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Mis diez libros favoritos de 2019

El otro día leí un comentario interesante en Twitter. “¿Resulta descabellado leer una media de cincuenta libros al año?” El autor sostenía que esa era la cifra que cualquiera debería de leer para cualquier persona que quisiera llamarse a sí mismo periodista. El problema para mí es que no entraba en el fondo de la cuestión ni en el debate de calidad vs cantidad…pero ¿quién puede hacerlo en Twitter de forma coherente?

Si algo sirvió su tweet desde luego ha sido para revisar lo que ha sido mi año. Mis 28 libros leídos se quedan bastante lejos de su recomendación, pero en mi descargo diré que algunos eran realmente largos 😛 Dicho lo cual, de todo lo leído en 2019, diez son los que por uno u otro motivo os quiero recomendar.

“4, 3, 2, 1” (Paul Auster)

Llevaba unos años peleado con Paul Auster. Aunque seguía leyendo sus novelas, últimamente me costaba volver a encontrarme con el genio de “El libro de las ilusiones” o “La trilogía de Nueva York”.  Lo reencontré y ¡de qué manera! en su última novela. “4, 3, 2, 1”  se presenta como una matrioska, con cuatro historias que contienen las unas a las otras, pero que en realidad, se narran como una sola.

En su interior, el repaso que hace Auster sobre los acontecimientos que han marcado la historia de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos en la voz de un Ferguson tan pegado a la realidad que tiene que vivirla cuatro veces.

“El molinero aullador” (Arto Paasilinna)

Arto Paasilinna no se encuentra entre los autores más conocidos de España, lo cual no deja de ser una de esas injusticias que habría que corregir ya. Muy popular en cambio en los países nórdicos, Paasilinna destaca por dos cosas: su gran sentido del humor y su capacidad para construir personajes excéntricos, siempre al límite de lo posible.

En el mismo título de “El molinero aullador” se revela el misterio: el de un molinero que se ve obligado a aullar por las noches, lo que le provoca no pocas desgracias. El libro se lee prácticamente de un tirón y es de esas novelas que te obligan a parar cada poco tiempo para soltar una pequeña carcajada.

“El tambor de hojalata” (Günter Grass)

Una de las cosas que hacen geniales a los libros es que a diferencia del resto de productos, su compra no tiene porqué equivaler a un próximo consumo. El libro no tiene fecha de caducidad, ni (casi nunca) obsolescencia programada. Puedes comprar un libro hoy y no leerlo hasta dentro de unos años. Décadas en este caso.

Y es que cuando encargué “El tambor de hojalata” al tristemente desaparecido “Círculo de lectores” no sospechaba que tras un primer e infructuoso intento de lectura hace 20 años (creo que no pasé de las primeras 30 páginas), no solo lo retomaría dos décadas más tarde, sino que se convertiría en la mejor de las sorpresas.

Acompañar al pequeño Óscar, el niño vitricida que no quería crecer ha sido una de las mejores aventuras de este año y aunque es cierto que partes del libro tienen un consumo muy local, probablemente la novela más vendida de Günter Grass se encuentre entre lo mejor que se ha escrito en el siglo XX.

“La desaparición de Stephanie Mailer” (Joël Dicker)

Ningún verano sin best-seller. Esa es mi norma desde hace unos años… y es que esos días de playa son perfectos para esas novelas que olvidas a la hora de terminarlas pero que te hacen pasar un buen rato.

En esta categoría brilla desde hace algún tiempo Joël Dicker, escritor suizo que como ocurre tantas veces, ha ido de más a menos. Y es que tras “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, una de las mejores novelas policiacas de los últimos años (la serie que se hizo sobre el libro, sin ser una maravilla, también se deja ver) y una más que digna “El libro de los Baltimore”, con “La desaparición de Stephanie Mailer” nos encontramos con la que probablemente sea su obra más floja, sin que esto signifique que no sea perfecta para ese enganche de libro que se lee muy rápido que todos queremos de vez en cuando.

Una historia a la que se le ven las costuras de lejos sí, pero que demuestra también que Dicker conoce su oficio y sabe como no perder al lector.

