace de Miles Davis, sin ser una de las grandes películas de la historia, sí que resulta imprescindible para los amantes de la música en general y del jazz en particular.

Lo más interesante de la cinta es que se aleja del clásico biopic para centrarse en esos “cinco años en la cara oculta de la luna” en los que Davis desapareció de la escena y se temió seriamente que las drogas y su lesión de cadera (que le hacía cojear ostensiblemente) acabase definitivamente con su carrera.

De forma paralela y a base de flash backs impresionistas la película recupera algunos de los episodios más interesantes de la estrella del jazz, especialmente en su relación con su  mujer, la bailarina Frances Taylor. 

Entre los méritos de “Miles Ahead” se encuentran hechos curiosos como que tuvo que recurrir a la plataforma de crowdfunding IndieGoGo para levantar los poco más de 300.000 euros que le sirvieron a su director para financiar la película, si bien finalmente Sony Classics decidió darle el empujón que necesitaba la producción para llegar a las salas.

Sin estar a la altura de títulos como “Whiplash”, “Bird”  o “Cottom Club”, la película consigue sin embargo algo que no muchas cintas consiguen hacer: conectar desde la música con ese algo tan íntimo que todos llevamos dentro.

El día en que Umberto Eco le plantó cara a Superman

El día en que Umberto Eco le plantó cara a Superman

Mucho más que el autor de “El nombre de la rosa”. Medievalista brillante, Umberto Eco fue además uno de los grandes lingüistas del s.XX, con una amplia proyección en el campo de la semiótica. Y precisamente desde ese campo, en 1964 publica “Apocalípticos e integrados” un libro en el que disecciona el concepto de mito moderno y  que convierte en tribuna para plantarle cara a…¡¡Superman!!

¿Por qué a Superman? ¿Qué le había hecho el pobre Clark Kent al escritor italiano? Básicamente, tocarle las narices hasta límites insospechados. Porque para Eco, Superman es mucho más que el protagonista de un cómic de aventuras: es una representación cultural cuya principal función es la de preservar el status quo, de modo que actúa no tanto como liberador, sino como garante de un orden social conservador e injusto. Así tras dedicar unas páginas del libro a explicar quién es ese personaje creado en 1933 por  Jerry Siegel y Joe Shuster para DC Comics, concluye:

Superman es prácticamente omnipotente. Su capacidad operativa se extiende a escala cósmica. Así pues, un ser dotado con tal capacidad y dedicado al bien de la humanidad, tendría ante sí un inmenso campo de acción.

Pero de un hombre que puede producir trabajo y riqueza  en dimensiones astronómicas y en unos segundos, se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico, tecnológico, del mundo. Desde la solución del problema del hambre, hasta la roturación de todas las zonas actualmente inhabitables del planeta o la destrucción de procedimientos inhumanos, Superman podría ejercer el bien a nivel cósmico, galáctico y proporcionarnos una definición de sí mismo que, a través de la ampliación fantástica, aclarase al propio tiempo su exacta línea ética.

Dicho de otra forma, como Superman tiene poderes prácticamente ilimitados, teóricamente debería ser capaz de construir un mundo éticamente justo, dando lugar a un orden social nuevo en el que la palabra “desigualdad” fuese un mal recuerdo del pasado.

Pero por supuesto eso no es lo que les interesa a los dibujantes de DC Comics. Y a eso a Eco le cabrea. En vez de combatir grandes males como la corrupción, la explotación del ser humano o los regímenes autoritarios, el mayor superhéroe de la historia “se conforma” con criminales de poca monta. Lo dice así:

En vez de eso, Superman desarrolla su actividad a nivel de la pequeña comunidad en la que vive (Smallville en su juventud, Metrópolis ya de adulto) y si bien emprende con la mayor naturalidad viajes a otras galaxias, ignora no ya la dimensión “mundo”, sino la dimensión “Estados Unidos”. En el ámbito  de su ‘little town’ el mal, el único mal a combatir, se configura bajo la especie de individuos pertenecientes al underworld, al mundo subterráneo de la mala vida, preferentemente ocupado, no en el contrabando de estupefacientes ni -cosa evidente- en corromper a políticos o empleados administrativos, sino en desvalijar bancos y coches-correo. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada.

Y ahí da en el clavo. Un político/filósofo marxista diría que a Superman (como por otro lado a casi todos los superheroes americanos) le falta “conciencia de clase”. No lucha en defensa de los desfavorecidos, sino para proteger el modelo social que crea esa clase desfavorecida. Y es natural. En pleno auge comunista, Superman como por otro lado “Capitán América” o “Spiderman” sobrepasan el producto de entretenimiento: son pura propaganda política, de ese American Way of Life que hay que defender.

