Una batalla verbal

Nueve meses de embarazo y 14 días. Es lo que llevaban esperando Marta y Avelino Robledo para que naciera su primer hijo. Rafael, que así se iba a llamar la criatura, venía con retraso. Y lo que es peor, tampoco parecía querer anunciar su inminente llegada. Ni fanfarria, ni redoble de tambores ni contracciones.

Desde que fue concebido, Rafita hizo todo lo posible por no molestar: ni náuseas, ni pataditas a horas intempestivas, ni antojos imposibles. Las sucesivas ecografías habían ido revelando además un desarrollo del pequeño completamente normal y las revisiones habían sido un bálsamo de buenas palabras, de las que los futuros padres siempre salían encantados.

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Unos días en Berlín

Unos días en Berlín

En el gran teatro del mundo que se había convertido Berlín en 1963, John F. Kennedy, pronunció su famosa frase: Ich bin ein Berliner. Una cita que pasaría a la historia al ser interpretada como “Soy un berlinés” pero que seguramente dejó atónitos a los miles de personas que se congregaban frente al Rathaus Schöneberg (ayuntamiento berlinés en el sector occidental) aquella mañana al escuchar que el presidente de Estados Unidos afirmaba ser nada menos que una berlinesa, el popular bollo relleno de mermelada.

Si entonces la plaza no estalló en una sonora carcajada y más bien al contrario, rompió en un estrepitoso aplauso, se debió en gran medida a que Berlín Occidental no se moría de hambre gracias al apoyo que recibía del amigo americano. Acciones como el puente aéreo de 1949, que salvaron a la ciudad del bloqueo soviético son buena prueba de ello.

Mientras tanto al otro lado del muro, desde la Alexander Platz hasta la Puerta de Brandenburgo los berlineses seguían intentando sobrevivir en ese “paraíso socialista” en el que les había confinado el muro ideado por Erich Honecker. Estos días en los que he tenido la suerte de pasear por Berlín, se cumplen precisamente el 55 aniversario de su construcción.

Y mientras paseamos por la colorida East Side Gallery, tocamos algunos restos del muro en Postdammer Platz o visitamos la “franja de la muerte” (en Prenzaluer Berg) bajo la sombra de Conrad Shumann, es fácil sentirse abrumado.Del muro llama la atención no sólo la división física que en la mañana del 13 de agosto de 1961 separó a familias enteras casi para siempre, sino la omnipresencia, la sombra que proyectó sobre los poco más de 40 años de existencia de la RDA y sus habitantes (imprescindibe la visita al museo de la DDR).Una sombra disfrazada de una muralla de hormigón a la que el estado comunista destinaba más del 20% de su PIB anual, que proyectaba un angustioso estado de ánimo en el que sólo parecía sobrevivir la Stasi y los intentos de fuga.

Casi nada de lo que queda en Berlín es original. La Puerta de Brandemburgo, el conjunto arquitectónico de Gendarmenmarkt, la Univeridad de Humboldt y la Museum Islen, son tal vez los únicos recuerdos de una ciudad que en el siglo XIX podría haber rivalizado en belleza con París o Viena. Desde 1945, Berlín es una ciudad inventada.

La devastación que sufrió la capital alemana como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial sólo se comprende cuando hojeamos esos libros de “antes de” y “después de” en la estupenda librería Dussmann DasKulturKaufhouse en Friedrichstraße.

Nada refleja mejor esa idea de ciudad devastada y después abandonada casi a su suerte que la Pariser Platz. La plaza, que vivió espectáculos tan lamentables como observar en 2002 a Michael Jackson amenazando con arrojar a su hijo por una de las ventajas del Hotel Adlon ofrece hoy en día una imagen muy diferente. La comparamos con una vieja fotografía de 1975: treinta años tras el fin de la guerra, seguía mostrando una desolación total, un campo de batalla en el que la Brandenburger Thor parece ahogada en el barro.

Visitar la ciudad supone por lo tanto estar preparado para recibir ese impacto. Obliga al menos la primera vez que posamos los pies en Unter Liten o en Karl Marx Allee, en dejar de pasear de forma despreocupada, para tal vez reflexionar durante un minuto en que estamos recorriendo las aceras más influyentes del siglo XX.

