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Vida y muerte de Qandeel Baloch

Mujer, Youtuber y pakistaní. Estos son los tres pecados que han llevado a la muerte a Qandeel Baloch. La asfixió a finales de 2016 su propio hermano mientras dormía.

¿Su crimen? “Lleva la vergüenza” a su familia al atreverse a contar en su página de Facebook (730.000 seguidores) que las mujeres pakistaníes tienen que atreverse a dar la cara. Que tienen derecho a expresarse con libertad, a enseñar su cuerpo, a cuestionar el “por que sí” machista del islamismo radical.

Su historia la cuenta the Guardian en el documental “Qandeel Baloch: the life, death and impact of Pakistan’s working-class icon “

Son poco más de 20 minutos de vídeo, pero cada segundo vale su peso en oro. Un documental así no tendría ninguna posibilidad en la parrilla televisiva española. Seguramente, tampoco en los grandes  medios on-line, cada vez más, aliados íntimos de esas tertulias que duran horas y no cuentan nada.

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La máquina de odiar

Busca en los bolsillos. ¿No está ahí? A lo mejor la dejaste sobre el escritorio. ¿No? ¿En un cajón? Cómo no la vas a encontrar si siempre te he visto con ella en la mano.

Mira bien. Unos diez centímetros de largo, cinco de ancho, menos de medio centímetro de grosor… ¿La ves? Busca bien…¿Dices que la has perdido? No me lo puedo creer, ¡Si nunca sales de casa sin tu máquina de odiar!

Ya sé, ya sé lo que me vas a decir ahora. Tú no odias a nadie. ¿Por qué ibas a hacerlo? Vives una vida tranquila, tienes tu trabajo, tu casa… Tu pareja te adora, a tus padres no les ves tanto como para que las visitas sean obligadas e incómodas y ahora que tu vida se desliza hacia los 40, te cuidas más que nunca. ¿Odiar? No, no está en tu diccionario. Seguramente me confundo de persona.

Chascarrillos. Eso es lo tuyo. Bromas maliciosas dices. Como cuando llamaste “guarro asqueroso podemita” a ese diputado que entró con rastas en el congreso; o cuando escribiste “que se joda” al enterarte que un torero había muerto en la plaza o, y esto es muy divertido, cuando gritaste que unos titiriteros que habían hecho un tal vez desafortunada representación infantil, se merecían un tiro en la nuca. Trending topic macho. El puto amo. Eso no está al alcance de cualquiera.

Ah que no fuiste tú. Que lo decían todos. Bueno, en realidad sí que fuiste tú ¿verdad? Se te mal interpretó. No te preocupes, es perfectamente comprensible. 156 caracteres dan para muy poco. ¿Cómo ibas a pensar que nadie iba a captar la sutileza de tu ironía? ¿Cómo es que no han sido capaces de captar la potencia de tu humor negro descarnado?

Te diré lo que eres. Sí, no me interrumpas, déjame que te lo explique. Eres una víctima. Sí señor, una víctima con todas la letras. No te rías, lo digo en serio.

Han atacado tu derecho a la libertad de expresión. Te han convertido en un chivo expiatorio, en un pelele de lo políticamente correcto. Tú solo has hecho lo que hace casi todo el mundo en las redes sociales. Odiar. No, no hace falta que me lo repitas. Te entendí la primera vez. Tú no odias a nadie. ¡Si ni siquiera les conoces! Sólo dices esas cosas que “te salen de dentro”. ¿La niña desaparecida? Estoy totalmente contigo. Algo habrá hecho. Claro, claro que puedes opinar, ¡Faltaría más!

Pero no te preocupes. Tengo una buena noticia para ti. No va a pasarte nada. No hagas caso a las noticias que salen en la tele. Unos días de linchamiento mediático. Eso es todo. Lo único que tienes que hacer es quedarte calladito y no hacer nada. Si puedes déjate unos días la máquina en casa. ¿No? Inténtalo, hazlo por mí. Deja de odiar. Ya lo sé que cuesta, pero te prometo que merece la pena.

