El siglo XIX ha sido asesinado

El siglo XIX ha sido asesinado

Eric Hobsbawm afirma en su “Historia del siglo XX” que si miramos con retrospectiva los dos últimos siglos de nuestra historia y los principales acontecimientos que la han marcado, tal vez sería interesante hablar de un “siglo XIX largo”, que finalizaría con el estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial y un “siglo XX corto” que se prolongaría hasta los últimos estertores de la Unión Soviética.

Si bien la idea de un siglo XX corto admite más discusión, ya que tal vez podríamos “estirarlo” hasta los atentados del 11-S, lo cierto es que hay pocas dudas de que de 1900 a 1914, las sociedades occidentales eran básicamente decimonónicas y que no es hasta el estallido de la Gran Guerra, cuando todo cambia.

Ese siglo XIX que agoniza, es el protagonista absoluto de “El rey de las Dos Sicilias”, la a ratos barroca, a ratos impresionista novela del escritor polaco Andrezj Kusniewicz, conocedor como pocos del proceso que acabó con el derrumbamiento del Imperio austrohúngaro en 1918.

La acción de “El rey de las Dos Sicilias” se sitúa en el momento del asesinato del archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. Pero es sobre todo, un canto del cisne a una civilización entera.

La de un siglo que creía como pocas en el progreso y en la cultura; orgullosa del vapor, el acero y su industria. Ilustrada en sus conciertos de cámara y en ejércitos que se comportan casi como caballeros sobre el campo de batalla. Y que sin embargo, no ve que se dirige a toda velocidad hacia el desastre más absoluto. Un siglo de luz de gas, que al agotados y sin fuerzas, se convierte en supernova.

Kusniewicz los retrata a casi todos: magiares, ulanos, dragones, sicilianos y gitanos. Soldados, comandantes, policías y generales. Aristócratas burgueses. Románticos suicidas. Damas de compañía. Síndromes de Edipo y de Casandra. Trenes que tardan años. Estafetas postales. Diarios, espadas, bigotes y putas. Miseria.

No es una novela fácil. Cuesta entrar en un lenguaje en lo que casi todo son pinceladas. En la que tiempo y espacio cambian constantemente. Y en la que los personajes, los nombres reales e inventados, y las referencias históricas se suceden a velocidad de ametralladora. En la que sueños y recuerdos se funden con la acción real, y en la que finalmente todo forma una trama densa, asfixiante, en la que cuesta respirar.

Y sin embargo cuando lo creemos todo perdido, ganamos. Cuando dejamos de hacernos preguntas, comprendemos: no se la pierdan.

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Midnight Diner y el realismo mágico japonés

Midnight Diner y el realismo mágico japonés

Frederic Martel, autor de “Cultura mainstream: cómo nacen los fenómenos de masas” afirmaría sin pestañear que Netflix se ha convertido en un gran vector moldeador de nuestra escena cultural. Al fin y al cabo, la plataforma de contenidos de Reed Hastings ha conseguido que hablemos más de series como “Stranger Things”, “Narcos” o “House of cards” que de cualquier otra cosa.

Sin embargo Neftlix es mucho más que eso. Bajo la supuesta uniformidad de su propuesta,  esconde a menudo pequeñas joyas independientes. Películas y series que probablemente nunca llegaríamos a ver si no fuera precisamente, por el apetito voraz que la plataforma tiene por todo tipo de contenidos.

Prueba de lo anterior es que de no ser por Netflix, seguramente nunca hubiese visto “Midnight Diner: Tokyo Stories” una serie japonesa que hace de la comida su hilo conductor y en la que podemos aprender los secretos de platos tan sencillos como una tortilla de arroz, un potaje de verduras o unas chuletas de cerdo empanadas.

En el centro de la serie, el Shinya Shokudo, un pequeño restaurante que sólo abre de 0.00 a 7.00 de la mañana. Un espacio muy particular en el que los clientes acodados tras la barra, pueden pedir lo que quieran, siempre que el “maestro” tenga los ingredientes adecuados para prepararlo.

