El día en que Umberto Eco le plantó cara a Superman

El día en que Umberto Eco le plantó cara a Superman

Mucho más que el autor de “El nombre de la rosa”. Medievalista brillante, Umberto Eco fue además uno de los grandes lingüistas del s.XX, con una amplia proyección en el campo de la semiótica. Y precisamente desde ese campo, en 1964 publica “Apocalípticos e integrados” un libro en el que disecciona el concepto de mito moderno y  que convierte en tribuna para plantarle cara a…¡¡Superman!!

¿Por qué a Superman? ¿Qué le había hecho el pobre Clark Kent al escritor italiano? Básicamente, tocarle las narices hasta límites insospechados. Porque para Eco, Superman es mucho más que el protagonista de un cómic de aventuras: es una representación cultural cuya principal función es la de preservar el status quo, de modo que actúa no tanto como liberador, sino como garante de un orden social conservador e injusto. Así tras dedicar unas páginas del libro a explicar quién es ese personaje creado en 1933 por  Jerry Siegel y Joe Shuster para DC Comics, concluye:

Superman es prácticamente omnipotente. Su capacidad operativa se extiende a escala cósmica. Así pues, un ser dotado con tal capacidad y dedicado al bien de la humanidad, tendría ante sí un inmenso campo de acción.

Pero de un hombre que puede producir trabajo y riqueza  en dimensiones astronómicas y en unos segundos, se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico, tecnológico, del mundo. Desde la solución del problema del hambre, hasta la roturación de todas las zonas actualmente inhabitables del planeta o la destrucción de procedimientos inhumanos, Superman podría ejercer el bien a nivel cósmico, galáctico y proporcionarnos una definición de sí mismo que, a través de la ampliación fantástica, aclarase al propio tiempo su exacta línea ética.

Dicho de otra forma, como Superman tiene poderes prácticamente ilimitados, teóricamente debería ser capaz de construir un mundo éticamente justo, dando lugar a un orden social nuevo en el que la palabra “desigualdad” fuese un mal recuerdo del pasado.

Pero por supuesto eso no es lo que les interesa a los dibujantes de DC Comics. Y a eso a Eco le cabrea. En vez de combatir grandes males como la corrupción, la explotación del ser humano o los regímenes autoritarios, el mayor superhéroe de la historia “se conforma” con criminales de poca monta. Lo dice así:

En vez de eso, Superman desarrolla su actividad a nivel de la pequeña comunidad en la que vive (Smallville en su juventud, Metrópolis ya de adulto) y si bien emprende con la mayor naturalidad viajes a otras galaxias, ignora no ya la dimensión “mundo”, sino la dimensión “Estados Unidos”. En el ámbito  de su ‘little town’ el mal, el único mal a combatir, se configura bajo la especie de individuos pertenecientes al underworld, al mundo subterráneo de la mala vida, preferentemente ocupado, no en el contrabando de estupefacientes ni -cosa evidente- en corromper a políticos o empleados administrativos, sino en desvalijar bancos y coches-correo. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada.

Y ahí da en el clavo. Un político/filósofo marxista diría que a Superman (como por otro lado a casi todos los superheroes americanos) le falta “conciencia de clase”. No lucha en defensa de los desfavorecidos, sino para proteger el modelo social que crea esa clase desfavorecida. Y es natural. En pleno auge comunista, Superman como por otro lado “Capitán América” o “Spiderman” sobrepasan el producto de entretenimiento: son pura propaganda política, de ese American Way of Life que hay que defender.

El lingüista italiano ataca a Superman incluso cuando en sus historietas se presenta su lado más solidario. Porque de su supuesto altruismo, dice lo siguiente:

Es curioso observar cómo entregándose al bien, Superman dedica enormes energías a organizar espectáculos benéficos, donde se recaudan fondos destinados a huérfanos e indigentes. El paradójico despliegue de medios (la misma energía podría ser empleada en producir directamente riqueza o en modificar radicalmente situaciones más vastas) no deja de asombrar al lector. Si el mal asume el único aspecto de atentado a la propiedad privada, el bien se configura únicamente como caridad.