“Manual para señoras de limpieza” (Lucia Berlin)

Hay algo mágico en esos libros que siempre han estado ahí, congelados en el fondo de armario de una editorial y que de repente se lanzan alcanzando el estrellato. Es el caso de los relatos de Lucia Berlin. De los que tan bien ha sabido explotar Alfaguara en este “Manual para señoras de limpieza” y de los que ha publicado después en “Bienvenida a casa”, convirtiéndola en la sensación literaria del momento…diez años después de su muerte.

Pero como suele decirse, nunca es tarde si la dicha es buena…y si no que se lo digan a la madre de John Kennedy Toole. En el caso de Berlin, lo que nos entrega son auténticos bocados de verdad, de supervivencia, de vida en las peores y las mejores condiciones.

En un mundo cada vez más infantilizado y en el que no eres nadie si no has visto la última story del último y olvidable influencer de Instagram, los cuentos de Berlin son cada vez más necesarios.

“Enterrad a los muertos” (Louise Penny)

Si quieres comenzar el 2020 con una buena novela negra, que sea “Enterrad a los muertos” de Louise Penny. La autora canadiense lleva años demostrando ser una auténtica maestra del género a la vez que consigue que queramos juntar nuestros ahorros para pasar una buena temporada visitando su país natal.

Porque sí, “Enterrad a los muertos” es una novela policial “clásica”, pero a la vez es una investigación sobre los orígenes y la historia de Québec, esa comunidad francófona que nunca ha conseguido encontrarse realmente a sus anchas en Canadá…y en la que aunque todo parezca hacerse de forma exquisita y civilizada, basta rascar la superficie para descubrir que, efectivamente, hay resquemor de sobra.

Novecento (Alessandro Baricco)

Todos tenemos autores fetiches. Escritores que compramos casi a ciegas. Para mí, uno de los mejores es Alessandro Baricco. Del italiano ha caído este año en mis manos “Novecento”, una novela corta, pensada para interpretarse como monólogo teatral, en la que Baricco nos cuenta la historia de Lemon, abandonado al nacer en el camarote de un transatlántico, adoptado por la tripulación y dotado con un talento descomunal para el piano y el jazz.

Cualquier cosa más que cuente de este pequeño gran libro sería entrar de lleno en el mundo spoiler  algo que estoy seguro, no me íbais a poder perdonar. No os va a llevar más de una tarde leer “Novecento”, pero no la vais a poder olvidar.

A finales de enero (Javier Padilla)

Esta es la historia de amor más triste de la transición, una que cuenta la tragedia de Lola, quien perdió en pocos años a Enrique Ruano, defenestrado por la policía franquista en un crimen sobre el que no se hizo luz hasta que pasaron muchos años, y a Javier Sauquillo, asesinado junto a sus compañeros en el despacho de los abogados laboralistas de Atocha.

Es además una historia sobre el tardío franquismo, sobre los movimientos estudiantiles de “la resistencia” y el papel que jugó la universidad y el mundo obrero para acelerar los estertores de un régimen que agonizaba.

Tiene mucho de pedagógico y en ocasiones puede ser demasiado “intenso” a la hora de introducirse en las distintas facciones que rivalizaban dentro y fuera del PCE, pero a la vez, muestra que la transición fue de todo menos ese periodo ejemplar y feliz que muchos se han empeñado en vender.

Los hermanos Karamazov ( Fiódor Dostoyevski)

No os voy a engañar. Las casi 1.600 páginas de “Los hermanos Karamazov” no son para todos. Inmenso e intenso en ocasiones, disperso y vago en otras, el clásico ruso es hijo de su tiempo y como tal hay que entenderlo. Frente a la mucho más sencilla “Crimen y castigo”, “Los hermanos Karamazov” no solo es una novela extensísima, sino un ejercicio filosófico y espiritual sobre el bien y el mal, pero también sobre Dios y el papel de la fe.

