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La máquina de odiar

Busca en los bolsillos. ¿No está ahí? A lo mejor la dejaste sobre el escritorio. ¿No? ¿En un cajón? Cómo no la vas a encontrar si siempre te he visto con ella en la mano.

Mira bien. Unos diez centímetros de largo, cinco de ancho, menos de medio centímetro de grosor… ¿La ves? Busca bien…¿Dices que la has perdido? No me lo puedo creer, ¡Si nunca sales de casa sin tu máquina de odiar!

Ya sé, ya sé lo que me vas a decir ahora. Tú no odias a nadie. ¿Por qué ibas a hacerlo? Vives una vida tranquila, tienes tu trabajo, tu casa… Tu pareja te adora, a tus padres no les ves tanto como para que las visitas sean obligadas e incómodas y ahora que tu vida se desliza hacia los 40, te cuidas más que nunca. ¿Odiar? No, no está en tu diccionario. Seguramente me confundo de persona.

Chascarrillos. Eso es lo tuyo. Bromas maliciosas dices. Como cuando llamaste “guarro asqueroso podemita” a ese diputado que entró con rastas en el congreso; o cuando escribiste “que se joda” al enterarte que un torero había muerto en la plaza o, y esto es muy divertido, cuando gritaste que unos titiriteros que habían hecho un tal vez desafortunada representación infantil, se merecían un tiro en la nuca. Trending topic macho. El puto amo. Eso no está al alcance de cualquiera.

Ah que no fuiste tú. Que lo decían todos. Bueno, en realidad sí que fuiste tú ¿verdad? Se te mal interpretó. No te preocupes, es perfectamente comprensible. 156 caracteres dan para muy poco. ¿Cómo ibas a pensar que nadie iba a captar la sutileza de tu ironía? ¿Cómo es que no han sido capaces de captar la potencia de tu humor negro descarnado?

Te diré lo que eres. Sí, no me interrumpas, déjame que te lo explique. Eres una víctima. Sí señor, una víctima con todas la letras. No te rías, lo digo en serio.

Han atacado tu derecho a la libertad de expresión. Te han convertido en un chivo expiatorio, en un pelele de lo políticamente correcto. Tú solo has hecho lo que hace casi todo el mundo en las redes sociales. Odiar. No, no hace falta que me lo repitas. Te entendí la primera vez. Tú no odias a nadie. ¡Si ni siquiera les conoces! Sólo dices esas cosas que “te salen de dentro”. ¿La niña desaparecida? Estoy totalmente contigo. Algo habrá hecho. Claro, claro que puedes opinar, ¡Faltaría más!

Pero no te preocupes. Tengo una buena noticia para ti. No va a pasarte nada. No hagas caso a las noticias que salen en la tele. Unos días de linchamiento mediático. Eso es todo. Lo único que tienes que hacer es quedarte calladito y no hacer nada. Si puedes déjate unos días la máquina en casa. ¿No? Inténtalo, hazlo por mí. Deja de odiar. Ya lo sé que cuesta, pero te prometo que merece la pena.

¿No te sientes mejor? ¿Más ligero? Mira a tu alrededor. Acabas de recuperar la visión periférica y la perspectiva. ¿Impresiona verdad? ¿A qué no te acordabas de cómo era el mundo sin anteojeras? Respira. Respira despacio.

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Twitter en el ojo del huracán

Jack Dorsey vuelve a Twitter. Casi se lo han rogado. La misma Junta que no dudó en echarle para poner en su lugar a Evan Williams. La misma Junta  que tampoco tuvo ningún reparo en echar a Williams para aupar al puesto de CEO a Dick Costolo. La misma que tras echar hace unas semanas a Costolo le pide a Dorsey que vuelva. Es curioso como se cierra el círculo.