Así que si Superman fuese político…¿os imagináis en dónde militaría?

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Tres novelas para terminar la primavera

No sé si leer hace al hombre más sabio, pero sin duda no le hace daño. El tiempo que pasa leyendo, no lo pasa discutiendo, peleando o escuchando a tertulianos. Y salvo atentados culturales que vienen en formato de best-seller y que prometen una lectura rápida, inocua e indolora, siempre se acaba aprendiendo algo.  En mi caso, he tenido la suerte con que en los últimos meses han caído estos tres libros en mis manos.

La cabeza perdida de Damasceno Monteiro – Antonio Tabucchi

Casi todos conocemos a Antonio Tabucchi por su monumental “Sostiene Pereira” una de esas novelas que acaban por convencerte de que Portugal es uno de los países más interesantes del mundo y que es una pena que teniéndolo tan cerca, los españoles nos empeñemos en mirarlo por encima del hombro.

Tabucchi repite su truco de magia en “La cabeza perdida de Damasceno Monteiro”, situando esta vez la acción en la menos conocida Oporto. Frente a la accesibilidad y la fácil decadencia de Lisboa, Oporto se presenta encerrada sobre sí misma, alejada de ese Duero que debería de dar vida a la ciudad, y en el que un día encuentran flotando en sus aguas una misteriosa cabeza.

Tabucchi, el más portugués de todos los italianos, o el italiano más portugués, vuelve al periodismo para resolver uno de esos misterios que nos atan a cada página, tal vez de una forma menos sentimental y melancólica, y desde luego de una forma mucho más brutal que en otras novelas. Léanla, no se arrepentirán.

Monasterio – Eduardo Halfon

“Monasterio” es una de esas novelas cortas que cuentan en realidad pocas cosas, pero que las cuentan muy bien. El guatemalteco Eduardo Halfondescribe ese choque cultural que siempre se produce cuando volvemos a unas raíces que hace tiempo que rechazamos.

En este caso se vale de la figura de un joven latinoamericano que viaja a Israel para asistir a la boda de su hermana, que en pocos años ha pasado de ser una chica occidental a convertirse a la rama más ultraortodoxa del judaísmo. Es un libro que no tanto critica a Israel como país, sino el extrañamiento que le produce regresar a una nación en la que la religión “contamina”  hasta el agua que beben sus  habitantes.

Un país en que más allá de la amenaza que pueden suponer los palestinos, se entierra con ritos, plegarias y una consciente negación del otro, del que piensa de forma diferente. 122 páginas de lujo que no puedes dejar escapar. 

“Los amores difíciles” – Italo Calvino

Si eres de los que están convencidos de que “la primavera, la sangre altera” o que mayo es el mes del amor, te recomiendo que que no pierdas la oportunidad de hacerte con una copia de “Los amores difíciles”, de Italo Calvino.

El título del libro es una excusa para reunir cuentos y novelas cortas en las que el maestro italiano reflexiona de una forma más que irónica sobre el amor y la dificultad que entraña cualquier relación: la falta de comunicación, el silencio que se instala en la base de una pareja, las explicaciones y los “lo siento” que se dejan para más adelante…

En cierta forma un Calvino que puede parece pesimista, pero que en realidad no hace sino poner el dedo en la llaga con dosis de humor negro que nos ayudan a reflexionar. Un diez.

Dos distopías que no podrás olvidar

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Según afirma la Wikipedia, “Una distopía o antiutopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Esta sociedad distópica suele ser introducida mediante una novela, ensayo, cómic, serie televisiva, videojuego o película”.

Distopías son el mundo creado por George Orwell en 1984, planteamientos como los que el director japonés Kinji Fukasaku nos muestra en la violentísima (aunque con un ligero toque de humor negro) Battle Royale o más recientemente la saga completa de “Los juegos del hambre” o la fantástica Interstellar. Distópicos son también comics como “V de Vendetta” o “Akira” que sitúa la acción en un Tokio postnuclear.

