La impostura

jayson_blair

Esta semana nos hemos enterado que la Dama Gris vende el Boston Globe. El New York Times se deshace de uno de los periódicos más importantes de Estados Unidos y anuncia que en los próximos meses/años venderá muchas de las cabeceras que forman parte del grupo liderado por la cabecera de Nueva York.

La noticia me viene al pelo para contar la historia de Jayson Blair, ambicioso periodista nacido en las entrañas del Globe y que con su mal hacer, estuvo a punto de hundir la credibilidad del NewYork Times en 2003.

La historia de Jayson Blair tiene todos los ingredientes para convertirse en uno de los best sellers que John Grisham vende en los aeropuertos por diez euros: ambición sin límites, celos, cocaína y muchas, muchas mentiras.

¿Cuántas mentiras? Todas las que tuvo la oportunidad de escribir entre el año 2000 y mayo de 2003, pero muy especialmente entre octubre de 2002 y mayo de ese 2003, una ventana de tiempo en el que todas las historias inventadas, las entrevistas que no se produjeron y los reportajes que se copiaron y pegaron, acabaron directamente en la portada del Times.

Cuando en mayo de 2003 finalmente se descubrió la impostura, el escándalo fue mayúsculo. Tanto que el rotativo publicó un especial de cuatro páginas (portada dedicada más tres páginas interiores) en las que se explicaba a los atónitos lectores, todo lo sucedido. Unos días antes de esa portada, Howell Raines, el entonces director del considerado como mejor periódico del mundo, reunía en un cine de Manhattan a seiscientos periodistas de su plantilla para ofrecer explicaciones y entonar el mea culpa.

Las mentiras

Aunque las mentiras escritas durante Blair durante todo ese tiempo son muchas, podemos agruparlas en dos grandes grupos: las relacionadas con la guerra de Irak y las relacionadas con un tiroteo ocurrido en octubre de 2002 en Washington. Pero la mejor forma de entender de qué mentiras estamos hablando, es poneros algunos ejemplos.

Así en US Sniper Case Seen as a Barrier to a Confession el periodista del Times aseguró que John Muhammad, principal sospechoso de la matanza de Washington, estaba a punto de confesar su culpabilidad, pero una discusión entre policías arruinó todo el interrogatorio. Todas las partes implicadas negaron que esta información fuese cierta.

En marzo de 2003, en su artículo Relatives of Missing Soldiers Dread Hearing Worse News (una entrevista en la que supuestamente hablaba con los familiares de un soldado estadounidense que había muerto en Irak) Blair aseguraba que se encontraba en Virginia (cuando en realidad estaba en Nueva York). Copió y pegó  declaraciones de un viejo artículo de Associated Press y aseguró haber estado en una casa desde la que podían verse campos de tabaco y pastizales cuando todo lo que hubiese podido ver era un porche con algunos trozos de madera.

En “For One Pastor, the War Hits Home” Blair describe con todo lujo de detalles una misa celebrada en una parroquia de Cleveland  y la entrevista posterior que mantuvo con el sacerdote, en la que se tocaban los aspectos más sensibles y sociales del conflicto de Irak. En realidad Blair nunca llegó a visitar Cleveland, habló únicamente durante unos minutos con el sacerdote por teléfono y la mayor parte de artículo lo copió del Washington Post, The Cleveland Plain Dealer y The Daily News.

Finalmente el 19 de abril de 2003 la escalada de mentiras alcanzó su momento álgido en “In Military Wards, Questions and Fears From the Wounded”. Se trata de un amplio reportaje donde el “periodista” mantiene una conversación con cuatro soldados heridos y que reciben tratamiento en un hospital de la Marina. Como os podéis imaginar, Blair nunca acudió a ese hospital y prácticamente todo lo que cuenta es falso.

Cocaína

Tal y como nos cuenta Enric González en el estupendo reportaje que escribió sobre el caso, la impostura de Blair revela hasta qué punto estructuras tan sólidas como las del Times, pueden ser a la vez tan frágiles. Cómo en la eterna disputa entre calidad y cantidad, entre informar y vender, no siempre ganan los buenos.

El caso de Blayr es aún más sangrante, porque todos en la redacción sabían que tenía problemas. Sabían que consumía cocaína con alarmante regularidad, que era una persona inestable y que resultaba extraño que nunca presentase una factura de hotel o de restaurante de esos sitios en los que supuestamente había estado.

Pero sin embargo el chico gustaba. El chico gustaba y vendía.

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