Fue en 2009 cuando visité Pére-Lachaise, el famoso cementerio parisino en el que desde 1909 puede visitarse la tumba de Oscar Wilde. Pese a que el célebre autor falleció con el despuntar del siglo XX, hubo que esperar casi una década para que los huesos del escritor encontrasen un lugar propio. Y no fue fácil.

La excéntrica figura de Oscar Wilde, su declarada homosexualidad, su paso por la cárcel y su muerte en la indigencia dividió a la sociedad parisina de la época, enfrentando a aquellos que deseaban un panteón a la altura del genio irlandés, con los que consideraban que por su vida disoluta, los restos del escritor bien podían arrojarse a una fosa común.

Finalmente la situación se resolvió con una solución de compromiso. Tras constituirse la comisión pertinente, un mecenas anónimo donó 2.000 libras para la construcción de una tumba, cuya diseño original acabaría en las manos del escultor Jacop Epstein.

¿El resultado? Una esfinge alada sobre un zócalo (construido por Charles Holden) que como algunos apuntan, podría estar inspirada en el poema “The Sphinx“, compuesto por el propio Wilde. Como la vida del dublinés, el poema es todo un alarde de exotismo, un canto sensual en el que se unen dioses y bestias, amantes y lujuria, pero también cierta moral y auto-censura. Empieza así:

Who were your lovers? who were they
who wrestled for you in the dust?
Which was the vessel of your Lust? What
Leman had you, every day?

Did giant Lizards come and crouch before you
on the reedy banks?
Did Gryphons with great metal flanks leap on
you in your trampled couch?

Lo que más me llamó la atención sin embargo cuando llegué a la tumba, fueron todo esos besos. Besos de todos los colores. Huellas de carmín para rendir tributo al poeta más romántico. Ósculos pequeños y estrechos, bocas abiertas que muerden; rosas palo, naranjas intensos, rojos apagados… incluso violetas, azules, góticos negros.

Pero si me sorprendí fue tal vez no por todos esos labios anónimos que se apiñaban sobre la desgastada esfinge de Père-Lachaise, sino por caer de repente en cuenta de lo poco que importaban.

Besos de Instagram. Selfies de ese postureo del yo estuve aquí y quiero contarlo…que encuentran la tumba del poeta en la guía que se vende a la entrada; pero que son incapaces de recitar uno solo de sus versos, o incluso, recordar haber leído algo más que el nombre del escritor esculpido en piedra.

No culpo a los besos. Hay algo de fetichismo, de curiosidad morbosa en el turista que se acerca a una “tumba famosa”. Yo mismo he elaborado una pequeña lista de tumbas que me gustaría visitar. No muchas.

La de Julio Cortázar en Montparnasse (París); Henry David Thoureau en el Sleepy Hollow Cemetery (Concord); Jorge Luis Borges en el Cimitière des Rois (Ginebra); Edgard Allan Poe en el Westminster Hall and Buriying Ground (Baltimore); Yukio Mishima en el Tama Reien (Tokyo); Jack Kerouac en el Edson Cemetery (Lowell); Charles Bukowsky en el Green Hills Memorial Park (Rancho Palos Verdes); James Joyce en el Friedhof Fluntern (Zurich); Fiodor Dostoyevski en el Tikhvin Kadbishe (San Petersburgo); George Orwell en el All Saint’s Churchyard (Satton Courtenay).

Por nada en especial. Por un ¡hey! ¿sabes que me encantan tus libros?.. O por un…¡no he leído nada tuyo, pero quiero hacerlo! O simplemente para comprobar que todos estamos de paso. Pero nada de fotos. Y desde luego, nada de besos.

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