Cada plato en realidad, no es más que una excusa para contar pequeñas historias que hablan de amistad, de amor, de honor… que a su vez propician decenas de cuadros en los que nos asomamos a la sociedad japonesa.

En cada capítulo, parroquianos habituales que pasan la noche tras una jarra de cerveza, comparten espacio con otros que marcan el tempo y dibujan las líneas narrativas de cada nueva historia. Y ahí descubrimos al frutero solterón al que el fantasma de su madre se le aparece en sueños, el campeón de Mahjong al que una ex-amante le “coloca” un niño al que ha abandonado, o una respetable dama enamorada en secreto de un conocido actor porno.

Midnight Diner regala al espectador occidental todo tipo de situaciones surrealistas, y la vez revela muchos detalles de una sociedad que pese a vivir en un mundo cada vez más conectado, se las ha arreglado muy bien para seguir dando la espalda a la globalización occidental.

Aunque está narrada en un tono de comedia, su punto fuerte es la facilidad con la que consigue que desconectemos de todo el ruido que nos rodea, la sensación de calma y tranquilidad que transmite. No hay giros inesperados de guión o tramas complejas. Nunca nos deja con ganas de un capítulo más, pero no importa… porque cuando la visitamos de nuevo, nos sentimos en casa.

Más que episodios, lo que esta serie nos ofrece son pequeños cuentos en los que las piezas siempre acaban encajando. Por eso funciona. Por eso, en su pequeño universo, casi siempre todo es perfecto.

Aceituneras altivas de Jaén

Aceituneras altivas de Jaén

Después del incidente con las “portavozas” de Irene Montero, llevo un tiempo preguntándome sobre cómo las ideologías moldean el lenguaje.  Cómo tras cada palabra que pronunciamos, leemos o escribimos hay no sólo un describir el mundo, sino una intencionalidad con la que se construye una sociedad.

Uno de los ejemplos más claros es el japonés. Frente al único y universal “yo” latino, los habitantes del imperio del sol naciente tienen hasta 13 formas diferentes “yo”, que se utilizan en función de la posición social que ocupa la persona que lo pronuncia, con respecto a la persona con la que habla. “Boku” por ejemplo lo utilizan solo los hombres, pero tiene una fuerte connotación de humildad y servitud. “Washi” en cambio, lo utilizan frecuentemente las personas mayores y puede tener connotaciones de sabiduría o experiencia.

Pero de la misma forma que el japonés estructura las relaciones sociales con esos yos diferenciados y otros matices de su lenguaje, desde una perspectiva de género se ha afirmado que la forma que la mayoría de las personas emplean el castellano responde a un esquema que consolida el hetero-patriarcado. ¿De qué forma?

En primer lugar trasladando al diccionario de la lengua la desigualdad entre hombres y mujeres a la hora de otorgar significados a las palabras. Mientras que zorro es una persona astuta y taimada, zorra es una prostituta. Ser “la polla” es algo a lo que todos deberíamos aspirar, mientras seguro que nadie quiere ser un “coñazo”. En este terreno los académicos se defienden al afirmar que el diccionario no tiene una ideología propia, sino que se limita a recoger usos y costumbres. Dicho de otra forma, si nadie llamase zorra a una prostituta, el diccionario no lo recogería. Aquí sin embargo podríamos entrar en una discusión eterna, de si fue antes el huevo o la gallina.

La otra forma de discriminación lingüística que más se denuncia, es el uso del plural del masculino para incluir también a las mujeres. Y es en esta discusión en la que acabamos dándonos de bruces con polémicas como las “portavozas” de Irene Montero o las “miembras” de Bibiana Aído.

Es entonces cuando corren ríos de tinta: los más rancios para ridiculizar y atacar a quien pronuncia esas palabras. Los equidistantes recurren ipso facto a gramática y diccionario. Y los más entregados a la causa llaman a la necesidad de un uso lingüístico mucho más inclusivo e igualitario.

Pues bien, en todo esto estaba pensando cuando de repente he recordado que Fernando Lázaro Carreter, (director de la Real Academia Española entre 1992 y 1998) decía lo siguiente en su “El nuevo dardo en la palabra”.