A Dorsey esta petición no le podía llegar en mejor momento. Como cuenta Nick Bilton  en “La verdadera historia de Twitter”, Dorsey no siempre ha admirado a Steve Jobs, sino que lo ha imitado en todo: su ropa, su forma de vestir, su particular forma de hablar, de frotarse las manos, la cadencia de la voz…

El hecho de que como a Jobs, la Junta que le despidió le haya llamado para rescatar a una compañía que se enfrenta a serios problemas, le debe haber parecido profético, casi mesiánico.  La cuestión es saber si va a  estar a la altura del desafío que se le presenta. Que no es precisamente pequeño. Porque no olvidemos que Jobs, cuando en 1996 volvió a Apple lo hizo con el primer iMac diseñado por Jhonny Ive bajo el brazo, por no hablar del iPod, del iPhone o del iPad.

Pero la vuelta de Dorsey no parece tan profética. En primer lugar, porque no es un genio de la talla de Jobs, ni mucho menos. Hay que reconocerle el mérito de haber construido una compañía como Square, capaz de dar la batalla en el campo de los pagos móviles. Pero en el caso de Twitter, difícilmente habría nacido como startup sin el apoyo decisivo de Evan Williams, Noah Glass y Biz Stone. Y es que para muchos, Twitter es Twitter “a pesar de Jack”.

Dicho lo cual, los desafíos a los que se enfrenta la red social no son menores: descenso en el número de usuarios, bajo engagement y tremenda dificultad a la hora de monetizar su modelo de negocio.

Una red social que ha dejado de escalar

Twitter cuenta actualmente con aproximadamente 302 millones de usuarios activos. Lo cual no estaría nada mal si no tuviéramos en cuenta que Facebook ha superado los 1.400 millones de usuarios activos cada mes y que en poco más de un año, esta red social ha pasado de ocupar un cómodo segundo lugar en el mundo del social media (en cuanto a usuarios activos), a verse superada por LinkedIn e Instagram (no tomaremos en cuenta para este propósito los números de Google+ ni los de las plataformas de mensajería instantánea).

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El problema en este terreno no es sin embargo tanto el número de usuarios activos, sino que parece que el crecimiento se ha ralentizado. En el último trimestre la base de usuarios activa sólo creció en tres millones de nuevos usuarios (en su mayor parte provenientes de países emergentes).

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El gráfico superior muestra claramente la diferencia en crecimiento de las dos redes sociales. Los números actuales de Twitter no sólo están a años luz de los números de Facebook, sino que ni siquiera se acercan a los números que Facebook presentaba en 2010. La estrategia de Twitter para acelerar el crecimiento ha pasado hasta ahora por hacer que la red social de microblogging se parezca un poco más a Facebook y su última herramienta “Moments”, camina en esa dirección, como respuesta a los Instant Articles que Facebook presentó hace unos meses.  El único problema es que en general, los usuarios tienden a preferir el original a la copia. Si Twitter quiere crecer, va a tener que recuperar su propia voz, volver a ser un líder, en vez de un follower.

Con Twitter Ads no basta

Junto a un crecimiento que como hemos visto, debe mejorar, los responsables de Twitter siguen luchando por conseguir que su red social sea rentable. Poco a poco lo están consiguiendo, pero como en el caso anterior, la velocidad a la que lo están haciendo es preocupante.

Su principal instrumento para monetizar su red es Twitter Ads. Gracias a sus tweets promocionados, la compañía consiguió unos ingresos de 504 millones de dólares en 2014, frente a los 312 millones de dólares del año anterior. Lo cual es una buena noticia para Dorsey y compañía, ya que los analistas esperaban unos ingresos máximos de 481,3 millones de dólares para ese periodo.

Pero a pesar de que los ingresos crecen, la compañía sigue sin ser rentable. Al cierre del pasado ejercicio, la red social declaró unas pérdidas netas de 136 millones de dólares, frente a los 144 millones de pérdidas que se declararon un año anterior. Buena parte de estos resultados son achacables tanto a la inversión en nuevos centros de datos que permitan dar continuidad al servicio, como los costes fijos operativos de la empresa.

