Sabores en miniatura

“Un queso joven, salpicado de semillas de comino me recuerda que soy capaz de sentir placer – dice en voz alta. La mantequilla de Delft, cremosa y exquisita , tan distinta de las demás, me produce una enorme satisfacción. Y la cerveza de mejorana y Ciruela de Cornelia me hace más feliz que un buen acuerdo comercial. Tiene que preparártela. Los higos con nata agria para desayunar pronto en verano -prosigue Johannes sin percatarse de nada –.Una delicia especial que me transporta a la infancia, de la que sólo guardo sabores.”

Como el personaje que encarna Johannes en “La casa de las miniaturas” de Jessie Burton, descubro a menudo que soy incapaz de recordar los detalles de un día concreto, de mi paso por una ciudad o lo que hice en un momento determinado, pero recuerdo como si fuera ayer olores, sabores y casi todos los platos que he comido con gusto.

En mi mente foodie (pues ahora parece de moda decirlo así), Florencia me sabe a tortellini rellenos de pera, Venecia a bocadillo de mortadela y verano de tarde en el Lido; Lisboa a bacalao con nata bajo el castelo de San Jorge y un viaje a Londres me sabe a medias si no consigo hacer un hueco para zamparme una buena hamburguesa en Byrons.

Y luego están todos esos esos sabores, pero sobre todo olores, que me transportan directamente a una infancia que de otra forma se difumina en una nebulosa. Los spaguetti alle vongole de los sábados, el café recién hecho que mi padre compartía con mi madre en la cama, la vainilla dulzona que anunciaba mi bizcocho favorito cuando había algo que celebrar…

También los otros, el de las comidas que he rechazado con los dientes apretados, los puños cerrados y esa amenaza velada de “si no lo quieres para comer, lo tendrás para cenar” que se lanzaba sobre la mesa: apestosa coliflor al horno que olía desde el descansillo de la escalera, la lenta cocción del huevo duro que a día de hoy, sigue provocándome náuseas.

Unos días en Berlín

Unos días en Berlín

En el gran teatro del mundo que se había convertido Berlín en 1963, John F. Kennedy, pronunció su famosa frase: Ich bin ein Berliner. Una cita que pasaría a la historia al ser interpretada como “Soy un berlinés” pero que seguramente dejó atónitos a los miles de personas que se congregaban frente al Rathaus Schöneberg (ayuntamiento berlinés en el sector occidental) aquella mañana al escuchar que el presidente de Estados Unidos afirmaba ser nada menos que una berlinesa, el popular bollo relleno de mermelada.

Si entonces la plaza no estalló en una sonora carcajada y más bien al contrario, rompió en un estrepitoso aplauso, se debió en gran medida a que Berlín Occidental no se moría de hambre gracias al apoyo que recibía del amigo americano. Acciones como el puente aéreo de 1949, que salvaron a la ciudad del bloqueo soviético son buena prueba de ello.

Mientras tanto al otro lado del muro, desde la Alexander Platz hasta la Puerta de Brandenburgo los berlineses seguían intentando sobrevivir en ese “paraíso socialista” en el que les había confinado el muro ideado por Erich Honecker. Estos días en los que he tenido la suerte de pasear por Berlín, se cumplen precisamente el 55 aniversario de su construcción.

Y mientras paseamos por la colorida East Side Gallery, tocamos algunos restos del muro en Postdammer Platz o visitamos la “franja de la muerte” (en Prenzaluer Berg) bajo la sombra de Conrad Shumann, es fácil sentirse abrumado.Del muro llama la atención no sólo la división física que en la mañana del 13 de agosto de 1961 separó a familias enteras casi para siempre, sino la omnipresencia, la sombra que proyectó sobre los poco más de 40 años de existencia de la RDA y sus habitantes (imprescindibe la visita al museo de la DDR).Una sombra disfrazada de una muralla de hormigón a la que el estado comunista destinaba más del 20% de su PIB anual, que proyectaba un angustioso estado de ánimo en el que sólo parecía sobrevivir la Stasi y los intentos de fuga.

Casi nada de lo que queda en Berlín es original. La Puerta de Brandemburgo, el conjunto arquitectónico de Gendarmenmarkt, la Univeridad de Humboldt y la Museum Islen, son tal vez los únicos recuerdos de una ciudad que en el siglo XIX podría haber rivalizado en belleza con París o Viena. Desde 1945, Berlín es una ciudad inventada.

La devastación que sufrió la capital alemana como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial sólo se comprende cuando hojeamos esos libros de “antes de” y “después de” en la estupenda librería Dussmann DasKulturKaufhouse en Friedrichstraße.

Nada refleja mejor esa idea de ciudad devastada y después abandonada casi a su suerte que la Pariser Platz. La plaza, que vivió espectáculos tan lamentables como observar en 2002 a Michael Jackson amenazando con arrojar a su hijo por una de las ventajas del Hotel Adlon ofrece hoy en día una imagen muy diferente. La comparamos con una vieja fotografía de 1975: treinta años tras el fin de la guerra, seguía mostrando una desolación total, un campo de batalla en el que la Brandenburger Thor parece ahogada en el barro.

