Miles Ahead: los años en la cara oculta de la luna

Miles Ahead: los años en la cara oculta de la luna

Si me preguntasen que disco me llevaría a una isla desierta para escuchar una y otra vez, no tengo ninguna duda de que sería “Kind of blue” de Miles Davis. No sólo porque es una auténtica obra maestra, o porque sea el disco más vendido de la historia del jazz.

Si lo escojo es porque es uno de esos álbumes que cambian cada vez que lo escuchas, poliédrico en ritmo y en significado. Un trabajo de estudio capaz de conectar con casi cualquier estado de ánimo: desde ese “blue” melancólico que reza el título del disco, hasta incluso la euforia más desparramada.

Como no podía ser de otra forma, el “So what” con el que Davis arranca el disco no falta en la banda sonora de “Miles Ahead”. El biopic, filmado por Don Cheadle en 2015 y en el que el propio Cheadle hace de Miles Davis, sin ser una de las grandes películas de la historia, sí que resulta imprescindible para los amantes de la música en general y del jazz en particular.

Lo más interesante de la cinta es que se aleja del clásico biopic para centrarse en esos “cinco años en la cara oculta de la luna” en los que Davis desapareció de la escena y se temió seriamente que las drogas y su lesión de cadera (que le hacía cojear ostensiblemente) acabase definitivamente con su carrera.

De forma paralela y a base de flash backs impresionistas la película recupera algunos de los episodios más interesantes de la estrella del jazz, especialmente en su relación con su  mujer, la bailarina Frances Taylor. 

Entre los méritos de “Miles Ahead” se encuentran hechos curiosos como que tuvo que recurrir a la plataforma de crowdfunding IndieGoGo para levantar los poco más de 300.000 euros que le sirvieron a su director para financiar la película, si bien finalmente Sony Classics decidió darle el empujón que necesitaba la producción para llegar a las salas.

Sin estar a la altura de títulos como “Whiplash”, “Bird”  o “Cottom Club”, la película consigue sin embargo algo que no muchas cintas consiguen hacer: conectar desde la música con ese algo tan íntimo que todos llevamos dentro.

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La crisis en seis escenas de Woody Allen

La crisis en seis escenas de Woody Allen

La animadversión que se profesan mútuamente Google y Amazon me ha obligado a ver “Crisis en seis escenas” (la primera y de momento única serie dirigida por Woody Allen) en mi teléfono móvil. Entre parada y parada de metro. Por favor señores de Amazon, soporte para Chromecast ya.

No tenía grandes esperanzas con esta serie. Después de una más que notable Blue Jasmine (2013) que le valió un merecido Oscar a Cate Blanchett, las últimas películas que ha firmado (“Magia a la luz de la luna”, “Irrational man” y “Café Society”) no destacan por nada en particular: correctas sin grandes aspavientos, como para cumplir ese autoimpuesto mandamiento de tener que entregar un título cada año.

Sin embargo, ha sido una sorpresa encontrarme en esta “Crisis en seis escenas” algunos de los elementos más clásicos y divertidos del estilo Allen: un marido carca y neurótico (“Misterioso asesinato en Manhattan”), una mujer que quiere vivir una aventura (“La rosa púrpura del cairo”) y toda una serie de malentendidos, y dobles sentidos que se repiten a lo largo de su carrera, como en “Annie Hall”, “Scoop” o “La maldición del escorpión de Jade”.

Allen hace una vez más de sí mismo y su réplica, una inmensa Elaine May (que ya trabajó con Allen en “Granujas de medio pelo”) retoma uno de los temas preferidos del director neoyorquino: la crisis de pareja. En este caso, encarnando a una descacharrante consejera matrimonial que sólo presta sus servicios para casos sin solución aparente.

La rutina de tan entrañable par de personajes se rompe cuando en mitad de la noche, una activista comunista (interpretada por Miley Cirus) que se encuentra en busca y captura,  irrumpe en su casa de la forma más insospechada. A partir de aquí, Allen necesita poco para pisar camino trillado.

¿El gran problema de la serie? Miley Cyrus. Por mucho que lo pienso, no acabo de entender cómo ha conseguido Hannah Montana colársela a los directores de casting, o a los productores de Amazon Studios. O a lo mejor, sí que tengo una ligera sospecha de cómo ha sido, pero este es un blog demasiado recatado como para hablar abiertamente de ello.