Pero Berlín es mucho más que eso. La orgullosa capital de la Alemania reunificada es más que la historia triste de los que se despedían en el “Palacio de las Lágrimas”. Es una ciudad que vive el arte contemporáneo en Scheunenviertel, que se divierte en Kreuzberg y que se pasea los domingos en Tiergarten.

Es una ciudad que inventa el Kebab en su barrio turco y que se encuentra en un estado permanente de “en construcción”, de reinvención constante, como atestiguan las decenas de grúas que salen a nuestro paso. Una ciudad que se disfruta cuando entendemos cómo es y no cómo queremos que sea.

PD: Nota para el visitante accidental: a sólo un par de minutos de la Puerta de Brandemburgo se encuentra el siempre recomendable Forum Willy Brandt, en el que el turista apremiado puede hacer una pausa para ir al baño sin levantar suspicacias.

Pasión y tiempo

Termino de leer “Instrumental” de James Rhodes y me queda esa sensación en los labios que producen esos libros que significan algo. La historia del pianista británico suma momentos atroces, horrorosos, que nunca deberían haber sido vividos, con otros “yo también quiero” que acaban enterrados en el cajón de las buenas intenciones.

Y de todos, de los miles de sustantivos que Rhodes utiliza en su estupenda autobiografía me quedo con uno. “Pasión”. Pasión como la que destaca la RAE en la sexta acepción del término: “Apetito de algo o afición vehemente a ello”. Pasión como esa fuerza que debería llevarte a dejar de comer, de dormir…hasta de respirar si fuera preciso.

Cuenta Rhodes que tras su particular descenso a los infiernos y sus innumerables recaídas, la pasión por la música fue probablemente lo que le salvó de un suicidio para el cual ya se habían escrito casi todas las esquelas.

Que encontrar lo que de verdad nos apasione, no lo que se supone que nos tiene que apasionar, no lo que otros esperan que nos apasione, no lo que creemos que nos apasiona, es la única salida, la única forma de dar un paso atrás, apartarnos unos segundos de toda esa infelicidad que nos rodea.

Porque no nos engañemos: somos infelices. Tal cual. Infelices casi todo el tiempo, todos los días de nuestra vida en los que para evitar clavarnos un puñal en el corazón, destellan aquí y allá de forma ocasional, momentos de pura y profunda felicidad. ¿Quién no querría más de eso? ¿Quién no querría alargar, hacer eternos esos momentos? Y es entonces cuando nos justificamos. No tenemos tiempo. 

Ese tiempo que amenaza con agotarse desde que suena el despertador a primera hora de la mañana. Ese tiempo que nos bebemos en cafés aguados y que malgastamos en trabajos que a casi todos nos saben a poco. Ese tiempo que desaparece en metros, autobuses, supermercados y casas. Ese tiempo que al final agotados, invertimos en el mando a distancia. ESE TIEMPO.

Pero podemos decidir. JODER CLARO QUE PODEMOS HACERLO. Escribir o ver el último capítulo de Juego de Tronos. Aprender a tocar el piano o jugar a Pokemon Go. Ir a una estupenda exposición, al cine, al teatro, etc. o arrastrar el culo por otro centro comercial. Podemos elegir. Si queremos tenemos todo el tiempo del mundo. Si nos atrevemos, podemos hacerlo.

 

 

Listas mínimas

En alguna parte leí que a los seres humanos nos encanta hacer listas. Tiene sentido. Las hacemos todo el tiempo. Listamos las mayores fortunas del planeta, los personajes del año, los discos que más se venden, las mejores películas de todos los tiempos… Listamos también cosas mínimas, como lo que tenemos que meter en la maleta antes de irnos de viaje, lo que debemos comprar para preparar la comida del domingo o a quién tenemos que llamar en cuanto lleguemos al trabajo.

Al fin y al cabo listar es tomar toda esa información que nos rodea e intentar estructurarla. Darle un orden capaz de apaciguar esa intranquilidad que experimentamos cuando empezamos a atisbar que en realidad vivimos sumidos en el caos.