¿No te sientes mejor? ¿Más ligero? Mira a tu alrededor. Acabas de recuperar la visión periférica y la perspectiva. ¿Impresiona verdad? ¿A qué no te acordabas de cómo era el mundo sin anteojeras? Respira. Respira despacio.

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Los límites de la sharing economy

La sharing economy, el consumo colaborativo o la economía participativa, vive en España uno de sus momentos más delicados. Junto a inapelables triunfos como los de BlaBlaCar o los de Airbnb, los últimos meses han sido también territorio abonado para sonados fracasos, como la expulsión ipso facto de Uber o el repentino cierre de la plataforma de limpieza a domicilio, EsLife.

Pero tanto en los proyectos que parecen más consolidados, como en aquellos que han tenido que replegar velas en España, la inseguridad jurídica y la falta de un marco regulador que establezca de forma clara las reglas del juego, se ha convertido en la principal amenaza.

No faltan los ejemplos. La semana pasada, tras más de cuatro años de actividad ininterrumpida en España, Cabify tuvo que responder ante los tribunales ante una demanda interpuesta por la Federación Madrileña del Taxi, que pedía la suspensión cautelar de su actividad, al considerar que la plataforma de alquiler de coches con conductor era competencia desleal para el sector del taxi.

Lo de menos es que el juzgado madrileño haya desestimado la demanda. Porque en realidad, no ha entrado a valorar el fondo de la cuestión. ¿Pueden ser las plataforma de vehículos VTC una alternativa válida y legal al sector del taxi? Y si es así, ¿Cómo equipararlas con un sector fuertemente regulado, con inspecciones periódicas y a cuyos profesionales se les exige una licencia de actividad que cuesta varios miles de euros? Lo mismo podríamos decir de los apartamentos frente a los hoteles, los coches particulares frente a los autobuses de línea y así, un largo etc.

Esta falta de regulación a todos los niveles,  no beneficia a ninguno de los implicados. Por supuesto no beneficia a los “actores tradicionales” que se encuentran ante empresas que aprovechan cierto vacío legal para “robarles” cuota de mercado; pero tampoco beneficia a las startups, que en realidad viven al “antojo” del regulador que o bien deja hacer, o bien se somete a las presiones de determinados lobbys.

El caso de Uber es el más evidente. Le llegada en tromba de su servicio UberPop disparó todas las alarmas.   Y en este caso,  si los taxistas consiguieron  expulsar a la empresa americana de prácticamente todos los países del viejo continente, estuvo más relacionado con la propia torpeza de Uber (que pensó erróneamente que en Europa se podía jugar con las mismas reglas que en Estados Unidos), que con cualquier otra cuestión.

Ahora que Uber empieza a explorar la posibilidad de volver a España bajo su marca UberX (en un modelo idéntico al de Cabify), se encuentra con que la falta de ese marco regulatorio o la aprobación de nuevas normas que limitan la actividad de los vehículos VTC, condicionan un marco hostil ya está alejando a España de las economías más avanzadas cuando hablamos de sharing economy.

El cierre esta misma semana de EsLife, como avanzábamos al principio de este artículo, sigue en esta senda marcada. La plataforma de limpieza valenciana, que contaba con el apoyo de aceleradoras como “Plug and Play” o “Lanzadera” pone fin a sus actividades después de al parecer, haber sufrido presiones por parte de la inspección de trabajo. Sus trabajadores, autónomos pero dependientes de forma exclusiva de esta startup, se encontraban en una zona gris, a merced de una sentencia que puede o no producirse.

Avanzar hacia la economía colaborativa de forma seria supone que el Gobierno que salga elegido por las urnas el próximo 20 de diciembre, debe tomarse en serio el fenómeno que ya representan las startups como motor del cambio en nuestro país, como lo hicieron en su momento en países como Estados Unidos o Reino Unido. ¿Hay motivos para la esperanza? Os espero en los comentarios.

