Miles Ahead: los años en la cara oculta de la luna

Miles Ahead: los años en la cara oculta de la luna

Si me preguntasen que disco me llevaría a una isla desierta para escuchar una y otra vez, no tengo ninguna duda de que sería “Kind of blue” de Miles Davis. No sólo porque es una auténtica obra maestra, o porque sea el disco más vendido de la historia del jazz.

Si lo escojo es porque es uno de esos álbumes que cambian cada vez que lo escuchas, poliédrico en ritmo y en significado. Un trabajo de estudio capaz de conectar con casi cualquier estado de ánimo: desde ese “blue” melancólico que reza el título del disco, hasta incluso la euforia más desparramada.

Como no podía ser de otra forma, el “So what” con el que Davis arranca el disco no falta en la banda sonora de “Miles Ahead”. El biopic, filmado por Don Cheadle en 2015 y en el que el propio Cheadle hace de Miles Davis, sin ser una de las grandes películas de la historia, sí que resulta imprescindible para los amantes de la música en general y del jazz en particular.

Lo más interesante de la cinta es que se aleja del clásico biopic para centrarse en esos “cinco años en la cara oculta de la luna” en los que Davis desapareció de la escena y se temió seriamente que las drogas y su lesión de cadera (que le hacía cojear ostensiblemente) acabase definitivamente con su carrera.

De forma paralela y a base de flash backs impresionistas la película recupera algunos de los episodios más interesantes de la estrella del jazz, especialmente en su relación con su  mujer, la bailarina Frances Taylor. 

Entre los méritos de “Miles Ahead” se encuentran hechos curiosos como que tuvo que recurrir a la plataforma de crowdfunding IndieGoGo para levantar los poco más de 300.000 euros que le sirvieron a su director para financiar la película, si bien finalmente Sony Classics decidió darle el empujón que necesitaba la producción para llegar a las salas.

Sin estar a la altura de títulos como “Whiplash”, “Bird”  o “Cottom Club”, la película consigue sin embargo algo que no muchas cintas consiguen hacer: conectar desde la música con ese algo tan íntimo que todos llevamos dentro.

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El día en que Umberto Eco le plantó cara a Superman

El día en que Umberto Eco le plantó cara a Superman

Mucho más que el autor de “El nombre de la rosa”. Medievalista brillante, Umberto Eco fue además uno de los grandes lingüistas del s.XX, con una amplia proyección en el campo de la semiótica. Y precisamente desde ese campo, en 1964 publica “Apocalípticos e integrados” un libro en el que disecciona el concepto de mito moderno y  que convierte en tribuna para plantarle cara a…¡¡Superman!!

¿Por qué a Superman? ¿Qué le había hecho el pobre Clark Kent al escritor italiano? Básicamente, tocarle las narices hasta límites insospechados. Porque para Eco, Superman es mucho más que el protagonista de un cómic de aventuras: es una representación cultural cuya principal función es la de preservar el status quo, de modo que actúa no tanto como liberador, sino como garante de un orden social conservador e injusto. Así tras dedicar unas páginas del libro a explicar quién es ese personaje creado en 1933 por  Jerry Siegel y Joe Shuster para DC Comics, concluye:

Superman es prácticamente omnipotente. Su capacidad operativa se extiende a escala cósmica. Así pues, un ser dotado con tal capacidad y dedicado al bien de la humanidad, tendría ante sí un inmenso campo de acción.

Pero de un hombre que puede producir trabajo y riqueza  en dimensiones astronómicas y en unos segundos, se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico, tecnológico, del mundo. Desde la solución del problema del hambre, hasta la roturación de todas las zonas actualmente inhabitables del planeta o la destrucción de procedimientos inhumanos, Superman podría ejercer el bien a nivel cósmico, galáctico y proporcionarnos una definición de sí mismo que, a través de la ampliación fantástica, aclarase al propio tiempo su exacta línea ética.

Dicho de otra forma, como Superman tiene poderes prácticamente ilimitados, teóricamente debería ser capaz de construir un mundo éticamente justo, dando lugar a un orden social nuevo en el que la palabra “desigualdad” fuese un mal recuerdo del pasado.

Pero por supuesto eso no es lo que les interesa a los dibujantes de DC Comics. Y a eso a Eco le cabrea. En vez de combatir grandes males como la corrupción, la explotación del ser humano o los regímenes autoritarios, el mayor superhéroe de la historia “se conforma” con criminales de poca monta. Lo dice así:

En vez de eso, Superman desarrolla su actividad a nivel de la pequeña comunidad en la que vive (Smallville en su juventud, Metrópolis ya de adulto) y si bien emprende con la mayor naturalidad viajes a otras galaxias, ignora no ya la dimensión “mundo”, sino la dimensión “Estados Unidos”. En el ámbito  de su ‘little town’ el mal, el único mal a combatir, se configura bajo la especie de individuos pertenecientes al underworld, al mundo subterráneo de la mala vida, preferentemente ocupado, no en el contrabando de estupefacientes ni -cosa evidente- en corromper a políticos o empleados administrativos, sino en desvalijar bancos y coches-correo. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada.