Si se mantuviese esta tendencia de forma lineal, con un crecimiento lento pero sostenido en número de usuarios y unas pérdidas que van cayendo lentamente, a la vez que se estabilizan las inversiones IT de la compañía y aumentan los ingresos por publicidad, la proyección es que la empresa podría empezar a ser rentable en 3-4 años. Un mundo para los inversores, acostumbrados a escenarios que se mueven a toda velocidad, que pasan del blanco al negro en menos de un año.

Toda esta incertidumbre se está reflejando por supuesto en las acciones de la compañía. Los títulos de la empresa, que han llegado a cotizar por encima de los 50 dólares, cayeron esta semana por debajo de los 29 dólares, para estabilizarse en los últimos días en torno a los 30 dólares. Todo en un momento en el que, como asegura Re/Code tras la vuelta de Dorsey al mando, estaría a punto de anunciar una importante reducción de plantilla.

La empresa emplea actualmente a 4.100 trabajadores en sus 35 oficinas de todo el mundo. La cuestión para Dorsey no es si son muchos o no lo son, sino que fuente internas consideran que se ha crecido en RRHH de forma desordenada, si se tiene en cuenta que sólo un año antes, la empresa apenas pasaba de los 2.000 empleados.

Así que dos son las cosas. O tenemos que prepararnos para una Twitter más pequeña, centrada en nichos donde puede crecer, o bien la estrategia pasa por dar un paso atrás, re-estructurar la compañía por completo y prepararse para un nuevo gran paso adelante. Ninguno de los dos planteamientos es sencillo y el tiempo se agota.

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Instagram no es bienvenido en los Juegos Olímpicos de Invierno

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Resulta ya incuestionable que las redes sociales se han convertido en una de las herramientas de trabajo más útiles para los periodistas y los profesionales de la comunicación, que aprovechan su perfil en servicios como Twitter, Facebook o Instagram para ofrecer a sus seguidores el lado más personal y directo de la información.

El problema es que en determinadas ocasiones, esta “nueva” forma de conectar con las audiencias puede entrar en conflicto con determinados intereses empresariales, sobre todo cuando hablamos de eventos en los que se mueve mucho dinero que fluye a través de canales mucho más tradicionales, como puede ser un evento deportivo de repercursión internacional.

Sólo así se explica el hecho de que con motivo de la celebración de los próximos Juegos Olímpicos de Invierno en la ciudad rusa de Sochi, los organizadores hayan decidido trazar una gruesa línea de separación entre los fotógrafos acreditados para el evento (de pago) y el resto de periodistas, bloggers y demás espectadores a los que explícitamente se les prohíbe difundir imágenes del evento a través de redes sociales como Instagram.

De hecho según la agencia de noticias rusa Svodova, los periodistas que “utilicen sus teléfonos, tablets, o cámaras para capturar momentos de los JJOO se les retirará la acreditación y no podrán seguir cubriendo el evento” ya que únicamente los periodistas que tengan una “acreditación apropiada” podrán hacerlo.

Tras la publicación de esta noticia a finales de la semana pasada, la reacción en las distintas redes sociales no se ha hecho esperar, y el término “censura” ha sido uno de los más repetidos, evidenciando cómo el COI estaba más que dispuesto a plegarse ante los intereses de los grandes medios de comunicación (principalmente televisiones americanas), antes que de proteger la libertad de información y prensa.

Lo curioso del caso es que ha sido precisamente esa polémica en las redes sociales lo que en última instancia ha llevado a las autoridades rusas a rectificar. El pasado lunes el miembro del COI Mark Adams, escribió un e-mail al USA Today asegurando que los periodistas “podrían tomar todas las fotos que quisieran”, y difundirlas en cualquier red social. Y aquí el matiz interesante es el término “fotos”. Porque lo que no podrán hacer es transmitir vídeo, aunque sean los seis segundos que se pueden compartir desde apps como Vine o los diez segundos que como máximo permite grabar Instagram.

El caso demuestra una vez más como la no tan nuevas redes sociales y las apps, desafían estructuras que se han mantenido intactas durante los últimos cincuenta años, provocando en la mayoría de las ocasiones respuestas que no están a la altura de lo que les está exigiendo la sociedad. Porque en un mundo hiperconectado, ¿De verdad se va a poder identificar y censurar un vídeo de Instagram?