Visitar la ciudad supone por lo tanto estar preparado para recibir ese impacto. Obliga al menos la primera vez que posamos los pies en Unter Liten o en Karl Marx Allee, en dejar de pasear de forma despreocupada, para tal vez reflexionar durante un minuto en que estamos recorriendo las aceras más influyentes del siglo XX.

Pero Berlín es mucho más que eso. La orgullosa capital de la Alemania reunificada es más que la historia triste de los que se despedían en el “Palacio de las Lágrimas”. Es una ciudad que vive el arte contemporáneo en Scheunenviertel, que se divierte en Kreuzberg y que se pasea los domingos en Tiergarten.

Es una ciudad que inventa el Kebab en su barrio turco y que se encuentra en un estado permanente de “en construcción”, de reinvención constante, como atestiguan las decenas de grúas que salen a nuestro paso. Una ciudad que se disfruta cuando entendemos cómo es y no cómo queremos que sea.

PD: Nota para el visitante accidental: a sólo un par de minutos de la Puerta de Brandemburgo se encuentra el siempre recomendable Forum Willy Brandt, en el que el turista apremiado puede hacer una pausa para ir al baño sin levantar suspicacias.

Teresa

Teresa es pasar la vida como una aventura clásica, liderar una revolución naranja y saber que en la mano tienes la última voz de una timba a las dos de la mañana.Teresa es saber que no importa pasar hambre y guerra porque siempre hay fuerzas para seguir luchando. Teresa es comprender que estamos solos en este mundo, a pesar de llamadas telefónicas y cartas.

Teresa es tener siempre la razón sin tenerla, construir una teoría del todo y de la nada. Teresa es entender que las plantas piensan desde abajo y que podarlas no sirve de nada.  Teresa es explicar un mundo desfigurado, en el que los que producen, son los que acaban llevando nada a casa.

Teresa es un “ya te lo había dicho” que se repite en un estallar de carcajadas. Teresa es un vaso de vino aguado y lágrimas que escapan como dando saltos. Teresa es ese pasado que siempre fue mejor y a veces, el amargo presente que nunca encanta. Teresa es un twingo vestido de insultos morados que se deslizan inocuos por la ventanilla del copiloto.

Teresa es una fotografía al pájaro que se ha caído del nido. Teresa es un ovillo de lana con el que juegan los gatos. Teresa es esa caricia amable que regalas a un perro desahuciado. Teresa es una tortuga clandestina que viaja en el fondo de un vaso de plástico. Teresa es una colección de cactus que crecen hasta el infinito en un balcón romano.

Teresa es ceniza India e incienso, oms que rompen la monotonía pesada del domingo y pizzas engastadas entre tres rosas. Teresa es esa luz de jueves que se escapa por las vidrieras de una iglesia y un aplauso que rompe las manos hasta que se quedan sin  fuerzas.

Teresa es un tarot que cuenta medias verdades que no hacen daño y cartas que pronostican 12 meses el primer día de cada año. Teresa es una maleta llena de regalos que viaja en clase turista. Teresa es un souvenir de plástico, un abanico de euro y un mechero del Simago. Teresa es un sari de seda, un elefante encerrado en un huevo de alabastro, “shivas” y “ganeshas” y el incienso que cada noche quema junto a un retrato.

Teresa es un Derrik, un Colombo y Angela Lansbury en “La signora in giallo”. Teresa es esa joven esposa a la que obligan a casarse con una boa kilométrica, un anciano con siete cabezas, tres piernas y cuatro manos. Teresa es un crucigrama que se resuelve en tumbona de playa. Teresa es el lamento por las hojas que nadie barre, los baches que nadie tapa y los funcionarios que al parecer, nunca trabajan. Teresa es un “rasca y gana” después del último plato.

Teresa es la promesa de una visita en sueños, que se cumple en primavera. Teresa es una nonna, mi nonna, nuestra nonna.

La historia secreta de la obsolescencia programada

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Ayer tuve la oportunidad de ver “Comprar, tirar, comprar. La historia secreta de la obsolescencia programada”, un estupendo documental que echaron en la 2 hace unos días y que me imagino que pasó por los índices de audiencia sin pena ni gloria, marginado por “Adán y Eva” y el pequeño Nicolás.

Por el trabajo de Cosima Dannoritze pasaron la historia de la bombilla que lleva más de cien años dando luz en una estación de bomberos de California, las viejas neveras de la Unión Soviética que siguen funcionando como el primer día o unas estupendas medias de nylon tan resistentes, que tuvieron que retirarlas del mercado para desarrollar otras que se rompieran.