Y ahí da en el clavo. Un político/filósofo marxista diría que a Superman (como por otro lado a casi todos los superheroes americanos) le falta “conciencia de clase”. No lucha en defensa de los desfavorecidos, sino para proteger el modelo social que crea esa clase desfavorecida. Y es natural. En pleno auge comunista, Superman como por otro lado “Capitán América” o “Spiderman” sobrepasan el producto de entretenimiento: son pura propaganda política, de ese American Way of Life que hay que defender.

El lingüista italiano ataca a Superman incluso cuando en sus historietas se presenta su lado más solidario. Porque de su supuesto altruismo, dice lo siguiente:

Es curioso observar cómo entregándose al bien, Superman dedica enormes energías a organizar espectáculos benéficos, donde se recaudan fondos destinados a huérfanos e indigentes. El paradójico despliegue de medios (la misma energía podría ser empleada en producir directamente riqueza o en modificar radicalmente situaciones más vastas) no deja de asombrar al lector. Si el mal asume el único aspecto de atentado a la propiedad privada, el bien se configura únicamente como caridad.

Así que si Superman fuese político…¿os imagináis en dónde militaría?

Gordo, alcohólico y casi acabado: Suspicious Minds

Gordo, alcohólico y casi acabado: Suspicious Minds

We can’t go on together, With suspicious minds (suspicious minds) And we can’t build our dreams..On suspicious minds (Elvis Presley)

Uno de los primeros recuerdos musicales de mi infancia empieza en la planta de discos de “El Corte Inglés”. Estoy con mi abuela, paseando entre los expositores de cassettes y vinilos. “Elige la cinta que quieras, yo te la compro” me dice de repente, dejándome turulato.

En el siguiente recuerdo estamos los dos en la caja, esperando nuestro turno para pagar. Sobre el  fondo bermellón de la cinta, destaca en blanco y negro la foto de Elvis Presley. “Sus grandes éxitos”.

No recuerdo cuantas veces he escuchado esa cinta desde entonces. Muchas. Muchísimas. Tampoco recuerdo cuando la perdí. Tal vez cuando en casa compramos el primer reproductor de CD. Tal vez más tarde. Lo que sí recuerdo es que años después de comprar esa cinta, descubrí de verdad uno de sus grandes éxitos: Suspicious Minds.

“Suspicious Minds” es el último número 1 de Elvis. Gordo, medio alcoholizado y aburrido como atracción permanente de Las Vegas, el “Rey del Rock” grabó en 1969 probablemente su mejor tema. Parte del éxito se lo debe sin embargo a Mark James, cantante y letrista que ya había colaborado con Presley en “Always in my mind”.

Escrita un año antes, “Suspicious Minds” es en realidad una confesión de culpabilidad. La que el propio James sentía al estar casado, pero no poder parar de pensar en su primer amor, que a su vez estaba casada con otro hombre. James sospechaba que de alguna forma su amor seguía siendo correspondido, pero se sentía atrapado en una situación de la que no podía escapar.

Fue el propio James el que grabó el tema por primera vez. Sin embargo la falta de promoción de su casa discográfica consiguió que la canción naciese prácticamente muerta. Así que cuando un año después los agentes de Elvis le preguntaron si tenía alguna canción nueva que pudiera funcionar para el recopilatorio“From Elvis in Memphis”, no se lo pensó y vendió los derechos de autor.

La canción fue grabada el 23 de enero de 1969 entre las 4 y las 7 de la madrugada después de una tremenda juerga y las malas lenguas dicen que durante la grabación, Elvis tuvo más problemas de los habituales. De hecho, para la producción de una primera versión, se emplearon más de ocho horas.

Cuando al día siguiente James la escuchó por primera vez (no había estado presente durante la grabación pero como deferencia había sido invitado a la sesión de post-producción) dijo con disgusto que era “demasiado lenta”. Tras los arreglos finales se enfadó aún más, acusando a Elvis de haberla “destrozado por completo” y augurando un completo fracaso.

“Suspicious Minds” se convirtió en un éxito inmediato. Mark James y Elvis Presley no volvieron a dirigirse la palabra.