Si hablo de distopías es porque en la última semana y casi por azar, dos distopías más que recomendables se han cruzado en mi vida “gafapástica”. La primera, “White Christmas”, el último capítulo de Black Mirror.  La segunda, la subyugante “Ácido sulfúrico” novela de la siempre recomendable Amélie Nothomb.

Distopías en Black Mirror

Para quien no la conozcan todavía (ya la estáis buscando, bajando), Black Mirror es una serie de televisión creada por Charlie Brooker y que intenta mostrar el lado oscuro de la tecnología, ya sea en el presente, ya sea en un futuro más o menos cercano. La serie que cuenta con tres temporadas, sólo contiene siete capítulos. En cada capítulo se narra una historia diferente y no están relacionados entre sí.

Es importante señalar que si por una parte Black Mirror muestra en qué nos hemos convertido o en qué nos podemos convertir a causa de la tecnología, no muestra en todos sus capítulos una sociedad distópica, sino que más bien hace un intento de estirar los límites lógicos de nuestra sociedad actual, a la que proyecta hacia el futuro e intenta adivinar las consecuencias de una premisa determinada: la conexión permanente a nuestros smartphones, la necesidad de fotografiarlo todo, la miseria de la cultura de masas, los reality shows, la decadencia de la clase política, etc.

black mirror

En White Christmas en cambio sí entra de lleno en una socieda distópica. (Aviso Spoilers) En ésta, existen empresas que con capaces de crear réplicas o clones de nuestra conciencia individual, a las que dotan de un cuerpo virtual de dimensiones muy reducidas. El objetivo es que sus clientes puedan tener una copia de sí mismos, basada en código, que por ejemplo se ocupen de las tareas más ingratas de la casa y cuiden en todos los sentidos, de su versión original.

Lo que en realidad crean son por supuesto programas, pero al ser copias exactas de la conciencia de sus dueños, disponen de los mismos recuerdos, experimentan las mismas emociones y por supuesto sufren como lo haría una persona real. Además en esa misma sociedad, todos disponen de un fantástico dispositivo que permite tomar imágenes, hablar por teléfono, etc. y que tiene una función adicional: puede bloquear personas.

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Si una persona decide bloquear a otra, el que pulsa el botón se convierte para su interlocutor en una figura borrosa a la que no puede distinguir, no puede escuchar y con la que no se puede comunicar hasta que dicha persona decida (si es que lo hace), poner fin a dicho bloqueo. Pero no voy a contar más, lo mejor es que veáis por vosotros mismos cómo transcurre la historia.

Ácido sulfúrico: la televisión llevada al extremo

Imaginad que un día estáis paseando por el parque más concurrido de vuestra ciudad. De repente un grupo de hombres armados os secuestran, os meten en un tren y os trasladan a lo que parece un gran campo de concentración. Y no sólo eso, dicho campo de concentración es en realidad un enorme plató televisivo que sirve como base de “Concentración” un nuevo programa en el que los forzosos “concursantes” son tratados como los millones de judíos que sufrieron los campos en la segunda guerra mundial.

En Concentración los kapos golpean y humillan a los detenidos, apenas les dan de comer y una vez al día eligen a los que van a ejecutar, consiguiendo así enormes índices de audiencia. En realidad lo que Nothomb plantea en esta novela es la vieja pregunta de: ¿Vemos telebasura porque la programan en televisión o la programan en televisión porque la vemos?

Además supone una crítica feroz a una sociedad supuestamente “democrática” que se rasga la vestriduras por la existencia de un pograma de tal calibre, que muestra su repugnancia en periódicos y editoriales, pero en la que nadie mueve un dedo para evitar que el programa se emita. ¿A alguien le suena familiar?

 

Cinco librerías que debes visitar en 2015

En Jot Down entrevistan a Marta Ramoneda, librera que junto a Antonio Ramírez y Maribel Guirao pusieron en marcha La Central, una de las librerías que se esfuerzan en hacer algo diferente. La entrevista no sólo habla de ese micro cosmos que es la “nueva” Central de Callao, sino sobre todo de lo que supone ser librero, de su relación con el mundo editorial y con un público, el de los libros, que pese a la revolución de Amazon y sus Kindle, sigue estando más que presente. La entrevista, como digo, es totalmente recomendable y me sirve de percha para hablaros de algunas de las libreríaas en las que me gusta perderme. Eso es. El último post de este añoo va a ser el más personal.

