Una cuestión de respeto

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Vuelvo de Londres con un debate bajo el brazo. Tras asistir a la presentación del enésimo smartphone, charlaba con mis colegas de profesión sobre el papel y la responsabilidad que tenemos los periodistas en este tipo de eventos.

En un primer momento la conversación discurrió por lugares comunes: información vs marketing, la publicidad con la que se financian nuestros medios que peligrosamente se mezcla con la información que ofrecemos en los mismos, etc.

Una de las periodistas presentes en la conversación, estiró aún más la cuerda, dejándome completamente perplejo. Afirmó que “por respeto” procuraba llevar a una rueda de prensa o a un viaje de prensa un smartphone de la misma marca que el fabricante que nos invitaba. Es decir que esta persona cambiaba de terminal en función si el evento había sido organizado por Samsung, Sony o HTC. Y por supuesto le era perfectamente posible, toda vez que en las redacciones de los medios tecnológicos, si hay algo que no escasea son los teléfonos.

Aseguraba esta persona que dado que un fabricante determinado se tomaba la molestia de invitar al periodista a un viaje de prensa, con todos los gastos pagados, lo mínimo que podía hacer dicho periodista era mostrar cierta afinidad con la marca exhibiendo públicamente que usaba sus productos.

Mi reacción inicial fue la de echarla a los leones. De un modo casi visceral planteé que dado que la mayoría de los periodistas ya nos cuidábamos muy mucho sobre qué publicar y qué no, pues la publicidad es la que manda, al menos podíamos mantener la dignidad de poder escoger con qué smartphone queríamos trabajar, coincidiese o no con la marca que nos invitaba en cada ocasión. A continuación me rasgué las vestiduras y afirmé que las personas que hacían eso no podían caer más bajo y durante un par de minutos continué mi diatriba en una línea cercana a la provocación.

Cuando terminé mi exposición tanto esa periodista como otro que escuchaba lo que decíamos, señalaron que comprendían mis argumentos, pero que si esa era mi posición lo que tendría que haber hecho en primer lugar era no permitir que la marca me pagase el viaje, pagarlo en cambio de mi bolsillo y sólo así podría hablar con total libertad, no debiéndole nada a nadie.

Continuaron asegurando que un viaje de prensa no era en realidad más que una labor de relaciones públicas en donde la información pasa a un segundo plano, ya que no actuamos como periodistas, sino como representantes de un medio. Me pareció la postura del descreído, del que ha dado por perdida la validez de una profesión, del que contesta “periodista” cuando le preguntan sobre lo que hace, cuando en realidad tendría que responder “publicidad y relaciones públicas”.

Y aunque analizando lo que decían me pareció que no les faltaba su parte de razón, no pude evitar experimentar un sentimiento de decepción y tristeza. Nosotros que íbamos a comernos el mundo, nos peleamos por la migajas que se caen del mantel de las grandes empresas.

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Una nueva jornada laboral: cuando menos es más

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La enfermedad del trabajador moderno. Pasamos cada vez más horas sentados frente al ordenador y a la vez, somos cada vez menos productivos. Se nos dice que tenemos que trabajar más y producir más para ser competitivos cuando en realidad, la visión de muchos (entre ellos la mía), ser más productivos implica necesariamente lo opuesto. No trabajar más, sino hacerlo mejor. No trabajar más, sino probablemente menos.
Lo cuento en “Por qué deberías de trabajar menos horas y no más”, un artículo en el que planteo lo innecesario de seguir anclado a un esquema laboral directamente heredado de la revolución industrial. Un esquema que se justificaba casi exclusivamente por mantener los hornos de las fábricas constantemente encendidos. 
Pero en un mundo que ha pasado de la economía industrial a la economía del conocimiento; de una sociedad de herramientas a otra de nuevas tecnologías, o dicho de otra forma, del martillo al smartphone, ¿Sigue siendo razonable arrastrar un sistema de relaciones laborales que en breve cumplirá 200 años? ¿De verdad no podemos organizarnos mejor? ¿Acaso estamos condenados a seguir siendo esclavos de nosotros mismos durante 200 años más?
El planteamiento que hago en el artículo no tiene en realidad demasiado de original. Magnates como Carlos Slim, medios de comunicación como Forbes, think tanks como la New Economic Foundation, o gurús  de la productividad como el famoso Tim Ferris llevan tiempo hablando de la necesidad de establecer jornadas laborales mucho más cortas, en las que la energía se centre en lo importante.