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La dictadura del trending topic

Twitter no es únicamente un hervidero de opiniones, de enlaces a medios de comunicación y otras webs, de pequeños relatos de nuestra vida personal. Twitter es, desde hace tiempo y cada vez más, una pequeña “dictadura” (añádanse las comillas que se estimen oportunas en cada caso) del trending topic.

Ya sean globales, nacionales o locales, los trending topics tienen una función doble. Por un lado sirven para descubrir cuáles son los temas más candentes del momento, permitiendo al twittero participar en la discusión, bien como mero espectador, bien aportando su granito de arena (en forma de tweet o retweet). Pero por el otro, el mero hecho de mostrar públicamente cuáles son los temas del momento, de explicitarlos de manera visible, condicionan y mediatizan necesariamente dicha conversación.

Pongamos un ejemplo para ilustrar esta situación. A la hora de escribir este artículo, uno de los trending topics que descubro cuando entro en mi cuenta en esta red social es “Nacho Vidal”. En principio a la hora de entrar en Twitter, no tenía ninguna intención de escribir ningún tweet sobre el conocido actor porno, pero como me llama la atención pincho en el enlace.

Descubro que se habla de su implicación en una red de fraude masivo a Hacienda en connivencia con empresarios chinos. Tras leer algunos tweets (algunos realmente graciosos), decido participar. De esta forma contribuyo a que la noticia siga siendo trending topic, sea vista por otros usuarios, etc. Hasta aquí nada nuevo. Pero ¿Se puede “fabricar” un trending topic? ¿Se puede dirigir la conversación hacia un terreno que nos interesa? Es algo que no está del todo claro y tener una respuesta definitiva haría las delicias de todos los departamentos de marketing de empresas, partidos políticos y demás “entes” afines.

Lo que no han faltado desde luego son los intentos, más o menos afortunados. Si se invierte mucho dinero (estoy pensando en la campaña electoral de Obama para las elecciones de 2008) desde luego se puede mediatizar la conversación. En ese caso el fenómeno se consiguió gracias a miles de “voluntarios” que apostaron por las redes sociales en un momento en el que todavía no habían alcanzado la mayoría de edad y que eran vistas con cierta “inocencia” desde el exterior.

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De la burbuja 1.0 a la burbuja social

Burbujas. Es de lo que se habla y se escribe hoy en día. De la burbuja inmobiliaria, de la burbuja del crédito fácil, de la burbuja financiera y especulativa.

Se habla menos de la burbuja 2.0, de la sobredimensión de empresas y start-ups tecnológicas, que parecen no haber aprendido demasiadas cosas de la catástrofe que vivió el sector entre 1997 y 2001. Se la llamó la burbuja de la puntocom, un grupo de gigantes empresariales que como suele decirse hoy en día, “había vivido por encima de sus posibilidades”.

En aquel entonces, la sobrevaloración del valor real de empresas que nacían bajo el paraguas de un Internet que daba sus primeros pasos, el hambre desaforado de los fondos de capital riesgo y la confianza excesiva del sistema financiero llevaron al traste a empresas míticas como Geocities (comprada y finalmente cerrada por Yahoo!), Boo.com (que invirtió 188 millones de euros en seis meses para crear una tienda de moda on-line global) o  Pets.com (dedicada a las mascotas).

La burbuja estuvo apunto de acabar también con compañías milagro como Amazon (cuyas acciones pasaron de 100 a 7 dólares en pocos meses), eBay (se salvó de la quiebra casi de milagro) o la incipiente Lastminute, que debutó en la Bolsa de Londres meses antes de que el mundo financiero se diese cuenta de que había llegado el momento de desinvertir.

No sólo afectó a las empresas de Internet sino a las que hacían de la Red su negocio. Un caso claro es el de Cisco, que llegó a perder un 86% de su valor en el Nasdaq, por no hablar de fraudes como el de Worldcom, un proveedor de servicios on-line que fue denunciado por falsificación contable y fiscal.

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