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Twitter en el ojo del huracán

Jack Dorsey vuelve a Twitter. Casi se lo han rogado. La misma Junta que no dudó en echarle para poner en su lugar a Evan Williams. La misma Junta  que tampoco tuvo ningún reparo en echar a Williams para aupar al puesto de CEO a Dick Costolo. La misma que tras echar hace unas semanas a Costolo le pide a Dorsey que vuelva. Es curioso como se cierra el círculo.

A Dorsey esta petición no le podía llegar en mejor momento. Como cuenta Nick Bilton  en “La verdadera historia de Twitter”, Dorsey no siempre ha admirado a Steve Jobs, sino que lo ha imitado en todo: su ropa, su forma de vestir, su particular forma de hablar, de frotarse las manos, la cadencia de la voz…

El hecho de que como a Jobs, la Junta que le despidió le haya llamado para rescatar a una compañía que se enfrenta a serios problemas, le debe haber parecido profético, casi mesiánico.  La cuestión es saber si va a  estar a la altura del desafío que se le presenta. Que no es precisamente pequeño. Porque no olvidemos que Jobs, cuando en 1996 volvió a Apple lo hizo con el primer iMac diseñado por Jhonny Ive bajo el brazo, por no hablar del iPod, del iPhone o del iPad.

Pero la vuelta de Dorsey no parece tan profética. En primer lugar, porque no es un genio de la talla de Jobs, ni mucho menos. Hay que reconocerle el mérito de haber construido una compañía como Square, capaz de dar la batalla en el campo de los pagos móviles. Pero en el caso de Twitter, difícilmente habría nacido como startup sin el apoyo decisivo de Evan Williams, Noah Glass y Biz Stone. Y es que para muchos, Twitter es Twitter “a pesar de Jack”.

Dicho lo cual, los desafíos a los que se enfrenta la red social no son menores: descenso en el número de usuarios, bajo engagement y tremenda dificultad a la hora de monetizar su modelo de negocio.

Una red social que ha dejado de escalar

Twitter cuenta actualmente con aproximadamente 302 millones de usuarios activos. Lo cual no estaría nada mal si no tuviéramos en cuenta que Facebook ha superado los 1.400 millones de usuarios activos cada mes y que en poco más de un año, esta red social ha pasado de ocupar un cómodo segundo lugar en el mundo del social media (en cuanto a usuarios activos), a verse superada por LinkedIn e Instagram (no tomaremos en cuenta para este propósito los números de Google+ ni los de las plataformas de mensajería instantánea).

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El problema en este terreno no es sin embargo tanto el número de usuarios activos, sino que parece que el crecimiento se ha ralentizado. En el último trimestre la base de usuarios activa sólo creció en tres millones de nuevos usuarios (en su mayor parte provenientes de países emergentes).

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El gráfico superior muestra claramente la diferencia en crecimiento de las dos redes sociales. Los números actuales de Twitter no sólo están a años luz de los números de Facebook, sino que ni siquiera se acercan a los números que Facebook presentaba en 2010. La estrategia de Twitter para acelerar el crecimiento ha pasado hasta ahora por hacer que la red social de microblogging se parezca un poco más a Facebook y su última herramienta “Moments”, camina en esa dirección, como respuesta a los Instant Articles que Facebook presentó hace unos meses.  El único problema es que en general, los usuarios tienden a preferir el original a la copia. Si Twitter quiere crecer, va a tener que recuperar su propia voz, volver a ser un líder, en vez de un follower.

Con Twitter Ads no basta

Junto a un crecimiento que como hemos visto, debe mejorar, los responsables de Twitter siguen luchando por conseguir que su red social sea rentable. Poco a poco lo están consiguiendo, pero como en el caso anterior, la velocidad a la que lo están haciendo es preocupante.

Su principal instrumento para monetizar su red es Twitter Ads. Gracias a sus tweets promocionados, la compañía consiguió unos ingresos de 504 millones de dólares en 2014, frente a los 312 millones de dólares del año anterior. Lo cual es una buena noticia para Dorsey y compañía, ya que los analistas esperaban unos ingresos máximos de 481,3 millones de dólares para ese periodo.

