A Unamuno no le caía bien Cervantes. Al profesor no le cabía en la cabeza cómo el autor de obras “justitas” como “La Galatea” o “Los trabajos de Persiles Sigismunda”, podía ser el mismo que el de “Don Quijote de la Mancha”. No es que dudase de su autoría, pero para el rector de la Universidad de Salamanca,  Alonso Quijano existía no gracias a Cervantes, sino a pesar de él.

De hecho, en “Lectura e interpretación del Quijote” no se anda con demasiados remilgos cuando afirma lo siguiente:

Y no me cabe duda de que Cervantes es un caso típico de un escritor enormemente inferior a su obra, a su Quijote. Si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, cuya luz resplandeciente baña sus demás obras, apenas figuraría en nuestra historia literaria sino como un ingenio de quinta, sexta o décimatercia fila. Nadie leería sus insípidas Novelas Ejemplares, así como nadie lee su insoportable Viaje del Parnaso, o su Teatro. Las novelas y digresiones mismas que figuran en el Quijote, como aquella impertinentísima novela de El Curioso Impertinente, no merecerían la atención de las gentes. Aunque Don Quijote saliese del ingenio de Cervantes, Don Quijote es inmensamente superior a Cervantes. Y es que, en rigor, no puede decirse que Don Quijote sea hijo de Cervantes; pues si éste fue su padre, fue su madre el pueblo en que vivió y de que vivió Cervantes, y Don Quijote tiene mucho más de su madre que no de su padre

La inquina que sentía por el autor de Alcalá iba sin embargo, más allá de la simple pataleta intelectual. Se desquitó escribiendo toda una novela: “Vida de Don Quijote y Sancho”: una exégesis de la famosa obra de Cervantes, en la que sus protagonistas repasan algunos de los momentos más destacados.

O en palabras de Unamuno…”un libro en el que hidalgo y escudero reviven los episodios de la obra cervantina ‘en compañía de un narrador que no se priva del autoatribuido derecho a injerirse en lo narrado, trasluciendo en el comentario una voluntad tanto crítica como creadora'”. Casi nada.

Y claro, pese a sus fans más entregados (si es que se puede ser fan de Unamuno) a Don Miguel le cayeron palos por todos los lados. Los más duros, muchos años después de su muerte, tal vez los de Borges, que diría lo siguiente:

Prefiero la ironía, las reservas y la uniformidad de Cervantes a las incontinencias patéticas de Unamuno. Nada gana el Quijote con que lo refieran de nuevo, en estilo efusivo; nada gana el Quijote, y algo pierde, con esas azarosas exornaciones tan comparables, en su tipo sentimental, a las que suministra Gustavo Doré. Las obras y la pasión de Unamuno no pueden no atraerme, pero su intromisión en el Quijote me parece un error, un anacronismo.

El argentino por supuesto tenía todas las de ganar. Y aunque tuviera razón, jugó al argentinian style: con ventaja, sucio y siempre en casa…pero también con esa clase que sólo dominan los que han nacido junto al Mar del Plata.

En defensa de Don Miguel sólo podemos decir que era “muy español y mucho español”. Y si había que escribir una novela para tener razón, la escribía. Y si tenía que gritar “Venceréis pero no convenceréis” al hijo de puta de Millán Astray, pues lo gritaba.

 

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