¿Es Jordi Évole el nuevo Michael Moore?

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¿Es Jordi Évole el Michael Moore español? Si hacemos caso a lo que nos dicen en el New York Times, ambos periodistas tienen mucho en común. No hace mucho que la cabecera estadounidense se hizo eco del programa en que el presentador de “Salvados” dio voz a las víctimas del accidente de metro de Valencia y en el que ayudó a destapar cómo la connivencia entre las administraciones públicas y el poder económico habían conseguido enterrar uno de los escándalos más importantes de la boyante España del año 2006.

En el artículo afirman que como Moore, Évole hace uso de su proximidad con el ciudadano medio para denunciar esos poderes fácticos, esos intereses creados ante los cuales muchos periodistas siguen prefiriendo “mirar hacia otro lado”. Si Michael Moore hace hincapié en el control de armas (Bowling for Columbine), o la denuncia del deficiente sistema de salud americano (Sicko), Évole denuncia el lobby de las empresas eléctricas, al pool de las cajas de ahorros o cuestiona los miles de asesores que los partidos escogen a dedo.

El New York Times profundiza en los paralelismos, apuntando que ambos tienden a vestir de la misma forma desenfadada (camisa de cuadros, vaqueros, deportivas), que se dirigen a sus entrevistados de forma similar y en última instancia, que ninguno de los dos se libran de una crítica que apunta a cierta manipulación y simplificación de las situaciones con el objetivo de conectar con una audiencia, que al final lo que quiere es poner cara a los responsables.

De todo lo que se apunta en el artículo me interesa especialmente esta última parte crítica. El uso de la palabra manipulación cuando se habla del trabajo de estos dos periodistas. Si bien la palabra manipulación me parece exagerada, sí que puedo conceder la palabra simplificación en algunos casos.

Cuando ves un documental como Farenheit 9/11, en el que supuestamente el cineasta explica qué hay detrás del ataque a Afganistán tras la caída de las torres gemelas, descubres que junto a la más rigurosa información, se mezclan secuencias cuyo único objetivo es crear descaradamente un estado de opinión; no desde la reflexión y la presentación de los hechos, sino en muchos casos desde la ridiculización.

Como ejemplo, la escena en la que se comunica al presidente Bush, la mañana del 11 de septiembre, que el país estaba siendo atacado. En ese momento George W. Bush se encontraba en una escuela infantil, leyendo un cuento. Cuando el asesor se le acerca y le susurra al oído lo que está pasando, el Preidente parece no inmutarse y pasan más de 2 minutos hasta que finalmente se excusa con la audiencia y sale de plano. En el documental se hace hincapié en este detalle, realzando la “inutilidad” de un presidente que mientras su país estaba siendo atacado, su primera decisión fue la de seguir leyendo un cuento.

Es decir, se da protagonismo a un detalle accesorio, utilizando una pincelada para justificar el cuadro completo. Y es una pena, porque Moore tiene muy buenos argumentos de denuncia con los que apoyar sus documentales, pero estos guiños populistas son los que dan alas a sus rivales para desacreditarlo.

En el caso de Jordi Évole, la simplificación de los hechos no es tan palmaria, pero es indudable que existe. En algunas ocasiones, el retrato individual se utiliza como palanca para denunciar un conjunto de actuaciones.

Cuando por ejemplo entrevista a las responsables de empleo del PP y el PSOE consigue evidenciar de una forma brillante la desconexión total que en muchos casos existe entre la clase política y los ciudadanos. Y ahí, poco le podemos reprochar, mas bien todo lo contrario.

Pero a la vez, una segunda lectura nos lleva a pensar que el periodista sabía de ante mano lo que iba a pasar, sabía quiénes eran las personas que podían dar más juego para propiciar esa situación y sabía cómo presentarla para escandalizar a la audiencia.

Desde el punto de vista del periodismo, no parece criticable. Tiene la virtud de revelar una verdad que en situaciones normales, permanece oculta. Pero como espectadores, resulta interesante preguntarse cómo y por qué se muestran las historias, qué es lo que se está contando y qué es lo que se está dejando fuera.

Porque a veces la simplificación tiene la virtud de ser ejemplarizante, pero a veces, si es excesiva, puede parecer manipulación.  Dicho lo cual ¿Creo que Jordi Évole es ese hábil manipulador que en muchas ocasiones se transforma Michael Moore?  Desde mi punto de cita creo que no, pero es importante aprender a no bajar la guardia. 

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¿Pueden los micro pagos salvar al periodismo on-line?