¿Me he saltado alguna página al leerlo? Culpable. ¿He querido dejarlo en más de una ocasión? Culpable. ¿Me he emocionado? Muchas veces. ¿Me ha parecido maravilloso? Me lo ha parecido. Si queréis poneros un reto de lectura este año, la última y para muchos la mejor de Dostoyevski es sin lugar a dudas, una buena piedra de toque.

Serie completa “Un hombre en pijama” (Paco Roca)

Muchos conoceréis a Paco Roca por su multipremiado comic “Arrugas”.  Pero además de publicar otros comics maravillosos, como “Las calles de arena”, durante unos años publicó regularmente en “El País” las aventuras de su alter ego, ese “hombre en pijama” que reflexionaba sobre la vida y su profesión desde “casa”.

Las tiras tuvieron tanto éxito que fueron recogidas en tres volúmenes: “Confesiones de un hombre en pijama”, “Andanzas de un hombre en pijama” y “Memorias de un hombre en pijama”. No solamente resultan tremendamente divertidas, sino que en más de una ocasión es probable que os reconozcáis en ellas.

 

 

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Jorge Carrión
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Librerías

Voy a decirlo ya, en el primer párrafo: envidio la vida de Jorge Carrión. El autor de “Librerías” entrega un estupendo ensayo en que defiende a capa y espada la utilidad, la necesidad de librerías en tiempos de Amazon. Y es que una persona que puede pasar media vida visitando las mejores, las más antiguas o las más exóticas librerías del mundo, se ha ganado mi envidia y sospecho que la de muchos otros.

Me conquista enseguida por esa definición que hace de la librería como viaje a la Arcadia. El hecho de que en cualquier país del mundo en el que se encuentre, baste con cruzar la puerta de cualquiera de estos establecimientos para volver a sentirse en casa, para regresar a la patria sin necesidad de enseñar el pasaporte.

Y comparto plenamente con él la idea de que a diferencia de la biblioteca, la librería es toda una declaración de intenciones. La librería casi nunca (salvo las grandes cadenas comerciales) es inocente. Lanza desde el mismo escaparate una propuesta ideológica y en los pasillos, en las mesas y estantes sugiere un camino propio, siempre diferente, que se convierte en el espejo de la mirada del librero.

Repasa Carrión la historia de algunas de esas librerías que se han convertido en puntos de peregrinación para turistas coolturetas como “Shakespeare and Company” en París, “Livraria Lello” en Oporto o la “City Lights” de San Francisco; se introduce en algunas de las más antiguas, como la “Bertrand” de Lisboa, “Hatchards” en Londres o “La librería de Ávila” en Buenos Aires; recorre las librerías underground que dieron lugar al fenómeno beatnick americano, o todas esas parisinas que vibraban bajo la sombra de Joyce, Barthes y tantos otros.

Y también, desposeídas del misticismo de la historia, hay espacio para todas esas que simplemente están porque son necesarias en países como Guatemala, Marruecos, México, Sudáfrica o Japón: porque o han formado o forman parte de la resistencia.

Pero no es ingenuo. Su romanticismo no es näif. Como tantos otros, la librería es un animal en peligro de extinción. Por eso valora también que en los últimos años hayan nacido un buen número de librerías casi “sin alma”, como museos modernos en los que a veces el continente supera al contenido: teatros antiguos, iglesias abandonadas y viejas fábricas que tras su paso por el taller de grandes estudios de arquitectura, parecen renacer de sus cenizas como un gran espectáculo para los sentidos y en que lo más importante no siempre son los libros.

Termina con esas librerías que asociamos a nuestra infancia, que han crecido con nosotros y que muchas veces solo parecen importantes para la gente del barrio: porque como el bar, la escuela o la farmacia, la librería de proximidad define quiénes somos. Así que la próxima vez que queráis comprar un libro, olvidaros de Internet, acudid sin prisa a vuestra librería favorita. ¡No dejéis que desaparezca!

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Nunca me abandones

Que el mismo autor, Kazuo Ishiguro, que ha sido capaz de escribir ese perfecto cuento inglés que responde al nombre de “Lo que queda de día”, sea el mismo que el de la distópica “Nunca me abandones” solo es posible si escritor de ambas novelas tiene un talento descomunal.