No sólo esta chica no sabe actuar, sino que es tan exagerada, cargante y fuera de tono en cada escena que hasta los extras la dejan en evidencia. Y esto por supuesto consigue que el resultado final chirríe más de la cuenta. Si nos quedamos únicamente con las escenas en las que ella no está, la serie funciona como un reloj. Consigue arrancar una sonrisa casi todo el tiempo y alguna carcajada.

Pero en cuanto el juguete roto de Disney se pone delante de la cámara, a Allen se le apaga la luz. Adiós al genio. De forma impícita el propio director lo reconoce en una entrevista en la que afirmaba que se arrepientía de haber realizado la serie. Por supuesto no culpaba a nadie en particular y en realidad, el resultado final pasa con un “bien alto”… pero es evidente que si de él hubiese dependido, algunas cosas hubiesen cambiado.

Así que no, “Crisis en seis escenas” no es un producto HBO, ni una serie que te va a dejar boquiabierto en el sofá devorando capítulos. Pero sí que es una serie simpática, especialmente pensada para los fans incondicionales del director. Como se suele decir, “el peor Woody Allen está casi siempre por encima de la media” y aquí el cliché se cumple de nuevo.

Carlos Boyero entra en un bar

Carlos Boyero entra en un bar

No tengo el placer de conocer a Carlos Boyero. Supongo que a él eso le importa bastante poco y a mí, más allá de la fría extrañeza que me supondría estrechar la mano con la que sujeta su pluma afilada, tampoco.

Me lo imagino en los pases de prensa, armado con su libretita Moleskine y uno de esos bolígrafos con linterna, llenando páginas de sus “aburrido”, “previsible”, “no me interesó lo más mínimo”. Pero también de forma ocasional, dejando la libreta en el reposabrazos, tal vez en el suelo, reclinándose en la butaca y admitiendo para sus adentros un “esto señores, es cine con mayúsculas, no se lo pierdan”.

Suelo seguir sus consejos. Y no sólo porque su cinefilia infinita consigue casi siempre amortizar los 8,5 euros que cuesta una entrada de sábado. Sino porque en el fondo de mi ser, oculto un secreto terrible. Uno que hasta hoy no me he atrevido confesar: deseo que Boyero se equivoque. Lo deseo más que nada.

Que me aconseje una película estupenda y resulte ser un bodrio infumable. O al revés, que clame contra una cinta con pretensiones … para descubrir que en realidad me ha encantado. Todo lo que necesito es una excusa.. una excusa para poder gritar ¡Chúpate esa Boyero! ¡Esa película a la que diste cinco estrellas es una mierda! Hasta ese momento, hasta que ese estallido de ira irracional se produzca, seguiré acumulando rabia y resentimiento… de ese Boyero que quise ser y nunca fui…vouyeuriano.

Si estás leyendo esto, sólo quiere decirte que no tengo nada en contra de ti, querido Carlos no te guardo odio sincero. Este secreto que me atormenta no es más que un sano ejercicio de masoquismo, similar al del que necesita realizarse cortes de vez en cuando, o el del que se arranca y come su propio pelo. Ya ves que lo mío, en comparación es poca cosa.

Ahora sólo espero que “La Peste”, esa serie que has puesto a la altura de las mejores producciones de HBO, me decepcione de veras. Que me permita apagar la televisión y musitar un “Carlos, nunca más”. Y sin embargo, sé que soy yo el equivocado. Que todo lo que tengo que hacer es rendirme incondicionalmente y dejarme llevar… ¡Ayúdeme querido Carlos!

Dos distopías que no podrás olvidar

v-de-vendetta

Según afirma la Wikipedia, “Una distopía o antiutopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Esta sociedad distópica suele ser introducida mediante una novela, ensayo, cómic, serie televisiva, videojuego o película”.

Distopías son el mundo creado por George Orwell en 1984, planteamientos como los que el director japonés Kinji Fukasaku nos muestra en la violentísima (aunque con un ligero toque de humor negro) Battle Royale o más recientemente la saga completa de “Los juegos del hambre” o la fantástica Interstellar. Distópicos son también comics como “V de Vendetta” o “Akira” que sitúa la acción en un Tokio postnuclear.