La crisis en seis escenas de Woody Allen

La crisis en seis escenas de Woody Allen

La animadversión que se profesan mútuamente Google y Amazon me ha obligado a ver “Crisis en seis escenas” (la primera y de momento única serie dirigida por Woody Allen) en mi teléfono móvil. Entre parada y parada de metro. Por favor señores de Amazon, soporte para Chromecast ya.

No tenía grandes esperanzas con esta serie. Después de una más que notable Blue Jasmine (2013) que le valió un merecido Oscar a Cate Blanchett, las últimas películas que ha firmado (“Magia a la luz de la luna”, “Irrational man” y “Café Society”) no destacan por nada en particular: correctas sin grandes aspavientos, como para cumplir ese autoimpuesto mandamiento de tener que entregar un título cada año.

Sin embargo, ha sido una sorpresa encontrarme en esta “Crisis en seis escenas” algunos de los elementos más clásicos y divertidos del estilo Allen: un marido carca y neurótico (“Misterioso asesinato en Manhattan”), una mujer que quiere vivir una aventura (“La rosa púrpura del cairo”) y toda una serie de malentendidos, y dobles sentidos que se repiten a lo largo de su carrera, como en “Annie Hall”, “Scoop” o “La maldición del escorpión de Jade”.

Allen hace una vez más de sí mismo y su réplica, una inmensa Elaine May (que ya trabajó con Allen en “Granujas de medio pelo”) retoma uno de los temas preferidos del director neoyorquino: la crisis de pareja. En este caso, encarnando a una descacharrante consejera matrimonial que sólo presta sus servicios para casos sin solución aparente.

La rutina de tan entrañable par de personajes se rompe cuando en mitad de la noche, una activista comunista (interpretada por Miley Cirus) que se encuentra en busca y captura,  irrumpe en su casa de la forma más insospechada. A partir de aquí, Allen necesita poco para pisar camino trillado.

¿El gran problema de la serie? Miley Cyrus. Por mucho que lo pienso, no acabo de entender cómo ha conseguido Hannah Montana colársela a los directores de casting, o a los productores de Amazon Studios. O a lo mejor, sí que tengo una ligera sospecha de cómo ha sido, pero este es un blog demasiado recatado como para hablar abiertamente de ello.

No sólo esta chica no sabe actuar, sino que es tan exagerada, cargante y fuera de tono en cada escena que hasta los extras la dejan en evidencia. Y esto por supuesto consigue que el resultado final chirríe más de la cuenta. Si nos quedamos únicamente con las escenas en las que ella no está, la serie funciona como un reloj. Consigue arrancar una sonrisa casi todo el tiempo y alguna carcajada.

Pero en cuanto el juguete roto de Disney se pone delante de la cámara, a Allen se le apaga la luz. Adiós al genio. De forma impícita el propio director lo reconoce en una entrevista en la que afirmaba que se arrepientía de haber realizado la serie. Por supuesto no culpaba a nadie en particular y en realidad, el resultado final pasa con un “bien alto”… pero es evidente que si de él hubiese dependido, algunas cosas hubiesen cambiado.

Así que no, “Crisis en seis escenas” no es un producto HBO, ni una serie que te va a dejar boquiabierto en el sofá devorando capítulos. Pero sí que es una serie simpática, especialmente pensada para los fans incondicionales del director. Como se suele decir, “el peor Woody Allen está casi siempre por encima de la media” y aquí el cliché se cumple de nuevo.

The Keepers y el estómago vacío

The Keepers y el estómago vacío

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” – Mateo 18, 6.

Llevo unos días pasándolo mal con “The Keepers”, una de esas series que sólo se pueden ver en plataformas como Netflix y que desde luego, nunca aprobarían en la comisión de censura de RTVE.  Cuando digo mal, hablo incluso de un mal físico, del asco y las ganas de vomitar que producen los hechos (reales) que se cuentan.

“The Keepers” lanza a los protagonistas de este tremendo documental narrado en siete capítulos, a intentar descubrir quién secuestró y posteriormente asesinó a la hermana Cathy Cesnik, maestra hasta 1969 del muy católico Archbishop Keough High School de Baltimore.

La investigación sobre su muerte sirve además, como telón de fondo para denunciar los abusos sexuales que sobre muchas de las estudiantes ejercían algunos de los cargos más poderosos de la institución escolar, entre los que se encontraban el todopoderoso capellán y el director de la escuela.

Pero quizás lo que más llama la atención es que con un estilo visual y un ritmo narrativo similar al de la exitosa “Making a murder”, esta docu-serie se adentra de forma quirújica en los secretos más oscuros de una sociedad en la que muchos saben y todos callan. Un micro-cosmos del horror del que difícilmente se sale indemne.