Otra consagración electoral: los pares ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, extremeños y extremeñas repicaron en esas semanas con monotonía de cigarra canicular.

Un ánimo reivindicativo mueve a muchos y, sobre todo, a muchas a arrebatar al masculino gramatical la posibilidad, común a tantas lenguas, de que, en los seres sexuados, funcione despreocupado del sexo, y designe conjunta o indiferentemente al varón y a la mujer, al macho y  la hembra. ¿Preguntarán a alguien si tiene hijo/s o/e hija/s? Pero ese requeriría discusiones -las he promovido ya- donde es imprudente entrar.

Y está bien, incluso muy bien, que se empiece un mitin con invocaciones tan terminantes como las señaladas: confieren dignidad, solemnidad con respecto al auditorio. No sólo mítines: existen otras ocasiones que lo requieren o lo aconsejan.

Pero una observancia continua y cartuja de tales copulaciones causa ralentización del discurso y tedio mecánico: el femenino se espera como un tac tras el tic del masculino, o al revés, y cansa.

Puede jurarse que Miguel Hernández no excluía a las vareadoras cuando invocaba a los aceituneros altivos de Jaén. ¿Con rigor de arenga o de entrevista debería haber escrito aceituneros altivos y aceituneras altivas,o al revés como exige el orden ortográfico? Es difícil concebir algo más concejil e iliterario.

Estoy convencido de que muchos de los que lean los argumentos de Lázaro Carreter se mostrarán en claro desacuerdo y no faltarán personas que piensen que declaraciones como estas sostienen el hetero-patriarcado.

Los equidistantes reflexionaran durante unos instantes y dudaran si someterse al autoritas del lingüista o considerar que en realidad sus planteamientos son de otra época.

Y por supuesto, habrá quien habiendo visto en Carreter la prueba irrefutable que sostiene sus propias convicciones, se lanzarán a darle un incorpóreo abrazo.

Stefan Zweig y los interrogatorios de la Gestapo en el Metropole

Stefan Zweig y los interrogatorios de la Gestapo en el Metropole

Cuenta Stefan Zweig en Novela de ajedrez que cuando la Gestapo sospechaba que una persona ocultaba lo que podría ser un negocio beneficioso para el Reich, o que podía conducirles a una gran fuente de dinero que el investigado hacía lo posible por ocultar, solían otorgarle una especie de “trato de favor”.

Para los empresarios, albaceas o notarios adinerados de la Austria ocupada no había ni campos de concentración, ni trabajos forzados. Más bien al contrario, una vez detenidos eran conducidos a hoteles tan lujosos como el Metropole (acabaría convirtiéndose en el cuartel general de la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial), donde les “hospedaban” en habitaciones individuales a las que no les faltaba de nada.

Los “huéspedes” podían descansar en una cama mullida y lavarse a diario. No faltaban sus tres comidas e incluso el preceptivo té. En esta situación soñada para cualquier prisionero, faltaba sin embargo todo lo demás.

Encerrados sin poder salir de la habitación (un guardia custodiaba cada puerta), perdían pronto la noción del tiempo. Al estar tapiadas las ventanas, nunca sabían qué hora era, ni si era de día o de noche. En las habitaciones se podía descansar, pero no se podía hacer otra cosa: leer, escribir, conversar o cualquier otro pasatiempo que podamos imaginar, desaparecían de repente de la ecuación cotidiana. El protagonista de esta pequeña gran novela nos lo cuenta así:

Tenía una puerta, una cama, un sillón, un aguamanil para lavarse y una ventana de rejas. Pero la puerta permanecía día y noche cerrada, la mesa no me servía de nada pues no me permitían tener ni libros, ni diarios, ni papel, ni lápiz y la ventana daba a una pared ciega. Habían construido una nada absoluta, no sólo en torno a mi alma, sino también en torno a mi cuerpo. Me habían despojado de todos los objetos: el reloj para que no pudiese medir el tiempo, el lápiz para que no pudiese escribir, el cuchillo para que no pudiera abrirme las venas; tampoco el tabaco, el más mínimo de los reconfortantes, me estaba permitido.