Es el caso de Ishiguro, quien no por precisamente poca cosa, recibe el Nobel de literatura en 2017. “Nunca me abandones” se lee casi de un tirón y como si de una cebolla de tratase, va revelando lo que es y lo que no es, a medida que va perdiendo capas.

Poco se puede contar de la novela para que el resultado no se convierta automáticamente en un spolier descomunal. Lo más sensato sería decir que lo que relata “Nunca me abandones” es la autobiografía de Kathy H una de las tantas niñas de la Inglaterra los años cincuenta que se ven obligadas a vivir en un internado. Pero ni Kathy es una niña normal, ni sus compañeros son lo que cabe esperar. Hailsham por supuesto, tampoco es un internado al uso.

Como en la novela de Ishiguro nada es normal, porque como en realidad nada puede serlo, enseguida descubrimos que se nos arroja a un debate interno sobre la esencia misma de la normalidad y de lo que estamos y no estamos dispuestos a aceptar, también más allá de sus páginas.

Hay que celebrar cómo “Nunca me abandones” conecta directamente con la tradición distópica inglesa (no olvidemos que aunque Ishiguro nace en Japón en 1954, recibe la nacionalidad inglesa en 1982), sin lugar a dudas una de las más prolíficas.

En la misma liga juegan por supuesto ese mundo feliz de Aldous Huxley o el gran hermano orwelliano de “1984”, pero también esos “Hijos de los hombres” de P.D James o la divertidísima “Guía del autoestopista galáctico” de Douglas Adams. Si extendemos el universo distópico inglés a sus primos norteamericanos nos topamos con Cormac McCarthy, Ray Bradbury o Philip K.Dick y aunque Margaret Atwood es canadiense, podría entrar perfectamente en esta categoría.

Porque por algún motivo, mientras que el escritor anglosajón no tiene ningún reparo en imaginarse ese futuro que no quiere o que le aterroriza, el continental permanece mucho más pegado a la tierra. Mientras unos imaginan futuros que se dibujan en dimensiones paralelas, otros prefieren recrearse en su propia historia.

La distopía está tan ligada a la propia naturaleza de lo anglo que cualquier escolar de 12 años de Sussex o Nueva Inglaterra, sabe perfectamente lo que es. En cambio en España, siempre que he utilizado este término para hablar de una película o un libro, he tenido que explicar su significado…algo que imagino que tendría que hacer en Inglaterra si les hablase de la novela picaresca.

No es de extrañar que por los mismos motivos Inglaterra sea cuna de la novela gótica y es difícil imaginarse a los Sheridan Le Fanu, Bram Stoker o Mary Shelley escribiendo fuera de las islas, o Edgar Allan Poe por extensión, en Estados Unidos. Y es que de la misma forma que resulta completamente imposible que un Zorrilla le entre en la cabeza algo tan siniestro como un Frankestein o un vampiro, para el inglés medio del XIX la naturalidad ingeniosa del Lazarillo de Tormes le debería parecer como mínimo sospechosa (ya saben, los PIGS y sus cosas).

Pero volviendo al “Nunca me abandones” de Ishiguro, no puedo sino recomendaros que no la dejéis escapar este 2020 que empieza, seáis o no seáis donantes.

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Tertuliano Máximo Alfonso y el hombre duplicado

No es “El hombre duplicado” la mejor novela de José Saramago. La he terminado hace unos días casi a regañadientes, recordando y echando muchísimo de menos esa “Todos los nombres” que tanto me impactó en su momento.

Quizás no debería haberla retomado. No después de haberla empezado hace quince años. No después de haberla perdido en un avión, tras haber leído poco más de 30 páginas. No después de haberla comprado de nuevo y haberla prestado…para recuperarla después…y dejarla abandonada otra vez durante dos años.