Si tras pasarlo mal os quedáis con ganas de más, os recomiendo títulos como “Spotlight”, ganadora de un Oscar a la mejor película de 2016 o la más antigua pero igualmente tremebunda “El crimen del padre Amaro”, con un Gael García Bernal que para mí, firma uno de los grandes papeles de su carrera.

Eslava

Eslava

Salimos con hambre del “Archivo de Indias”. Así que tras enfilar de nuevo la Avenida de la Constitución y esquivar a los distintos grupos de turistas que se arremolinan frente a la catedral, apretamos el paso hasta ese ayuntamiento que parece descolocado en el centro de la ciudad, muerto de miedo ante la Giralda.

Calles Francisco Bruna y Álvarez Quintero, para darnos de bruces con los gritos, los platos, el olor a fritanga y la cola que aún a las 14.00 de la tarde sigue formándose a la entrada del “Divino Salvador”. Los lugareños, atiborrándose a base de ensaladilla rusa en “La Alicantina”. El resto, comiendo lo que pueden en las mesas altas que se desparraman por la plaza.

Seguimos por la Lebrijana “Calle Cuna”, pletórica con sus tiendas para novias y esa churrería prieta que anotamos para otro momento. Y de ahí hasta “La Campana”, una de esas tremendas pastelerías congeladas en el tiempo, con sus escaparates inmensos y esos camareros siempre atentos al equilibrio de sus miniaturas de nata.

Empalagados, nos sorprende darnos de bruces con ese horror que responde al nombre de “Plaza del Duque de la Victoria”, refugio de un “El Corte Inglés” del que huímos a paso ligero, hasta que embocamos la mucho más tranquila calle de “Jesús del Gran Poder”. Pese a que afortunadamente es sombreada, la calle se nos hace larga, pesada mientras salivamos un “¿Falta mucho?” que cada poco comprobamos en Google Maps esperando buenas noticias.

Y no, no falta mucho. Tras andar cinco minutos giramos en “Pescadores”, atravesamos “Hernán Cortés” y literalmente nos colamos en Eslava (Calle Eslava, 3), probablemente el mejor restaurante que hemos visitado en este puente sevillano. Nos hacemos fuertes en una mesa de la terraza, saltándonos la lista de espera. Y con algo de nervios al principio, por eso de si nos echan, pero mucho más relajados después de la segunda tapa, nos dejamos vencer por el sol de octubre.

Carlos Boyero entra en un bar

Carlos Boyero entra en un bar

No tengo el placer de conocer a Carlos Boyero. Supongo que a él eso le importa bastante poco y a mí, más allá de la fría extrañeza que me supondría estrechar la mano con la que sujeta su pluma afilada, tampoco.

Me lo imagino en los pases de prensa, armado con su libretita Moleskine y uno de esos bolígrafos con linterna, llenando páginas de sus “aburrido”, “previsible”, “no me interesó lo más mínimo”. Pero también de forma ocasional, dejando la libreta en el reposabrazos, tal vez en el suelo, reclinándose en la butaca y admitiendo para sus adentros un “esto señores, es cine con mayúsculas, no se lo pierdan”.

Suelo seguir sus consejos. Y no sólo porque su cinefilia infinita consigue casi siempre amortizar los 8,5 euros que cuesta una entrada de sábado. Sino porque en el fondo de mi ser, oculto un secreto terrible. Uno que hasta hoy no me he atrevido confesar: deseo que Boyero se equivoque. Lo deseo más que nada.

Que me aconseje una película estupenda y resulte ser un bodrio infumable. O al revés, que clame contra una cinta con pretensiones … para descubrir que en realidad me ha encantado. Todo lo que necesito es una excusa.. una excusa para poder gritar ¡Chúpate esa Boyero! ¡Esa película a la que diste cinco estrellas es una mierda! Hasta ese momento, hasta que ese estallido de ira irracional se produzca, seguiré acumulando rabia y resentimiento… de ese Boyero que quise ser y nunca fui…vouyeuriano.

Si estás leyendo esto, sólo quiere decirte que no tengo nada en contra de ti, querido Carlos no te guardo odio sincero. Este secreto que me atormenta no es más que un sano ejercicio de masoquismo, similar al del que necesita realizarse cortes de vez en cuando, o el del que se arranca y come su propio pelo. Ya ves que lo mío, en comparación es poca cosa.

Ahora sólo espero que “La Peste”, esa serie que has puesto a la altura de las mejores producciones de HBO, me decepcione de veras. Que me permita apagar la televisión y musitar un “Carlos, nunca más”. Y sin embargo, sé que soy yo el equivocado. Que todo lo que tengo que hacer es rendirme incondicionalmente y dejarme llevar… ¡Ayúdeme querido Carlos!