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Cuando hablamos de periodismo on-line la cuestión no es ya pagar o no pagar (parece que finalmente todos acabaremos pagando), sino cuánto y de qué forma pagar. A día de hoy, los grandes medios de comunicación se alinean en dos posturas que parecen antagónicas: establecer barreras de pago (como el New York Times) o financiar el medio exclusivamente con publicidad (como hacen la mayoría de los medios españoles y que ya os adelanto, en unos meses van a dejar de hacer).

La otra alternativa y que todavía ningún gran medio ha querido experimentar, es apostar por los micro pagos. Es decir, pagar únicamente por lo que lees. Sobre el papel la idea parece tener sentido. Si entro en el medio de comunicación X y sólo me interesa este reportaje o esta noticia ¿Por qué voy a tener que suscribirme a todo su contenido?

Sin embargo en la práctica el modelo no acaba de cuajar. En Paidcontent.com ponen como ejemplo el caso de Znak It, una plataforma que permite a los medios de comunicación y a los creadores de contenidos, el poder cobrar “por pieza”, actuando como un sistema de micropagos. Su CEO, Greg Golebiewski lleva años “predicando en el desierto” porque de momento sólo ha conseguido convencer de la eficacia de este sistema a algunos periódicos de Europa del este. ¿Qué es lo que ocurre?

El argumento clásico que suelen poner sobre la mesa los grandes medios de comunicación, es que “nadie va a querer pagar por un artículo” o por un reportaje. En parte porque piensan que el valor que tiene en sí misma una única pieza de información, no es percibida como tal por el lector y por otro lado, porque todo el proceso de pagar por leer una única noticia puede ser demasiado engorroso en materia de usabilidad.

Esta teoría estaría bien (y no estaríamos escribiendo este artículo entonces) si fuese completamente cierta. Znak it publicó un informe el año pasado, que se basa en los resultados obtenidos por cinco estudios diferentes en los que se analizaba el uso de distintos soportes (música, vídeo, texto).

De los 43.000 usuarios que participaron en los distintos experimentos, 1.281 decidieron que merecía la pena pagar por los contenidos. Y de estos, un 5% se decantaron por los micro pagos mientras que únicamente el 1% apostaron por el modelo de suscripción o de paywall.

Es decir, hay margen más que suficiente para experimentar con esta fórmula. El problema, tal y como reconoció el propio Greg Golebiewski más tarde, es que estamos ante el clásico dilema del huevo y la gallina: hay tan pocas empresas (y son pequeñas) que estén utilizando este modelo, que al final es muy difícil demostrar si realmente funciona. A causa de lo cual, ninguna quiere hacer el primer intento serio.

Personalmente no creo que un modelo sea mejor que el otro (los paywalls son ideales para el lector fiel, mientras que los micro pagos pueden funcionar bien para el lector ocasional), pero me pregunto por qué los grandes medios de comunicación, que siguen siendo incapaces de monetizar su información, no se atreven a experimentar y a dar pasos en alguna dirección.

La impostura

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Esta semana nos hemos enterado que la Dama Gris vende el Boston Globe. El New York Times se deshace de uno de los periódicos más importantes de Estados Unidos y anuncia que en los próximos meses/años venderá muchas de las cabeceras que forman parte del grupo liderado por la cabecera de Nueva York.

La noticia me viene al pelo para contar la historia de Jayson Blair, ambicioso periodista nacido en las entrañas del Globe y que con su mal hacer, estuvo a punto de hundir la credibilidad del NewYork Times en 2003.

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Cómo el NewYork Times ha hecho rentable el pago por sus contenidos on-line

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Una de las “noticias periodísticas de la semana” es que el New York Times ha decidido suspender su paywall, mientras la costa Este de Estados Unidos siga estando bajo la influencia de Nemo, una de las peores tormentas invernales de las últimas décadas. Utilizaremos pues este endeble gancho para hacer una reflexión sobre cómo le está yendo al Times con su sistema de pago y si algo parecido puede tener éxito en España.

El paywall del Times, introducido en 2011, permite que los lectores puedan leer de forma gratuita un máximo de diez artículos al mes, después de lo cual si quieren acceder al resto de artículos de la web del diario de Nueva York, tienen que contratar uno de sus planes de pago. Se trata en realidad de una estrategia similar a la que puso en marcha “El País” en el año 2002 y que se vio obligado a abandonar un año después tras un descenso espectacular en el número de visitas.

Pero a diferencia de “El País” en su momento, el sistema del New York times está empezando a dar buenos resultados. En primer lugar, porque el muro electrónico del diario americano no es precisamente inexpugnable y en segundo término porque diez años después de la aventura de Prisa, comienza a instalarse una cultura (por lo menos en Estados Unidos) de pagar por los contenidos.

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