Por el documental también pasaron los amigos de Apple, que tuvieron que reconocer ante un grupo de enfadados consumidores que efectivamente, las primeras baterías de los iPod estaban programadas para durar únicamente 18 meses. Desfilaron también los famosos chips que cuentan las páginas que se imprimen en los modelos baratos de impresora y que cuando llegan a un límite preestablecido (1.000–3.000 impresiones) bloquean el equipo.

Y aunque la “anécdota” resultaba interesante por sí misma, lo más fascinante del documental fue el intentar explicar la motivación que hay detrás de la obsolescencia programada. El fenómeno que empieza cuando el lobby de las bombillas deciden que no van a fabricar bombillas de más de 1.000 horas de duración parte de una premisa muy sencilla: Si todo el mundo tiene en su casa bombillas que duran 100.000 horas o más, ¿Qué va a ocurrir cuando todo el mundo tenga bombillas? Las fábricas cerrarán y los trabajadores se quedarán sin empleo.

Aplíquese a cualquier bien de consumo. ¿Cómo le iría a empresas como Samsung o Apple si los consumidores en vez de cambiar de smartphone casi cada año tuviesen teléfonos que funcionasen como el primer día después de diez años? ¿Qué impacto tendría en la economía? Un auténtico mazazo al modelo capitalista y a la economía de mercado.

Ahora bien, el modelo de la obsolescencia programada no se limita a producir bienes que duran menos y que hay que reemplazar cada cierto tiempo (cuando teóricamente termina la vida útil del producto), sino que para acelerar aún más el cambio, se crean nuevas necesidades que impulsan la compra.

Porque realmente no podemos explicar por qué “necesitamos” cambiar nuestro teléfono cada año o dos años si no es porque el nuevo sistema operativo que se incluye es “mejor” y por supuesto, no va a funcionar con nuestro modelo viejo, por poner un ejemplo. ¿Es esto así? O no hay voluntad de que funcione desde el principio…

“Comprar, tirar, comprar” es también un alegato en favor del medio ambiente, de la necesidad de despertar una conciencia global que prime el reciclaje y el re-utilizar antes de tirar. Y más importante aún, es una crítica frontal a un modelo económico obsesionado con el crecimiento.

Y es que se nos repite una y otra vez que tenemos que crecer. Sólo saldremos de la crisis si crecemos. Pero el crecimiento infinito no es posible en un planeta que es finito.

17 de enero de 1991

El 17 de enero no fue un día como cualquier otro. Ese día, John Holliman se levantó pensando que las cosas ya no serían como antes. Se duchó y se afeitó de forma mecánica, absorto en sus pensamientos. En la cafetería del hotel pidió un café con leche y hojeó el periódico del día anterior, mientras que mordisqueaba algunas galletas.

Cuando terminó de desayunar volvió a la habitación de su hotel e hizo algunas llamadas. Para nada. Comprobó lo que ya sabía. Que ese día tampoco iba a poder salir del país. Los vuelos se habían interrumpido hacía tres días y no era probable que se reanudasen esa semana. Tendría que esperar.

Tras colgar el teléfono, se reunió con sus colegas: Bernard Shaw y Peter Arnett. “La situación no tiene vuelta de hoja” les debió de decir. “O hacemos las maletas y buscamos un transporte alternativo, o nos quedamos a la espera de acontecimientos”.

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La muerte de un periodista

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La muerte de un periodista siempre me ha parecido más trágica que las demás. Quizás porque el periodista, que acostumbra a escribir de muerte a diario, que convive con ella desde que entra en la redacción hasta que se va a su casa, tarda en entender lo que significa que un compañero ha muerto, que a partir de ese día, lo único que queda es su ausencia.

Yo apenas conocía a Nacho. Coincidimos unos meses cuando trabajaba en en la redacción de un periódico local de Albacete, hace ya casi ocho años. Entró en el periódico para hacer unas prácticas como becario, a aprender lo básico. Algunas veces coincidíamos, salíamos por la noche a tomar algo y hablábamos. No mentiré diciendo que nos hicimos amigos. Pero su compañía era más soportable que la de otros y yo creo que él también me toleraba.

Después de dos meses, cogió la mochila y se fue de Erasmus. A Bélgica. Con las cervezas y a ver “Le roy d’Espagne” (un pequeño bar de Bruselas en en el que todos los reyes españoles, desde Carlos V, cuelgan ahorcados del techo). Unas semanas más tarde, la Agencia Efe decía lo siguiente:

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La mayor exclusiva de la historia

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Por un momento he estado tentado de escribir sobre Benedicto XVI, sobre el Cónclave, sobre si resulta conveniente o no que los Cardenales den ruedas de prensa...pero sinceramente, no me he encontrado con fuerzas para hacerlo.

Así que después de comprobar que como lleva haciendo desde el lunes, sigue lloviendo, he pensado que conectando una cosa con otra podía aprovechar este espacio para contaros lo que probablemente fue una de las grandes exclusivas periodísticas de la historia.

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