Las listas por tanto tienen un efecto anestésico, reconfortante, de volver a pisar un terreno conocido. No nos equivocamos cuando nuestro nombre aparece en una lista. Incluso ser el último de todos es a ojos de los demás, mucho mejor que ni siquiera haber sido listado. Porque en última instancia no estar en la lista es no existir, formar parte de todo aquello que está fuera, suspendido como polvo cósmico en una nebulosa, frente a lo concreto, lo “listable”.

En “Alta fidelidad” Nick Hornby describe este “peut d’etre” de forma tan esquizofrénica como brillante. Sus protagonistas crean listas como “Primeros cinco grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical” (Simple Minds, Michael Bolton, U2, Bryan Adams, Génesis),  “Las cinco mejores canciones sobre la muerte” o incluso  “Los cinco peores crímenes perpetrados por Stevie Wonder en los 80 y los 90”.

Personalmente nunca he sido demasiado de listas. Nunca he sido capaz de navegar a lo concreto. A menudo me han preguntado ¿Tu película favorita? ¿Tu libro preferido? ¿Qué es lo que más te gusta para comer? Y me he quedado completamente en blanco.

Sé por supuesto que no soporto los huevos duros y sin duda este infame iría directo a una lista de “Los cinco alimentos que no deseo comer” pero más allá de eso, para mí una lista siempre ha sido un ejercicio de reduccionismo, un dejar fuera todos esos “tal vez” y “por qués” que normalmente dan vueltas por mi cabeza. Y así estamos como estamos.  Que de listas, me encuentro incapaz de escribir una que en realidad tenga un auténtico significado. Y lo he intentado. Para este artículo tenía preparada esta.

Libros que me encantan y que he vuelto a leer

  • “La insoportable levedad del ser” – Milan Kundera
  • “Sostiene Pereira” – Antonio Tabucchi
  • “La conjura de los necios” – Kennedy Toole
  • “Todos los nombres” – José Saramago
  • “El libro de las ilusiones” – Paul Auster
  • “Madam Bovary” – Gustave Flaubert
  • “Dublinesca” – Enrique Vila Matas
  • “Rayuela” – Julio Cortázar
  • “A sangre fría” – Truman Capote
  • “Casa de muñecas” – Henrik Ibsen
  • “Los detectives salvajes” – Roberto Bolaño

Y está bien. ¿Pasable? Seguro. ¿Rectificable? Mucho más. ¿Satisfactoria para el autor de la misma? mehhhh dejémoslo con un “ahí está”. Tal vez tengan más sentido esas listas mínimas, que huyen de los absolutos. Como una “lista de cosas que tiene ahora en esa caja” (un botón, una moneda de diez céntimos, una foto de carnet de alguien que no sé quien es y un paquete de chicles en donde sólo queda uno y creo que está caducado) o “lista de cosas que un domingo normal harías y hoy a las 14.30 de la tarde todavía no has hecho” (quitarme el pijama, ducharme, salir a desayunar, preparar la comida).

Pero llueve. Y los días de lluvia, como las listas, me dan mucha pereza.

Limpieza de primavera: bye bye Facebook

¿Tanto te molesta? Es la primera pregunta que me han hecho cuando han descubierto que me he dado de baja de Facebook. Que no quiero seguir leyendo lo que comparten mis amigos. Que no me interesan sus vidas a golpe de clic. Pero que no se me entienda mal. No me molesta Facebook. Nunca me ha supuesto un dolor de cabeza; nunca he discutido con nadie en esta red social ni me he preocupado excesivamente por la privacidad de mis datos.

¿Entonces? Me aburre. ¿Podría dar más explicaciones? Desde luego. Pero es tan fácil decir “Facebook me aburre” que ahora que lo escupen mis dedos, me resulta hasta liberador. Así que no más “Me gusta”, no más “Muro” y no más “Compartir”. Se acabó.  C’est fini. it’s over.

¿Y ya está? Podría darte más explicaciones. Por favor. Es por el picor. ¿El picor?Seguro que a ti también te pasa. Es una especie de picor. Una sensación de incomodidad a la que al principio no das importancia. Un picor que se pasa rápido cuando te rascas. Pero que no tarda muchos días en volver. ¿Cómo cuando tienes alergia? Tal vez, aunque creo que es más sutil. Nunca te llega a molestar del todo. Pero tampoco te sientes completamente bien. ¿Comprendes? No. Me lo imaginaba.