Pero a pesar de que los ingresos crecen, la compañía sigue sin ser rentable. Al cierre del pasado ejercicio, la red social declaró unas pérdidas netas de 136 millones de dólares, frente a los 144 millones de pérdidas que se declararon un año anterior. Buena parte de estos resultados son achacables tanto a la inversión en nuevos centros de datos que permitan dar continuidad al servicio, como los costes fijos operativos de la empresa.

Si se mantuviese esta tendencia de forma lineal, con un crecimiento lento pero sostenido en número de usuarios y unas pérdidas que van cayendo lentamente, a la vez que se estabilizan las inversiones IT de la compañía y aumentan los ingresos por publicidad, la proyección es que la empresa podría empezar a ser rentable en 3-4 años. Un mundo para los inversores, acostumbrados a escenarios que se mueven a toda velocidad, que pasan del blanco al negro en menos de un año.

Toda esta incertidumbre se está reflejando por supuesto en las acciones de la compañía. Los títulos de la empresa, que han llegado a cotizar por encima de los 50 dólares, cayeron esta semana por debajo de los 29 dólares, para estabilizarse en los últimos días en torno a los 30 dólares. Todo en un momento en el que, como asegura Re/Code tras la vuelta de Dorsey al mando, estaría a punto de anunciar una importante reducción de plantilla.

La empresa emplea actualmente a 4.100 trabajadores en sus 35 oficinas de todo el mundo. La cuestión para Dorsey no es si son muchos o no lo son, sino que fuente internas consideran que se ha crecido en RRHH de forma desordenada, si se tiene en cuenta que sólo un año antes, la empresa apenas pasaba de los 2.000 empleados.

Así que dos son las cosas. O tenemos que prepararnos para una Twitter más pequeña, centrada en nichos donde puede crecer, o bien la estrategia pasa por dar un paso atrás, re-estructurar la compañía por completo y prepararse para un nuevo gran paso adelante. Ninguno de los dos planteamientos es sencillo y el tiempo se agota.

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África ya no es lo que piensas

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No hace demasiado tiempo que fui a ver a cine “La sal de la tierra”, un estupendo documental que repasa la vida y la obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado. De todas las imágenes que proyectaron en las poco menos de dos horas que duró la película, pocas me impactaron más que las pertenecientes a su libro “Sahel”, en el mostraba lo terrible y apabullante que es la hambruna en África.  Las imágenes de hombres, mujeresy niños pesando poco más que un suspiro, no se borrarán de mi memoria nunca.

El libro fue publicado en 1986 y Sahel es ese cinturón de tierra (5.400 km) que marca el inicio del África Subsahariana y que se sitúa entre el desierto y la sabana. Las imágenes de Salgado, como las de muchos otros, contribuyeron a formar en nosotros la imagen de un continente extremadamente pobre, muerto literalmente de hambre. El genocidio de Rwanda en 1994 y las guerras que le siguieron, añadieron a esa imagen inicial la de un continente terriblemente violento, casi inhumano.

Sin dejar de ser verdad todas esas imágenes, los europeos y por extensión los occidentales, hemos estigmatizado todo un continente que en los últimos años se ha convertido en el más interesante del mundo y en el que se está viviendo una auténtica revolución económica, social y cultural. Como hemos contado esta misma semana en “África: el próximo destino para tu empresa”, nos encontramos con países como Angola, Botsuana o Nigeria que están creciendo a una media del 11% anual.  Y según el World Economic Outlook de 2012, en una proyección hacia 2020, ocho de los diez países que más crecerán serán africanos.

El crecimiento por sí mismo no dice mucho. Dice más el progreso en el índice de desarrollo humano de la ONU en países como Etiopía, Libia antes de su frustrada revolución o Túnez, la formación de una sólida cultura de pequeñas empresas y startups en países como Kenya o la formación de una clase media (entendida en términos africanos) en muchos de estos países del Sahel que retrató Salgado en los años 80.