Incluso desde el punto de vista económico, ¿Quién dice que lo ideal es que los días de descanso semanales sean dos?
Si fuesen tres (y algunos autores se aventuran a decir que lo ideal serían cuatro), parece lógico pensar que buena parte del tiempo que no pasamos trabajando lo podemos pasar consumiendo, o emprendiendo nuevas actividades que reviertan en beneficio de la sociedad y/o produzcan un bien económico.
Incluso siguiendo este planteamiento, parece acertado afirmar que esta nueva forma de organizar el trabajo podría suponer una reducción más que significativa de la tasa de paro, lo que directamente implicaría entrada de nuevo capital circulante en la economía.

¿Quién saldría perdiendo? Seguramente que muchos autores veo liberales afirmarán que se dispararán los costes para las empresas, que se verían obligadas a contratar más personal, disparándose sus costes laborales. Yo sin embargo creo que si la reforma de la jornada de trabajo va asociada a una reforma fiscal centrada en la persona, sin duda se podrían estudiar fórmulas que no perjudicasen a las empresas.

Creo sinceramente que en este aspecto, como en mucho otros, el viejo mantra que afirma que “menos es más” tiene todo el sentido del mundo.

Vivir la experiencia Small&Smart

Después de muchos meses de trabajo duro, de esfuerzo e ilusión, la semana pasada entregamos los premios Small&Smart. El objetivo de los premios no era otro que el de reconocer la innovación tecnológica y el uso de nuevas tecnologías en las pequeñas empresas. Creo que lo conseguimos. Con el apoyo de partners como HP, Micrososft, Sage, IBM y muchos otros, conseguimos que las tres empresas ganadoras de los premios pudiesen repartirse hasta 75.000 euros en productos y servicios tecnológicos.

Small&Smart ha supuesto un gran desafío desde el principio. Cuando empezamos a pensar sobre lo que queríamos hacer, el pasado mes de marzo, eramos conscientes que nos enfrentábamos a una gran dificulad: un “mercado” plagado de iniciativas, concursos y premios destinados a las pequeñas empresas. ¿Cómo podíamos diferenciarnos? ¿Cómo podíamos hacer algo diferente que pudiese ser atractivo tanto para las empresas que se presentasen, como para los patrocinadores que quisieran apoyar la iniciativa?

Sí que teníamos muy claro lo que no queríamos hacer: dar dinero. Hay tantas iniciativas y de tanta calidad que prometen financiación, acceso a business angels, etc. que si hubiésemos seguido ese camino, habríamos sido uno más y probablemente, no de los mejores. ¿Qué necesitan las pymes para mantenerse competitivas? pensamos. Y la solución llegó casi por sí sola: tecnología.

Este fue el ángulo que utilizamos para convencer a nuestros patrocinadores y socios en esta aventura. Queríamos dar a los ganadores un conjunto de soluciones y productos tecnológicos que les permitieran mantenerse en la cresta de la ola. Por nuestra parte y como grupo editorial, también llegamos a la conclusión que la promoción, el marketing y la publicidad forman parte de esos “lujos” que la mayoría de las pymes no pueden permitirse. Decidimos en ese momento que ofreceríamos a los ganadores, un año de promoción gratuita en nuestros medios.

Con todos estos mimbres en la mano nacían a mediados del mes de abril, los primeros Premios Small&Smart. Desde entonces, casi no hemos tenido tiempo para respirar: animando a las empresas a paticipar, diseñando una web apropiada a las necesidades de los premios, creando todo el material de marketing necesario, buscando el espacio ideal para meses después, realizar la entrega de premios… etc.

¿El resultado? Podéis consultarlo en el artículo especial que hemos publicado esta semana sobre los premios. Y sí, ha sido un trabajo duro pero sí, ha merecido mucho la pena.

Periodistas necesarios

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El mayor riesgo que vive el periodismo hoy en día, es el de convertirse es completamente innecesario. El riesgo es mucho más real de lo que parece. Basta dar una vuelta por las cadenas de televisión o escudriñar la primera página de la mayoría de los diarios de tirada nacional para darse cuenta que en muchos casos, la profesión ha tirado la toalla.