El lingüista italiano ataca a Superman incluso cuando en sus historietas se presenta su lado más solidario. Porque de su supuesto altruismo, dice lo siguiente:

Es curioso observar cómo entregándose al bien, Superman dedica enormes energías a organizar espectáculos benéficos, donde se recaudan fondos destinados a huérfanos e indigentes. El paradójico despliegue de medios (la misma energía podría ser empleada en producir directamente riqueza o en modificar radicalmente situaciones más vastas) no deja de asombrar al lector. Si el mal asume el único aspecto de atentado a la propiedad privada, el bien se configura únicamente como caridad.

Así que si Superman fuese político…¿os imagináis en dónde militaría?

Gordo, alcohólico y casi acabado: Suspicious Minds

Gordo, alcohólico y casi acabado: Suspicious Minds

We can’t go on together, With suspicious minds (suspicious minds) And we can’t build our dreams..On suspicious minds (Elvis Presley)

Uno de los primeros recuerdos musicales de mi infancia empieza en la planta de discos de “El Corte Inglés”. Estoy con mi abuela, paseando entre los expositores de cassettes y vinilos. “Elige la cinta que quieras, yo te la compro” me dice de repente, dejándome turulato.

En el siguiente recuerdo estamos los dos en la caja, esperando nuestro turno para pagar. Sobre el  fondo bermellón de la cinta, destaca en blanco y negro la foto de Elvis Presley. “Sus grandes éxitos”.

No recuerdo cuantas veces he escuchado esa cinta desde entonces. Muchas. Muchísimas. Tampoco recuerdo cuando la perdí. Tal vez cuando en casa compramos el primer reproductor de CD. Tal vez más tarde. Lo que sí recuerdo es que años después de comprar esa cinta, descubrí de verdad uno de sus grandes éxitos: Suspicious Minds.

“Suspicious Minds” es el último número 1 de Elvis. Gordo, medio alcoholizado y aburrido como atracción permanente de Las Vegas, el “Rey del Rock” grabó en 1969 probablemente su mejor tema. Parte del éxito se lo debe sin embargo a Mark James, cantante y letrista que ya había colaborado con Presley en “Always in my mind”.

Escrita un año antes, “Suspicious Minds” es en realidad una confesión de culpabilidad. La que el propio James sentía al estar casado, pero no poder parar de pensar en su primer amor, que a su vez estaba casada con otro hombre. James sospechaba que de alguna forma su amor seguía siendo correspondido, pero se sentía atrapado en una situación de la que no podía escapar.

Fue el propio James el que grabó el tema por primera vez. Sin embargo la falta de promoción de su casa discográfica consiguió que la canción naciese prácticamente muerta. Así que cuando un año después los agentes de Elvis le preguntaron si tenía alguna canción nueva que pudiera funcionar para el recopilatorio“From Elvis in Memphis”, no se lo pensó y vendió los derechos de autor.

La canción fue grabada el 23 de enero de 1969 entre las 4 y las 7 de la madrugada después de una tremenda juerga y las malas lenguas dicen que durante la grabación, Elvis tuvo más problemas de los habituales. De hecho, para la producción de una primera versión, se emplearon más de ocho horas.

Cuando al día siguiente James la escuchó por primera vez (no había estado presente durante la grabación pero como deferencia había sido invitado a la sesión de post-producción) dijo con disgusto que era “demasiado lenta”. Tras los arreglos finales se enfadó aún más, acusando a Elvis de haberla “destrozado por completo” y augurando un completo fracaso.

“Suspicious Minds” se convirtió en un éxito inmediato. Mark James y Elvis Presley no volvieron a dirigirse la palabra.

The Keepers y el estómago vacío

The Keepers y el estómago vacío

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” – Mateo 18, 6.

Llevo unos días pasándolo mal con “The Keepers”, una de esas series que sólo se pueden ver en plataformas como Netflix y que desde luego, nunca aprobarían en la comisión de censura de RTVE.  Cuando digo mal, hablo incluso de un mal físico, del asco y las ganas de vomitar que producen los hechos (reales) que se cuentan.

“The Keepers” lanza a los protagonistas de este tremendo documental narrado en siete capítulos, a intentar descubrir quién secuestró y posteriormente asesinó a la hermana Cathy Cesnik, maestra hasta 1969 del muy católico Archbishop Keough High School de Baltimore.

La investigación sobre su muerte sirve además, como telón de fondo para denunciar los abusos sexuales que sobre muchas de las estudiantes ejercían algunos de los cargos más poderosos de la institución escolar, entre los que se encontraban el todopoderoso capellán y el director de la escuela.

Pero quizás lo que más llama la atención es que con un estilo visual y un ritmo narrativo similar al de la exitosa “Making a murder”, esta docu-serie se adentra de forma quirújica en los secretos más oscuros de una sociedad en la que muchos saben y todos callan. Un micro-cosmos del horror del que difícilmente se sale indemne.

Si tras pasarlo mal os quedáis con ganas de más, os recomiendo títulos como “Spotlight”, ganadora de un Oscar a la mejor película de 2016 o la más antigua pero igualmente tremebunda “El crimen del padre Amaro”, con un Gael García Bernal que para mí, firma uno de los grandes papeles de su carrera.