Si hablo de distopías es porque en la última semana y casi por azar, dos distopías más que recomendables se han cruzado en mi vida “gafapástica”. La primera, “White Christmas”, el último capítulo de Black Mirror.  La segunda, la subyugante “Ácido sulfúrico” novela de la siempre recomendable Amélie Nothomb.

Distopías en Black Mirror

Para quien no la conozcan todavía (ya la estáis buscando, bajando), Black Mirror es una serie de televisión creada por Charlie Brooker y que intenta mostrar el lado oscuro de la tecnología, ya sea en el presente, ya sea en un futuro más o menos cercano. La serie que cuenta con tres temporadas, sólo contiene siete capítulos. En cada capítulo se narra una historia diferente y no están relacionados entre sí.

Es importante señalar que si por una parte Black Mirror muestra en qué nos hemos convertido o en qué nos podemos convertir a causa de la tecnología, no muestra en todos sus capítulos una sociedad distópica, sino que más bien hace un intento de estirar los límites lógicos de nuestra sociedad actual, a la que proyecta hacia el futuro e intenta adivinar las consecuencias de una premisa determinada: la conexión permanente a nuestros smartphones, la necesidad de fotografiarlo todo, la miseria de la cultura de masas, los reality shows, la decadencia de la clase política, etc.

black mirror

En White Christmas en cambio sí entra de lleno en una socieda distópica. (Aviso Spoilers) En ésta, existen empresas que con capaces de crear réplicas o clones de nuestra conciencia individual, a las que dotan de un cuerpo virtual de dimensiones muy reducidas. El objetivo es que sus clientes puedan tener una copia de sí mismos, basada en código, que por ejemplo se ocupen de las tareas más ingratas de la casa y cuiden en todos los sentidos, de su versión original.

Lo que en realidad crean son por supuesto programas, pero al ser copias exactas de la conciencia de sus dueños, disponen de los mismos recuerdos, experimentan las mismas emociones y por supuesto sufren como lo haría una persona real. Además en esa misma sociedad, todos disponen de un fantástico dispositivo que permite tomar imágenes, hablar por teléfono, etc. y que tiene una función adicional: puede bloquear personas.

black

Si una persona decide bloquear a otra, el que pulsa el botón se convierte para su interlocutor en una figura borrosa a la que no puede distinguir, no puede escuchar y con la que no se puede comunicar hasta que dicha persona decida (si es que lo hace), poner fin a dicho bloqueo. Pero no voy a contar más, lo mejor es que veáis por vosotros mismos cómo transcurre la historia.

Ácido sulfúrico: la televisión llevada al extremo

Imaginad que un día estáis paseando por el parque más concurrido de vuestra ciudad. De repente un grupo de hombres armados os secuestran, os meten en un tren y os trasladan a lo que parece un gran campo de concentración. Y no sólo eso, dicho campo de concentración es en realidad un enorme plató televisivo que sirve como base de “Concentración” un nuevo programa en el que los forzosos “concursantes” son tratados como los millones de judíos que sufrieron los campos en la segunda guerra mundial.

En Concentración los kapos golpean y humillan a los detenidos, apenas les dan de comer y una vez al día eligen a los que van a ejecutar, consiguiendo así enormes índices de audiencia. En realidad lo que Nothomb plantea en esta novela es la vieja pregunta de: ¿Vemos telebasura porque la programan en televisión o la programan en televisión porque la vemos?

Además supone una crítica feroz a una sociedad supuestamente “democrática” que se rasga la vestriduras por la existencia de un pograma de tal calibre, que muestra su repugnancia en periódicos y editoriales, pero en la que nadie mueve un dedo para evitar que el programa se emita. ¿A alguien le suena familiar?

 

Dos películas o tres

manhattan

“El guardián entre en el centeno”, además de ser el título de la famosísima novela de Salinger (mea culpa por no haberla leído ya), es el pseudónimo que utiliza el poco pródigo autor de ese curioso blog que atiende al gafapástico título de “Manual de un buen vividor”. Recomiendo leerlo de vez en cuando, porque aunque siempre me queda la duda de si lo que cuenta es cierto, o simplemente es postureo tramposo, la verdad es que es fácil disfrutar de una lectura que aunque peca de artificiosa, se saborea como un buen dry martini, sorbito a sorbito.