Ahí están las Susana Griso, las Mariló Montero, los Julio Somoano y los Paco Marhuenda. Ahí están los García Ferreras, Enric Sopena, las María Antonia Iglesias, Isabel San Sebastián y un largo etc. Chillones, pagados de sí mismos, tertulianos todólogos y reducidos a la mínima expresión, completamente irrelevantes, inservibles para el ciudadano, prescindibles.

A ellos les acompañamos el resto. Periodistas de salón, calienta butacas que esperan que suene el teléfono para tener el notición. Tiranizados por agencias de comunicación, directores de publicidad, intereses creados y la comodidad de cobrar a fin de mes un sueldo más o menos digno y no tener que pensar en nada más. Un trabajo más.

Y entre tanta basura, muy de vez en cuando aparece el periodista necesario. Imprescindible para comprender el mundo en el que vivimos. Hombres y mujeres que de verdad se la juegan, que dan la cara y que en la mayoría de las ocasiones, tienen una ética y una profesionalidad que les sitúa muy por encima de los medios para los que trabajan.

Ahí están Javier Espinosa y Ricardo García, capturados en Siria  por hacer lo único que sabían hacer: intentar entender lo que está pasando y contar la verdad para que otros la conozcan. Ahí están muchos de los purgados de Radio Nacional, como Javier Gallego (un compañero imprescindible si te gusta la Carne Cruda) o Toni Garrido que muy justamente renunció a escuchar RNE “por higiene mental”.

Y por supuesto ahí están el estupendos Jordi Pérez Colomé (imprescindible su Obama World), la reconfortante Pepa Bueno y el histriónico-patadaenloscojones Javier Pérez de Albéniz, expulsado de las filas de Pedro J. por decir que el 11-M no era ETA.

Se puede luchar contra el periodista necesario, pero no se le puede callar para siempre. Porque el periodista necesario necesita hablar, contar, llegar a todo el que quiera gastar un minuto escuchando. Y de las cenizas de la aniquilación innecesaria de Público, han nacido estupendos proyectos como Líbero o la Revista Mongolia. Y sino es en papel, la Red ha demostrado que sigue habiendo un hueco para medios que hacen suya la bandera de la diferencia. Que es posible que cabeceras como eldiario.es o Infolibre planten cara al consejero delegado mejor pagado de Europa. 

Afirma Tom Wolfe en una reciente entrevista para ABC, que “El periodismo te vuelve más valiente de lo que eres” y no sé si está en lo cierto. El periodismo puede convertirse en un personaje valiente y comprometido; pero también puede desdibujarte y acentuar tus defectos al máximo. Así que si ya eres periodista o si estás estudiando para serlo, juégatelo todo a una carta: renuncia a todas las comodidades, abandona los lugares comunes y vuelve a la calle. Conviértete en ese periodista necesario que tanto echamos de menos.

Instagram no es bienvenido en los Juegos Olímpicos de Invierno

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Resulta ya incuestionable que las redes sociales se han convertido en una de las herramientas de trabajo más útiles para los periodistas y los profesionales de la comunicación, que aprovechan su perfil en servicios como Twitter, Facebook o Instagram para ofrecer a sus seguidores el lado más personal y directo de la información.

El problema es que en determinadas ocasiones, esta “nueva” forma de conectar con las audiencias puede entrar en conflicto con determinados intereses empresariales, sobre todo cuando hablamos de eventos en los que se mueve mucho dinero que fluye a través de canales mucho más tradicionales, como puede ser un evento deportivo de repercursión internacional.

Sólo así se explica el hecho de que con motivo de la celebración de los próximos Juegos Olímpicos de Invierno en la ciudad rusa de Sochi, los organizadores hayan decidido trazar una gruesa línea de separación entre los fotógrafos acreditados para el evento (de pago) y el resto de periodistas, bloggers y demás espectadores a los que explícitamente se les prohíbe difundir imágenes del evento a través de redes sociales como Instagram.

De hecho según la agencia de noticias rusa Svodova, los periodistas que “utilicen sus teléfonos, tablets, o cámaras para capturar momentos de los JJOO se les retirará la acreditación y no podrán seguir cubriendo el evento” ya que únicamente los periodistas que tengan una “acreditación apropiada” podrán hacerlo.