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La buena vida –  Calle de Vergara, 5, 28013 Madrid

La buena vida como muchos habréis adivinado, es un homenaje a la pelicula de David Trueba. Curiosamente, es su hermano el que puso en marcha este proyecto ya hace unos años en la calle Vergara de Madrid. La librería actual es en realidad la segunda “La buena vida” que se ha abierto en la misma calle, ya que la primera se mantuvo cerrada durante un par de años para volver a abrir hace menos de 12 meses en un local muy similar justo en frente.

En su reapertura “La buena vida” ha perdido la magia de ese rincón en el que uno podía tomarse un café y dejar las horas pasar, pero sigue manteniendo el mismo espíritu. Una selección de libros pequeña pero muy seleccionada y un buen número de actividades que convierten al libro en el actor principal: talleres de lectura, monográficos, presentaciones…

En esta librería guardo especial cariño a su sección de música, ya que fue aquí donde descubrí a Ted Gioia y su imprescindible “Historia del Jazz”, editado de forma magistral por Turner.

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Librería Méndez – Calle Mayor 18, 28013 Madrid

La librería Méndez no es glamourosa, ni seguramente este en la lista de las librerías más bonitas, curiosas o espectaculares del mundo. Es una librería de barrio, de toda la vida, que resiste como puede en la calle mayor de Madrid.

Si está en esta lista es porque fue mi primera librería. Fue aquí donde hace más de 20 años entré con mis quinientas pesetas en el bolsillo para comprarme un libro de la serie “El pequeño vampiro”, que por aquel entonces era el que partía la pana en el mundo de la literatura juvenil.

De vez en cuando, si el escaparate me llama, vuelvo a entrar hipnotizado por la llamada de la nostalgia. Por cierto ahora mismo su escaparate vende “Los libros en The New Yorker”, editado por “Libros del Asteroide”, una de esas editoriales a las que hay que prestar atenciàon (como Periférica, Acantilado, Anagrama y tantas otras que me gustan).

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La fugitiva – Calle de Santa Isabel, 7, 28012 Madrid

Descubrí “La fugitiva” cuando vivía en la calle Huertas, en el que para mí sigue siendo el barrio mas bonito de Madrid (hay un ático que me está esperando cuando me toque la lotería). La fugitiva está en la calle  Santa Isabel, muy cerca de la Filmoteca y esta vez sí, hablamos de una librería café en toda regla.

No es una librería en la que tenga un gran fondo (es mas bien del tipo what you see is what you get), pero se esfuerzan en huir de lo comercial y no renuncian a los clásicos, lo cual es muy de agradecer. Sin embargo lo que más me gusta, para que nos vamos a engañar, es que te dejan hojear sus libros mientras te tomas un buen capuccino y por el mismo precio, comparten contigo su conexión WiFi.

Cuando vivía en la zona, antes de ir al Mercado de San Antón (en el que ahora dicen que sirven los mejores sanwiches de Madrid), no dejaba escapar la ocasión de desayunar en La Fugitiva.

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Librería Pasajes –  Calle de Génova, 3, 28004 Madrid

La mejor literatura extranjera, en el idioma en el que fue escrita. Nada más y nada menos. Aunque en Pasajes viven por supuesto de muchos libros editados en castellano, el grueso de su fondo lo componen libros en inglés, francés, italiano y otros idiomas.

Precisamente es uno de mis puntos de referencia cuando busco un buen libro en italiano. Y sí, sé que hay Amazon y muchas otras opciones para comprar on-line, pero al fin y al cabo si paseas por la calle Hortaleza, es fácil acabar en la plaza de Santa Bárbara y de ahí a Pasajs, sólo hay que cruzar la calle. Más fácil, imposible.