Supongo que la culpa la tiene Tertuliano Máximo Alfonso, 38 años, profesor de historia en un colegio público y protagonista del libro. De no decir esta boca es mía durante lustros, hace unos días empezó a hablar. “Léeme. Coge el libro. Venga que te cuento quién es el hombre duplicado. No, no cojas ese, ¡elígeme a mí! ¡Vamos si Saramago te encanta! No te hagas de rogar!”

Al principio le prestaba oídos sordos. Después, las excusas de siempre. “Más tarde Tertuliano, más tarde…¿no ves que estoy a otra cosa? ¿El hecho de que siempre escoja otra historia antes que la tuya, de verdad que no te dice nada?”

Pero él ni caso. Tan cansino el tío que tuve que gritarle…”¡Bueno, ya está bien! ¡Si hay que leer se lee, pero cállate ya!” Total, que no había empezado el libro y ya nos llevábamos mal…y eso que en las primeras páginas sí que parecía que había algo de química.

Tertuliano contándome sus cosas, y yo escuchando. Que si ha visto en una película a un tío que no es que se parezca a él, sino que es idéntico…Que si tiene que investigar cómo es posible algo así…Y yo un poco a lo mío, entre un cuéntame más y un pero no te pases con los detalles porque me agobias.

Pero después hete aquí que tras unas 50 páginas Tertuliano se viene arriba. Y me cuenta sus cuitas con el profesor de matemáticas, que si no sabe cómo romper con su novia, o que su madre es una cansina. Y yo, Tertuliano si es que el cansino eres tú alma de cántaro. Bueno tú y don José un poco también…pero esto último claro, solo lo pensaba en voz baja…no se me vaya a enfadar el premio nobel portugués.

Algo debían sospechar ambos. Porque cada noche desplegaban la misma estrategia. Primero una confesión de culpabilidad por su parte: “sé que ayer tal vez me pasé un poco. Te prometo que hoy va a ser diferente” Y después un “¿te lo has creído eh? ¡Qué iluso!” Y entre medias, entre el tercer y cuarto bostezo, el sentido común aportando su granito de arena a la fiesta: “piénsalo bien, puedes dejar el libro apartadito. Nadie lo va a saber.”

Sé lo que estás pensando y te doy la razón. Aquí el único culpable soy yo…porque podía haber evitado todo esto. Pero claro, nada es tan sencillo como parece. Y en el fondo, no lo hemos pasado tan mal, Tertuliano yo. Como suele decirse, hemos tenido nuestros momentos. Desde luego el hombre tiene una gran historia que contar y mentiría si dijese que no nos hemos reído juntos.

Ahora que hace un tiempo que no le veo, pienso en él de vez en cuando. No es que le eche de menos… pero a la vez, le extraño.

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Cementerios en la era de Instagram

Fue en 2009 cuando visité Pére-Lachaise, el famoso cementerio parisino en el que desde 1909 puede visitarse la tumba de Oscar Wilde. Pese a que el célebre autor falleció con el despuntar del siglo XX, hubo que esperar casi una década para que los huesos del escritor encontrasen un lugar propio. Y no fue fácil.

La excéntrica figura de Oscar Wilde, su declarada homosexualidad, su paso por la cárcel y su muerte en la indigencia dividió a la sociedad parisina de la época, enfrentando a aquellos que deseaban un panteón a la altura del genio irlandés, con los que consideraban que por su vida disoluta, los restos del escritor bien podían arrojarse a una fosa común.

Finalmente la situación se resolvió con una solución de compromiso. Tras constituirse la comisión pertinente, un mecenas anónimo donó 2.000 libras para la construcción de una tumba, cuya diseño original acabaría en las manos del escultor Jacop Epstein.

¿El resultado? Una esfinge alada sobre un zócalo (construido por Charles Holden) que como algunos apuntan, podría estar inspirada en el poema “The Sphinx“, compuesto por el propio Wilde. Como la vida del dublinés, el poema es todo un alarde de exotismo, un canto sensual en el que se unen dioses y bestias, amantes y lujuria, pero también cierta moral y auto-censura. Empieza así:

Who were your lovers? who were they
who wrestled for you in the dust?
Which was the vessel of your Lust? What
Leman had you, every day?