Tras la publicación de esta noticia a finales de la semana pasada, la reacción en las distintas redes sociales no se ha hecho esperar, y el término “censura” ha sido uno de los más repetidos, evidenciando cómo el COI estaba más que dispuesto a plegarse ante los intereses de los grandes medios de comunicación (principalmente televisiones americanas), antes que de proteger la libertad de información y prensa.

Lo curioso del caso es que ha sido precisamente esa polémica en las redes sociales lo que en última instancia ha llevado a las autoridades rusas a rectificar. El pasado lunes el miembro del COI Mark Adams, escribió un e-mail al USA Today asegurando que los periodistas “podrían tomar todas las fotos que quisieran”, y difundirlas en cualquier red social. Y aquí el matiz interesante es el término “fotos”. Porque lo que no podrán hacer es transmitir vídeo, aunque sean los seis segundos que se pueden compartir desde apps como Vine o los diez segundos que como máximo permite grabar Instagram.

El caso demuestra una vez más como la no tan nuevas redes sociales y las apps, desafían estructuras que se han mantenido intactas durante los últimos cincuenta años, provocando en la mayoría de las ocasiones respuestas que no están a la altura de lo que les está exigiendo la sociedad. Porque en un mundo hiperconectado, ¿De verdad se va a poder identificar y censurar un vídeo de Instagram?

La pataleta

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Cierra Canal 9, el órgano de propaganda que durante los últimos 20 años ha servido a los intereses del gobierno valenciano. Lo hace tras una sentencia que obliga a readmitir a más de 1.000 trabajadores despedidos hace un año y cumpliendo la amenaza de Fabra, uno de los políticos más grises de esta nuestra España cada vez más en blanco y negro.

Pero como el moribundo que antes de su fatídico final se siente un poco mejor, los trabajadores que quedan en la redacción del canal valenciano, quieren aprovechar estas últimas semanas de vida para su particular vendetta. Utilizan los informativos y el resto de espacios en los que se da voz a la información, para denunciar que han sido manipulados, que se les amordazaba, que no se les dejaba informar y se les coaccionaba a diario.

Y así les hemos visto ahora pidiendo perdón por ocultar el accidente de metro que costó la vida de 43 personas, asegurando que su atitud fue “indigna” y culpando a los “despachos de esas voces que se quisieron silenciar”. Les hemos escuchado denunciar cómo se les prohibía hablar de recortes, que se les obligaba a censurar las denuncias de la oposición o incluso que el panegírico del líder era una constante de obligado cumplimiento en todas las escaletas.

Es ahora, cuando su final ya está más que firmado, cuando no tienen un puesto de trabajo que perder, porque ya lo han perdido, cuando los periodistas de Canal 9 se han dado cuenta de que lo que es ser periodista. Durante todos estos años las amargas quejas se han diluido frente al café de la máquina, en algunos corrillos de pasillo o en el roce diario con los profesionales de otros medios.

¿Pero cuántos de estos que hoy se rasgan las vestiduras dieron en su día un paso al frente? ¿Quiénes se atrevieron a denunciar la censura que ahora parece les acompañaba desde que cruzaban el hall del estudio de televisión?

Y si desde que se recuerda el PP manipulaba la información autonómica a su antojo, y si no estaban de acuerdo con esa política, ¿Quién les obligó a firmar el contrato de trabajo? ¿Quién les puso la pistola en el  pecho para que se presentaran a una plaza? Me encantan estos dos últimos párrafos míos, escritos desde la más pura y facilona demagogia.

No me parecería mal este cambio de rumbo si no fuese porque llega demasiado tarde. Porque es la pataleta del “a mí no me dejan”, a “mí me obligaron” o aún peor: “yo solo cumplía órdenes”. Pero a mí esto no me vale. El que cumple unas órdenes injustas a sabiendas de que lo son, no puede aspirar a expiar su culpa cuando ya no tiene nada que perder.

A estos, en mi casa los llamaban cobardes. Yo no diré tanto.

 

¿Es Jordi Évole el nuevo Michael Moore?