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IBS – Via Nazionale 254-255 Roma

De las muchas y buenas librería que pueblan los barrios de Roma, me quedo con IBS. Porque el local que tienen en Via Nazionale (a un tiro de piedra de la estación de tren de Termini) es impresionante. Más de cinco pisos dedicados al mundo de libro en todas sus manifestaciones. Para que os hagáis una idea de su dimensión, es como si en la FNAC de Callao en Madrid, sólo se vendiesen libros. Por si esto fuera poco, en la última planta tienen un café muy cuidado que ofrece unas maravillosas vistas sobre los tejados de la ciudad eterna.

 

In Cold Blood

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Los Clutter era una familia normal. Herbert y Bonnie eran conocidos y respetados por todos en Holbom, Kansas. Sus dos hijos, Kenyon y Nancy iban al colegio. La familia entera no faltaba a misa los domingos. Se implicaba con la comunidad. Herbert lavaba en el porche su coche los domingos y a Bonnie le gustaba tomar el té con sus amigas y compartir chismorreos del pueblo. Los cuatro eran el arquetipo del sueño americano en la década de los cincuenta. Vivían sin grandes lujos, pero no les faltaba de nada. Generosos, empáticos, trabajadores y sanos.

Y sin embargo la noche del 15 de noviembre de 1959, Perry Smith y Dick Hickock entraron a la casa de los Clutter y después de inmovilizar a los cuatro miembros de la familia, registraron el inmueble buscando una supuesta caja fuerte repleta de dinero. Al no conseguir nada, procedieron a asesinarlos uno por uno.

Este es el inicio de la desgarradora “A sangre fría” de Truman Capote. Recuerdo haber leído el libro hace diez años y desde entonces, no he podido olvidarlo. No sólo por la calidad de un relato que es excepcional, sino por la sensación de estar leyendo en todo momento, el mejor reportaje periodístico de la historia.

“A sangre fría” es periodismo en estado puro. Es un libro que nace de una noticia de menos de trescientas palabras, publicada en el New York Times, el 15 de noviembre de 1959. El artículo dice así:

Holcomb, Kan., Nov. 15 [1959] (UPI) — A wealthy wheat farmer, his wife and their two young children were found shot to death today in their home. They had been killed by shotgun blasts at close range after being bound and gagged … There were no signs of a struggle, and nothing had been stolen. The telephone lines had been cut.
The New York Times

Una noticia que para muchos no pasaría de ser más de un breve de agencia, interesó lo suficiente a Capote como para viajar a Kansas e investigar los crímenes en persona. Le acompañó su amiga de infancia Harper Lee, que posteriormente ganaría un Pullitzer por “Matar a un ruiseñor”. Fue una investigación dura. En primer lugar porque en los años cincuenta, pocos parecían dispuestos a hablar abiertamente con un homosexual reconocido como Capote. En segundo término, el espantoso crimen había dejado más que tocada a Holbom, una población que en su historia no había tenido que lidiar con este tipo de asesinatos.

Desde luego, no hubiese sido posible sin la complicidad de Lee, que era en última instancia capaz de abrir las puertas a Capote y granjearse la amistad de los vecinos. Entre los dos sumaron más de 8.000 páginas en notas, que reflejaron distintas entrevistas con policías, testigos, conocidos de la familia, etc. A lo que siguió el seguimiento de una investigación policial que terminó con la detención de Perry Smith y Dick Hickock, su juicio y su posterior condena a muerte.

El libro no fue terminado hasta después de la ejecución de los dos asesinos (que por supuesto fueron entrevistados por el propio Capote). Para su publicación, se escogió a la revista “The New Yorker”, que lo ofreció en cuatro entregas, siendo la primera el 25 de septiembre de 1965. Posteriormente Random House lo publicó como libro completo en enero de 1966.

A pesar de que el libro como hemos explicado, narra todos los hechos tal y como ocurrieron, no ha estado exento de polémica. Se dice que algunas escenas nunca ocurrieron y que algunos de los diálogos que se muestran podían haber sido inventados por el propio Capote. Nada de esto se ha confirmado pero aún así, no le quitaría un ápice de validez a uno de los libros con los que se inauguró el New Journalism