Did giant Lizards come and crouch before you
on the reedy banks?
Did Gryphons with great metal flanks leap on
you in your trampled couch?

Lo que más me llamó la atención sin embargo cuando llegué a la tumba, fueron todo esos besos. Besos de todos los colores. Huellas de carmín para rendir tributo al poeta más romántico. Ósculos pequeños y estrechos, bocas abiertas que muerden; rosas palo, naranjas intensos, rojos apagados… incluso violetas, azules, góticos negros.

Pero si me sorprendí fue tal vez no por todos esos labios anónimos que se apiñaban sobre la desgastada esfinge de Père-Lachaise, sino por caer de repente en cuenta de lo poco que importaban.

Besos de Instagram. Selfies de ese postureo del yo estuve aquí y quiero contarlo…que encuentran la tumba del poeta en la guía que se vende a la entrada; pero que son incapaces de recitar uno solo de sus versos, o incluso, recordar haber leído algo más que el nombre del escritor esculpido en piedra.

No culpo a los besos. Hay algo de fetichismo, de curiosidad morbosa en el turista que se acerca a una “tumba famosa”. Yo mismo he elaborado una pequeña lista de tumbas que me gustaría visitar. No muchas.

La de Julio Cortázar en Montparnasse (París); Henry David Thoureau en el Sleepy Hollow Cemetery (Concord); Jorge Luis Borges en el Cimitière des Rois (Ginebra); Edgard Allan Poe en el Westminster Hall and Buriying Ground (Baltimore); Yukio Mishima en el Tama Reien (Tokyo); Jack Kerouac en el Edson Cemetery (Lowell); Charles Bukowsky en el Green Hills Memorial Park (Rancho Palos Verdes); James Joyce en el Friedhof Fluntern (Zurich); Fiodor Dostoyevski en el Tikhvin Kadbishe (San Petersburgo); George Orwell en el All Saint’s Churchyard (Satton Courtenay).

Por nada en especial. Por un ¡hey! ¿sabes que me encantan tus libros?.. O por un…¡no he leído nada tuyo, pero quiero hacerlo! O simplemente para comprobar que todos estamos de paso. Pero nada de fotos. Y desde luego, nada de besos.

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Unamuno vs Cervantes vs Borges: ¡Fight!

A Unamuno no le caía bien Cervantes. Al profesor no le cabía en la cabeza cómo el autor de obras “justitas” como “La Galatea” o “Los trabajos de Persiles Sigismunda”, podía ser el mismo que el de “Don Quijote de la Mancha”. No es que dudase de su autoría, pero para el rector de la Universidad de Salamanca,  Alonso Quijano existía no gracias a Cervantes, sino a pesar de él.

De hecho, en “Lectura e interpretación del Quijote” no se anda con demasiados remilgos cuando afirma lo siguiente:

Y no me cabe duda de que Cervantes es un caso típico de un escritor enormemente inferior a su obra, a su Quijote. Si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, cuya luz resplandeciente baña sus demás obras, apenas figuraría en nuestra historia literaria sino como un ingenio de quinta, sexta o décimatercia fila. Nadie leería sus insípidas Novelas Ejemplares, así como nadie lee su insoportable Viaje del Parnaso, o su Teatro. Las novelas y digresiones mismas que figuran en el Quijote, como aquella impertinentísima novela de El Curioso Impertinente, no merecerían la atención de las gentes. Aunque Don Quijote saliese del ingenio de Cervantes, Don Quijote es inmensamente superior a Cervantes. Y es que, en rigor, no puede decirse que Don Quijote sea hijo de Cervantes; pues si éste fue su padre, fue su madre el pueblo en que vivió y de que vivió Cervantes, y Don Quijote tiene mucho más de su madre que no de su padre

La inquina que sentía por el autor de Alcalá iba sin embargo, más allá de la simple pataleta intelectual. Se desquitó escribiendo toda una novela: “Vida de Don Quijote y Sancho”: una exégesis de la famosa obra de Cervantes, en la que sus protagonistas repasan algunos de los momentos más destacados.