El mortal hastío que sufrían los invitados del Metropole sólo se aplacaba cuando sin aviso previo, eran conducidos a la sala de interrogatorio en la que una y otra vez, les sometían a las mismas o parecidas preguntas.

Este cautiverio normalmente solía prolongarse durante semanas o incluso meses. Así, aunque durante los primeros interrogatorios los prisioneros tenían la fuerza mental suficiente como para mantenerse fieles a su propia versión, a medida que pasaban los días la sensación de desorientación aumentaba y los sujetos empezaban a derrumbarse.

Siguiendo este procedimiento, tarde o temprano los interrogados acababan confesándolo todo. Muchos, que eran liberados tras esas confesiones “espontáneas” sin cargo algunos, explicaban a sus sorprendidos familiares, que hubiesen mil veces preferido pasar ese tiempo en un campo de trabajo, en el que al menos habrían tenido la oportunidad de respirar aire fresco, fumar tabaco y hablar del tiempo.

La fruta extraña de Billie Holliday

La fruta extraña de Billie Holliday

“Southern trees bear strange fruit. Blood on the leaves and blood at the root. Black bodies swinging in the southern breeze. Strange fruit hanging from the poplar trees”.

Hay canciones que son más que una canción. Hay canciones que son himnos, que encierran tanta fuerza que marcan a una generación. Pertenecen a esta categoría temas como “Imagine” de John Lennon, “Blowin’ in the Wind” de Bob Dylan o incluso “L’estaca” de Lluis LLach, colándosela al franquismo de aquella manera.

Todas ellas son herederas de “Strange fruit”. Compuesta en 1939 por Abel Meeropol pero entonada una y otra vez por la voz rota de la gran Billie Holliday,  la canción denuncia siglos de violencia contra el pueblo afroamericano. Habla de linchamientos, de muerte y complicidades. Del hermoso paisaje sureño y de la sangre que riega sus campos.

Y lo hace de forma cruda, sin metáforas: “De los árboles sureños cuelga una fruta extraña. Sangre en las hojas y sangre en la raíz. Cuerpos negros se columpian en la brisa sureña. Fruta extraña colgando de los álamos”.

El tema por supuesto, no tardó en cristalizar como uno de los primeros  lemas del movimiento por los derechos civiles. De hecho, la expresión Strange Fruit se estableció como un sinónimo de los linchamientos que hasta mediados del siglo XX se veían con frecuencia en muchos estados “confederados”. Sin juicio alguno. Colgados de un árbol.

Como cuenta Billie Holliday en su auto-biografía “Lady Sings the Blues” pese a que en 1939 era una estrella reconocida y no pocos blancos acudían a sus conciertos, experimentaba el racismo en sus propias carnes, casi a diario. Los locales en los que actuaba, le obligaban a utilizar la puerta de servicio y en algunos hoteles en los que se hospedaba, no tenía más remedio que utilizar el montacargas.

Su propio padre nos cuenta, murió en 1937 porque todos los hospitales a los que acudió tras una neumonía, se negaron a tratar a un afroamericano. No es casualidad por lo tanto que se enamorase de una canción como “Strange Fruit” que hasta su muerte en 1959, no abandonó las primeras posiciones de su repertorio.

Algunos dirán que parte de la leyenda de Holliday se debe a su carácter violento, a la cantidad de amantes que pasaron por su vida, o su adicción a casi todo tipo de drogas. No es un secreto. Ella mismo lo reconoce en sus memorias.

“Yo he tenido problemas con la dependencia, intermitentemente, durante quince años. He estado enganchada y me he desenganchado. Pero cuando estaba realmente colgada, nadie me fastidiaba. He gastado una pequeña fortuna en drogas. Me he desenganchado, pero sufrí recaídas, y me costó enormes esfuerzos desengancharme. Pero no estoy loca. Cuando empecé a trabajar en este libro, sabía que no podía decir toda la verdad a menos que estuviera curada en el momento de su aparición”.

Pero más allá de los aspavientos, del ruido que rodea a casi todos los que tienen una voz propia, Lady Day nunca dejará de ser la primera gran dama del jazz.  Después de ella ha habido otras…pero no ha habido otra.