Por supuesto que sigue siendo un continente con muchos problemas y que algunos de sus países se encuentran entre los más pobres del mundo, pero por primera vez después de tantos años de promesas incumplidas, de programas fallidos, de entender al africano casi como un ser que acepta su destino con una resignación bíblica, estamos descubriendo que algunos de esos pueblos han decidido ser dueños de su propio destino. Y no sólo están creciendo económicamente, sino que están apostando por convertirse en democracias.

Llama la atención como en un continente olvidado por casi todos, algo en teoría tan exótico como los pagos móviles haya cogido fuerza. Lo cuentan en Think Big, donde explican que en países como Kenya o Tanzania el servicio de pagos móviles M-Pesa, basados en algo tan “obsoleto” como los mensajes SMS haya conseguido convencer hasta a 18 millones de usuarios, en un momento en el que los pagos móviles apenas si despiertan un interés mínimo en Europa o Estados Unidos.

Incluso el modernísimo crowdfunding, tan de moda gracias a plataformas como Kickstarter, ha conseguido hacerse un hueco en el continente. Como explico en “¿Cómo será el futuro del crowdfunding?”, la plataforma de crowdfunding transversal  Homestrings ha conseguido mover más de 25 millones de dólares para favorecer el desarrollo de ideas, productos y proyectos en 13 países africanos, mostrando de esta forma que hay otras formas de favorecer el desarrollo loca que no pasan por la cooperación internacional. Y  de una forma similar Zoomal, plataforma orientada al mundo árabe, ha conseguido movilizar más de 500.000 dólares en sólo seis meses de actividad.

Pero frente a todos estos datos positivos, no podemos olvidarnos de Lampedusa. La pequeña isla italiana se ha convertido en el auténtico símbolo de la vergüenza que hoy en día significa ser europeo. Un continente que ha dado la espalda a sus hermanos africanos, que permite que cientos de ellos cada semana se ahoguen en el Mediterráneo. Un continente cuya única respuesta es echarse las manos a la cabeza, lamentar lo sucedido para días después construir vallas más altas en Ceuta y Melilla, disparar bolas de goma a los inmigrantes que intentan llegar a nado a la costa o practicar las devoluciones en caliente.

Reconocer el progreso de los países africanos en este artículo es también reconocer que pese a todo, queda muchísimo por hacer y que desgraciadamente, ni los europeos ni en general los occidentales, les estamos poniendo las cosas precisamente fáciles.

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Internet antes de Google

Mi navegador preferido es Google Chrome. Mi gestor de correo es Gmail. Guardo la mayoría de mis archivos en Google Drive. El sistema operativo de mi teléfono es Android y mi televisión es un poco más inteligente gracias a Google Chromecast que entre otras cosas, utilizo para ver vídeos de Youtube. Mi vida tecnológica, como la de muchos de los que estáis ahora leyendo estas líneas, está tan ligada a Google, que no es exagerado afirmar que pasamos más tiempo con la empresa de Mountainview, que junto a nuestros seres queridos.

Esto obviamente, no siempre ha sido así. Al fin y al cabo,  el buscador más famoso y más utilizado del mundo no vio la luz hasta 1998 y no se comenzó a popularizarse hasta unos años después. Y sin embargo, había una vida más que interesante en Internet antes de Google.

before_internet

Comencemos por lo más básico. ¿Cómo buscábamos información en la Red a finales de los años 90? Seguramente con alguno de los buscadores de los que en MuyPymes mencionamos en “Internet antes de Google: 10 buscadores que hicieron historia”: Lycos, Excite, Altavista, Infoseek…

De todos, Altavista era el que yo utilizaba con más frecuencia, junto con Yahoo! que por aquel entonces no pasaba en realidad de ser un catálogo que ordenaba las webs en función de su popularidad en diversas categorías.