O en palabras de Unamuno…”un libro en el que hidalgo y escudero reviven los episodios de la obra cervantina ‘en compañía de un narrador que no se priva del autoatribuido derecho a injerirse en lo narrado, trasluciendo en el comentario una voluntad tanto crítica como creadora'”. Casi nada.

Y claro, pese a sus fans más entregados (si es que se puede ser fan de Unamuno) a Don Miguel le cayeron palos por todos los lados. Los más duros, muchos años después de su muerte, tal vez los de Borges, que diría lo siguiente:

Prefiero la ironía, las reservas y la uniformidad de Cervantes a las incontinencias patéticas de Unamuno. Nada gana el Quijote con que lo refieran de nuevo, en estilo efusivo; nada gana el Quijote, y algo pierde, con esas azarosas exornaciones tan comparables, en su tipo sentimental, a las que suministra Gustavo Doré. Las obras y la pasión de Unamuno no pueden no atraerme, pero su intromisión en el Quijote me parece un error, un anacronismo.

El argentino por supuesto tenía todas las de ganar. Y aunque tuviera razón, jugó al argentinian style: con ventaja, sucio y siempre en casa…pero también con esa clase que sólo dominan los que han nacido junto al Mar del Plata.

En defensa de Don Miguel sólo podemos decir que era “muy español y mucho español”. Y si había que escribir una novela para tener razón, la escribía. Y si tenía que gritar “Venceréis pero no convenceréis” al hijo de puta de Millán Astray, pues lo gritaba.

 

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El siglo XIX ha sido asesinado

Eric Hobsbawm afirma en su “Historia del siglo XX” que si miramos con retrospectiva los dos últimos siglos de nuestra historia y los principales acontecimientos que la han marcado, tal vez sería interesante hablar de un “siglo XIX largo”, que finalizaría con el estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial y un “siglo XX corto” que se prolongaría hasta los últimos estertores de la Unión Soviética.

Si bien la idea de un siglo XX corto admite más discusión, ya que tal vez podríamos “estirarlo” hasta los atentados del 11-S, lo cierto es que hay pocas dudas de que de 1900 a 1914, las sociedades occidentales eran básicamente decimonónicas y que no es hasta el estallido de la Gran Guerra, cuando todo cambia.

Ese siglo XIX que agoniza, es el protagonista absoluto de “El rey de las Dos Sicilias”, la a ratos barroca, a ratos impresionista novela del escritor polaco Andrezj Kusniewicz, conocedor como pocos del proceso que acabó con el derrumbamiento del Imperio austrohúngaro en 1918.

La acción de “El rey de las Dos Sicilias” se sitúa en el momento del asesinato del archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. Pero es sobre todo, un canto del cisne a una civilización entera.

La de un siglo que creía como pocas en el progreso y en la cultura; orgullosa del vapor, el acero y su industria. Ilustrada en sus conciertos de cámara y en ejércitos que se comportan casi como caballeros sobre el campo de batalla. Y que sin embargo, no ve que se dirige a toda velocidad hacia el desastre más absoluto. Un siglo de luz de gas, que al agotados y sin fuerzas, se convierte en supernova.

Kusniewicz los retrata a casi todos: magiares, ulanos, dragones, sicilianos y gitanos. Soldados, comandantes, policías y generales. Aristócratas burgueses. Románticos suicidas. Damas de compañía. Síndromes de Edipo y de Casandra. Trenes que tardan años. Estafetas postales. Diarios, espadas, bigotes y putas. Miseria.

No es una novela fácil. Cuesta entrar en un lenguaje en lo que casi todo son pinceladas. En la que tiempo y espacio cambian constantemente. Y en la que los personajes, los nombres reales e inventados, y las referencias históricas se suceden a velocidad de ametralladora. En la que sueños y recuerdos se funden con la acción real, y en la que finalmente todo forma una trama densa, asfixiante, en la que cuesta respirar.

Y sin embargo cuando lo creemos todo perdido, ganamos. Cuando dejamos de hacernos preguntas, comprendemos: no se la pierdan.

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