Tsundoku

Tsundoku

Exportamos palabras. Vocablos que no tienen traducción posible en otros idiomas, que se ven obligados a incorporar esos términos manteniendo su forma original. Lo españoles tenemos “Siesta“. Los italianos han conseguido que la palabra “Pizza” o “Mafia” sea universal. Y los franceses han tenido cierto éxito con “Dépaysement” (la sensación de desorientación y perplejidad que uno puede sentir al estar en un ambiente totalmente extraño).

Los alemanes son expertos en componer este tipo de palabras, aunque sin embargo han fracasado miserablemente a la hora de exportarlas. Y es una lástima. Porque Backpfeifengesicht (cara que pide a gritos un golpe) o Fernweh (sentimiento de extrañar un lugar en el que nunca se ha estado) merecen el mayor de los aplausos.

¿Y qué me dicen del “Fado” portugués? Más allá de aludir a un tipo de música tradicional, explica literalmente el sentimiento de alegría por estar triste. Pero de todas ellas, no tengo más remedio que rendirme ante la japonesa “Tsundoku”, que literalmente significa “libros comprados que no se leen nunca”.

En un sentido más amplio “tsundoku” se refiere a la afición por perderse en librerías, puestos de segunda mano, mercadillos…para comprar libros de forma adictiva, sin saber cuándo se van a leer o si se van a leer en algún momento.

Es sentir la necesidad de estar rodeado de libros. Viajar con libros. Tener libros en la mesilla de noche y libros repetidos porque no nos acordamos que ya los habíamos comprado en otra ocasión.

Vivo desde hace años con un “tsundoku” moderado. Me esfuerzo en no comprar más libros de los que físicamente soy capaz de leer. Pero es superior a mis fuerzas. Una y otra vez caigo. Un paseo en principio “inocuo” se convierte en una incursión en “Méndez” y en un nuevo libro que llega a casa.

Un libro que saco con cuidado de la bolsa, lo hojeo, lo respiro y lo coloco en la estantería. Puede que un día lo lea. Puede que no.

Richard Ford y la aburrida, maravillosa normalidad

Richard Ford y la aburrida, maravillosa normalidad

Un hombre sale de casa. Se monta en su coche. Visita a su novia. Cena con su ex-mujer. Toma unas copas con un amigo. Al día siguiente vuelve a la agencia en la que trabaja vendiendo casas. Discute el precio del alquiler con un par de inquilinos. Y cuando después de ocho horas termina de trabajar, recoge a su hijo para irse de pesca.

Cuatro líneas. Apenas necesitamos más para resumir cualquiera de las novelas de Richard Ford. El escritor americano se viste una y otra vez de ese middle man que representa a la “verdadera América”. Un país entregado a sus moteles de carretera, suburbios residenciales y paisajes de postal.

Termino de leer “El día de la independencia”, un microcosmos que transcurre a lo largo de cuatro días del “periodo de existencia” de Frank Bascombe. Y no, no son las 24 horas de Leopold Bloom en el Dublín de Joyce, pero a cambio Ford propone un universo mucho más cotidiano, construido sobre las pequeñas, pequeñísimas cosas que para bien o para mal construyen la vida.

Lo hace sobre una novela que aguanta el pulso en prácticamente cada una de sus 600 páginas. En la que sorprende que podamos asistir con tanto interés cómo se negocia la venta de una casa o que realmente nos importe la visita a un lugar tan insulso como “el salón de la fama del baloncesto”.

No es fácil explicar cómo hacer la compra en el supermercado o esperar en la sala de urgencias de un hospital puede transformarse en una aventura. No por supuesto, en el sentido académico del término, pero sí en ese ir y venir de ideas, pensamientos abstractos y horas de tedio y aburrimiento que todos llevamos a diario lo mejor que podemos.

Como la antítesis de escritores como Ken Follet o Tom Clancy, ha conseguido ganar premios como el Pullitzer o el Princesa de Asturias por toda su obra. Porque no hace falta grandes gestas para ser un héroe, nadie debería perderse sus libros.