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¿Es Jordi Évole el Michael Moore español? Si hacemos caso a lo que nos dicen en el New York Times, ambos periodistas tienen mucho en común. No hace mucho que la cabecera estadounidense se hizo eco del programa en que el presentador de “Salvados” dio voz a las víctimas del accidente de metro de Valencia y en el que ayudó a destapar cómo la connivencia entre las administraciones públicas y el poder económico habían conseguido enterrar uno de los escándalos más importantes de la boyante España del año 2006.

En el artículo afirman que como Moore, Évole hace uso de su proximidad con el ciudadano medio para denunciar esos poderes fácticos, esos intereses creados ante los cuales muchos periodistas siguen prefiriendo “mirar hacia otro lado”. Si Michael Moore hace hincapié en el control de armas (Bowling for Columbine), o la denuncia del deficiente sistema de salud americano (Sicko), Évole denuncia el lobby de las empresas eléctricas, al pool de las cajas de ahorros o cuestiona los miles de asesores que los partidos escogen a dedo.

El New York Times profundiza en los paralelismos, apuntando que ambos tienden a vestir de la misma forma desenfadada (camisa de cuadros, vaqueros, deportivas), que se dirigen a sus entrevistados de forma similar y en última instancia, que ninguno de los dos se libran de una crítica que apunta a cierta manipulación y simplificación de las situaciones con el objetivo de conectar con una audiencia, que al final lo que quiere es poner cara a los responsables.

De todo lo que se apunta en el artículo me interesa especialmente esta última parte crítica. El uso de la palabra manipulación cuando se habla del trabajo de estos dos periodistas. Si bien la palabra manipulación me parece exagerada, sí que puedo conceder la palabra simplificación en algunos casos.

Cuando ves un documental como Farenheit 9/11, en el que supuestamente el cineasta explica qué hay detrás del ataque a Afganistán tras la caída de las torres gemelas, descubres que junto a la más rigurosa información, se mezclan secuencias cuyo único objetivo es crear descaradamente un estado de opinión; no desde la reflexión y la presentación de los hechos, sino en muchos casos desde la ridiculización.

Como ejemplo, la escena en la que se comunica al presidente Bush, la mañana del 11 de septiembre, que el país estaba siendo atacado. En ese momento George W. Bush se encontraba en una escuela infantil, leyendo un cuento. Cuando el asesor se le acerca y le susurra al oído lo que está pasando, el Preidente parece no inmutarse y pasan más de 2 minutos hasta que finalmente se excusa con la audiencia y sale de plano. En el documental se hace hincapié en este detalle, realzando la “inutilidad” de un presidente que mientras su país estaba siendo atacado, su primera decisión fue la de seguir leyendo un cuento.

Es decir, se da protagonismo a un detalle accesorio, utilizando una pincelada para justificar el cuadro completo. Y es una pena, porque Moore tiene muy buenos argumentos de denuncia con los que apoyar sus documentales, pero estos guiños populistas son los que dan alas a sus rivales para desacreditarlo.

En el caso de Jordi Évole, la simplificación de los hechos no es tan palmaria, pero es indudable que existe. En algunas ocasiones, el retrato individual se utiliza como palanca para denunciar un conjunto de actuaciones.

Cuando por ejemplo entrevista a las responsables de empleo del PP y el PSOE consigue evidenciar de una forma brillante la desconexión total que en muchos casos existe entre la clase política y los ciudadanos. Y ahí, poco le podemos reprochar, mas bien todo lo contrario.

Pero a la vez, una segunda lectura nos lleva a pensar que el periodista sabía de ante mano lo que iba a pasar, sabía quiénes eran las personas que podían dar más juego para propiciar esa situación y sabía cómo presentarla para escandalizar a la audiencia.

Desde el punto de vista del periodismo, no parece criticable. Tiene la virtud de revelar una verdad que en situaciones normales, permanece oculta. Pero como espectadores, resulta interesante preguntarse cómo y por qué se muestran las historias, qué es lo que se está contando y qué es lo que se está dejando fuera.

Porque a veces la simplificación tiene la virtud de ser ejemplarizante, pero a veces, si es excesiva, puede parecer manipulación.  Dicho lo cual ¿Creo que Jordi Évole es ese hábil manipulador que en muchas ocasiones se transforma Michael Moore?  Desde mi punto de cita creo que no, pero es importante aprender a no bajar la guardia.