Altavista

Buscar información y encontrar lo que buscabas no era un tema baladí. De hecho la “poca utilidad” que por aquel entonces tenían muchos de estos buscadores, se comprendía al observar como en las librerías los libros del tipo “las páginas amarillas de Internet” se vendían más que bien.  Y no sólo hablamos de libros. En el kiosko, revistas como Netmania (del grupo Hobby Press), intentaban conquistar a un usuario que de todas todas, estaba dando sus primeros pasos en la Red a golpe de una conexión que no era plana y que mantenía “ocupado” el teléfono durante horas.

¿Cómo nos comunicábamos? La mayoría de nosotros, desde el buzón POP3 que nos regalaba nuestro proveedor de Internet.  Y no, no hablo de los Telefónica, Vodafone o Jazztel desde los que os conectáis ahora. La mayoría eran empresas como Arrakis, entidades bancarias como Bankinter (sí, mi proveedor de Internet durante un par de años fue un banco), portales de contenidos como Tiscali o EresMas, y en definitiva casi cualquier empresa que pudiera meter un dialer en un CD y regalarlo en ferias de informática como el SIMO.

Pero volvamos a la comunicación.Porque vaya si nos comunicábamos. Antes de las redes sociales, el correo electrónico nos parecía algo tan milagroso que de repente recuperamos el género epistolar con un entusiasmo que no se veía en España desde la época de Quevedo. Enormes e-mails en los que nos contábamos de todo, absolutamente de todo, como si no hubiera un mañana. Y no había Google, pero muchos confiaban en ese imán de SPAM que era Microsoft Messenger, mientras que los más “modernos” escribían (sospecho que siguen haciéndolo) desde Yahoo Mail.

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Y tan contentos estábamos con nuestras cartas cuando de repente en España una empresa tan castiza como “Olé” inauguró las primeras (o almenos para mí lo eran) salas de chat basadas en Java. Éramos una pequeña familia. Y digo pequeña porque cuando entrabas en la sala #Madrid, por poner un ejemplo, en los días buenos no había más de 50 personas conectadas al mismo tiempo. Se podía chatear en el canal abierto y aunque ahora pueda parecer extraño, ligar no era ni mucho menos el objetivo principal. Lo de las salas de chat tan pequeñas como el salón de casa se mantuvo durante un breve periodo de tiempo y como dijo Vargas Llosa, no está del todo claro “cuando se nos jodió el Perú”.

Tal vez fue cuando Terra inauguró las suyas o tal vez fue cuando casi todos aprendieron a conectarse al mIRC, un programa de chat instantántea basado en nodos y canales y que para utilizarlo correctamente había que aprenderse unos cuantos atajos de teclado. Mítico por supuesto era el nodo #mIRCHispano y su archiconocida sala #Amistad, pero eso es otra historia.

icq

De la sala de chat saltamos también antes de llegar a Google a los programas de mensajería instantánea. Y como contamos en “De ICQ a WhatsApp en la Web: Historia de la mensajería instantánea”, ICQ fue el encargado de abrir camino y marcar una época. Los que los utilizábamos (la mayoría proveníamos de las salas de chat de Olé y Ozú y nos trasladamos a esta plataforma) no dábamos crédito a lo que veíamos. Visto con perspectiva es cierto que la interfaz era más bien cutre, pero el hecho de poder ver en tiempo real cómo nuestro interlocutor escribía, borraba las letras, cambiaba de idea… nos parecía casi brujería.

Aunque durante ese tiempo fueron surgiendo otros programas, la mayoría pasamos del ICQ al Messenger, sobre todo cuando Microsoft lo impuso “por decreto” al incluirlo en Windows XP. ¿Nos gustó? Nos gustó.

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Para no alargarme demasiado, el último hito al que quiero referirme antes de la llegada de Google es la descarga de música de la Red. Y no, no hablo de Napster, programa que se popularizaría como el primer tímido azote para la industria discográfica. Hablo de páginas que, sorpresa sorpresa, ofrecían la descarga de MP3 directa, ya que alojaban la música directamente en sus servidores.