¿Se te ha pasado el picor? No lo sé. Aparecía de vez en cuando. Pero sí, me siento mejor.  Pero sigues usando Twitter. Me sigue interesando, aunque reconozco que cada vez menos. Y Pinterest.  Pero es como ese primo lejano al que solo ves muy de vez en cuando. También te diste de alta en Instagram. Que no deja de ser el hermano tonto de Pinterest. Y por supuesto, tienes tu perfil en LinkedIn. Vale, llámame raro. Me gusta LinkedIn. No podría estar más contento. Ahora, si no tienes más preguntas, creo que es mejor dar por finalizada esta entrevista. Y si la compartes por Facebook, ¿Me avisas? ¡Claro! Genial.

 

 

Freixulfe

freixulfe

A menudo, medio en serio, medio en broma, digo que soy asturiano de adopción. Desde hace años paso parte de mis veranos en Puerto de Vega, uno de esos pueblecitos costeros que tienen tanto encanto en el litoral cantábrico.

A medio camino entre Luarca y Navia, Puerto de Vega puede presumir de estar rodeado de playas y calas prácticamente vírgenes, salvajes las más innacesibles. Lejos de la masificación del Mediterráneo, o del ruido de los chiringuitos del Atlántico andaluz, los 40 o 50 km de costa del Occidente asturiano me recuerdan a menudo que todavía existen sitios en los que las personas podemos caminar, respirar y dejar pasar el tiempo…que los modernos urbanitas, podemos dejar atrás durante unos días el metro salvaje, los hipster-cafés y el postureo que nos exigimos a nosotros mismos de ser más, llegar más lejos y hacerlo los primeros.

En ese “Paraíso Natural”  se encuentra la playa de Freixulfe. Un arenal de casi 1 km de largo que sirve como desembocadura natural del pequeño río que lleva su nombre. Protegida por un bosque de eucalyptus y engastada entre dos acantatilados, el acceso a la playa es si no tortuoso, si lo suficientemente incómodo para que muchos bañistas se decanten por otras opciones mucho más sencillas, a pocos kilómetros de distancia.

Y no sólo porque el acceso a esas otras playas sea más sencillo, sino porque bañarse en Freixulfe es toda una experiencia con la que disfrutan sobre todo los perennes surfistas que se acercan con el ánimo de cazar olas. Olas. De eso se trata. Pese a que algunos días de calma chicha el baño es “apto para todos los públicos”, la mayor parte, una bandera amarilla y dos grandes mástiles de los que cuelgan pañolones en los que puede leerse “Zona de Baño” hablan de una playa tan bella como inhóspita.

Un pequeño puesto de bebidas, que comparte espacio con la garita de los socorristas y unas duchas son en realidad la única concesión al turista. No hay atracciones inflables, ni se pueden alquilar motos de agua. No hay camas balinesas, ni campos de volley-playa. Por no haber, ni siquiera hay ese trapicheo playero de gafas del sol, pulseras de cuentas y viseras.

Los que nos acercamos, cuando el tiempo nos deja, sabemos que estaremos solo pocas horas. Las suficientes para pelearnos con el mar, dejar que nos arrastre una y otra vez hasta la orilla llenando nuestro bañador de arena; las suficientes para pasear junto a la orilla esas escasas mañanas que parece que el sol va a romper las piedras; las suficientes para leer un rato y observar como sube la marea, se levanta el viento y llega a hora de volver a casa.  Todo lo demás, el resto de posibilidades que regala el verano, se antojan en Freixulfe articiosas, de un tiempo que no corresponde con el norestón que durante semanas enteras tumba los árboles.

Por eso me resulta tan complicado entender. Por eso no consigo comprender qué hacían tres personas paseando en pleno invierno, rompiendo la sombra del temporal que cae a plomo, junto a la orilla del mar, hundiendo sus pies en el agua, en esa sal que ha arrancado a un niño de los brazos de su abuelo. Podrán explicarlo las noticias y tal vez el juez, cuando cierre el sumario. Para los demás, los que normalmente bajamos a la playa, seguirá siendo un misterio.