Toda la información se organizaba en torno a catálogos de enlaces, ordenados de forma jerárquica que había que escudriñar en busca de lo que queríamos. Pero daba igual. Cuando encontrábamos la canción, no no nos importaba esperar una media hora hasta que se bjase nuestro MP3, o que tuviéramos que utilizar 3 o 4 discos de 3,5 pulgadas para guardarlo. Lo que importaba es que era nuestra, que sabíamos que habíamos hecho algo”ilegal” y que nos nos importaba.

Hasta la llegada de Napster este tipo de páginas vivieron una suerte de “edad dorada” y como consecuencia cada vez resultaba más complicada encontrar alguna que no quisiera vender un servicio de suscripción o que fuese directamente falsa. Casi al mismo tiempo del lanzamiento de Napster, empezaron a presentarse los primeros reproductores de MP3 (Yo me hice con un Samsung Yepp con 32 MB de almacenamiento interno y un diseño espectacular, construido en aluminio pulido) y como suele decirse, el resto es historia.

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La historia secreta de la obsolescencia programada

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Ayer tuve la oportunidad de ver “Comprar, tirar, comprar. La historia secreta de la obsolescencia programada”, un estupendo documental que echaron en la 2 hace unos días y que me imagino que pasó por los índices de audiencia sin pena ni gloria, marginado por “Adán y Eva” y el pequeño Nicolás.

Por el trabajo de Cosima Dannoritze pasaron la historia de la bombilla que lleva más de cien años dando luz en una estación de bomberos de California, las viejas neveras de la Unión Soviética que siguen funcionando como el primer día o unas estupendas medias de nylon tan resistentes, que tuvieron que retirarlas del mercado para desarrollar otras que se rompieran.

Por el documental también pasaron los amigos de Apple, que tuvieron que reconocer ante un grupo de enfadados consumidores que efectivamente, las primeras baterías de los iPod estaban programadas para durar únicamente 18 meses. Desfilaron también los famosos chips que cuentan las páginas que se imprimen en los modelos baratos de impresora y que cuando llegan a un límite preestablecido (1.000–3.000 impresiones) bloquean el equipo.

Y aunque la “anécdota” resultaba interesante por sí misma, lo más fascinante del documental fue el intentar explicar la motivación que hay detrás de la obsolescencia programada. El fenómeno que empieza cuando el lobby de las bombillas deciden que no van a fabricar bombillas de más de 1.000 horas de duración parte de una premisa muy sencilla: Si todo el mundo tiene en su casa bombillas que duran 100.000 horas o más, ¿Qué va a ocurrir cuando todo el mundo tenga bombillas? Las fábricas cerrarán y los trabajadores se quedarán sin empleo.

Aplíquese a cualquier bien de consumo. ¿Cómo le iría a empresas como Samsung o Apple si los consumidores en vez de cambiar de smartphone casi cada año tuviesen teléfonos que funcionasen como el primer día después de diez años? ¿Qué impacto tendría en la economía? Un auténtico mazazo al modelo capitalista y a la economía de mercado.

Ahora bien, el modelo de la obsolescencia programada no se limita a producir bienes que duran menos y que hay que reemplazar cada cierto tiempo (cuando teóricamente termina la vida útil del producto), sino que para acelerar aún más el cambio, se crean nuevas necesidades que impulsan la compra.

Porque realmente no podemos explicar por qué “necesitamos” cambiar nuestro teléfono cada año o dos años si no es porque el nuevo sistema operativo que se incluye es “mejor” y por supuesto, no va a funcionar con nuestro modelo viejo, por poner un ejemplo. ¿Es esto así? O no hay voluntad de que funcione desde el principio…

“Comprar, tirar, comprar” es también un alegato en favor del medio ambiente, de la necesidad de despertar una conciencia global que prime el reciclaje y el re-utilizar antes de tirar. Y más importante aún, es una crítica frontal a un modelo económico obsesionado con el crecimiento.

Y es que se nos repite una y otra vez que tenemos que crecer. Sólo saldremos de la crisis si crecemos. Pero el crecimiento infinito no es posible en un planeta que es finito.

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