El penúltimo de sus posts, “La primera película que vi por segunda vez”, evoca esa sensación de haber visto una película que no puedes quitarte de la cabeza, que ves tantas veces que acabas por aprenderte los diálogos y que disfrutas cada vez, descubriendo nuevos detalles, matices que al principio se te escapan, cuando todavía no sabes cómo va a terminar la historia.

Yo no tengo del todo claro cuál fue la primera película que vi por segunda vez, pero desde luego sí que sé qué dos películas veo siempre que tengo ocasión, disfrutándolas tanto como la primera. En primer lugar, ese monumento que atiende al título de “Manhattan”, y que comienza con Woody Allen, su máquina de escribir y el inicio de lo que promete ser su nueva novela:

Capítulo Primero

Él adoraba Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado. No no, mejor así. Él la sentimentalizaba desmesuradamente. Eso es. Para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de George Gershwin. eh.. no.. volvamos a empezar.

Capítulo Primero

El sentía demasiado románticamente Manhattan. Vibraba con la agitación de las multitudes y del tráfico. Para él Nueva York eran bellas mujeres y hombres que estaban de vuelta de todo. No.. tópico, demasiado tópico y superficial. Hazlo más profundo. A ver…

Capítulo Primero

Él adoraba Nueva York. Para él, era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. La misma falta de integridad que empuja a buscar las salidas fáciles, convertía la ciudad de sus sueños en… no no no…suena a sermón. Quiero decir que en fin, tengo que reconocerlo, quiero vender libros.

Capítulo primero

Adoraba Nueva York. Aunque para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. ¡Qué difícil era sobrevivir en una sociedad insensibilizada por la droga, la música estrepitosa, la televisión, la delincuencia, la basura!. Mmm no, demasiado amargo, no quiero serlo.

Capítulo primero

Él era tan duro y romántico como la ciudad a la que amaba. Tras sus gafas de montura negra, se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Esto me encanta. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería

La segunda película que necesito ver siempre una vez más es “Cadena perpetua”,  una obra maestra que funciona a la perfección porque contiene todos esos ingredientes con los que se construyen las grandes personas: amistad, honor, justicia. Porque todos queremos ser Tim Robbins para poder tener a Morgan Freeman a nuestro lado. Porque todos esperamos ser Morgan Freeman para poder ser salvados.

El pasado 24 de octubre se cumplieron 20 años del estreno de la cinta de Frank Darabont y en EP le hicieron un sentido homenaje en el que desvelaron curiosidades como que Brad Pitt dijo no a encarnar el papel de Tommy Williams, o que la intención inicial del director era dejar un final abierto, en el que no se sabía si los dos amigos volverían a rencontrarse.

Finalmente, la primera vez que la vi, “Cadena Perpetua” me descubrió a la gran Rita Hayworth, encarnando a una Gilda tan sensual que me llevó a mis 14 años a comprarme un gran poster y colgarlo en una habitación en la que durante un tiempo estuvo conviviendo con Pearl Jam, Pulp Fiction, “El beso” de Edward Munch y por qué no decirlo, una simpática estampa de “Friends”.

 
 

House of Cards o el triunfo de Internet

House of Cards

Lo más interesante de “House of cards”, no es que sea una serie que retrate como pocas los entresijos del poder en Washington. Ni que sea una producción interpretada de forma magistral por un grandísimo Kevin Spacey.

Lo más interesante es que Netflix está al cargo de la producción. Que una empresa que hasta ahora se dedicaba al alquiler de películas en Internet, haya demostrado consiguiendo nada menos que nueve nominaciones para los Premios Emmy, ser lo suficientemente audaz como para producir una serie de televisión de gran calidad, capaz de competir tanto con los estudios tradicionales (ABC, NBC, FOX, etc.) como con los grandes de la televisión por cable (HBO y compañía).

Y no sólo resulta novedoso que un outsider haya conseguido colarse una ceremonia tan conservadora como los Emmys, sino también la forma de distribuir su producto: los 13 capítulos de la temporada se ofrecen al espectador de golpe, sin tener que esperar cada semana a que se emita una nueva entrega.

Por primera vez en la historia, un estudio decide entregar al espectador el control completo sobre el producto final. Y es lógico: si en el mundo on-line conceptos como parrillas y horarios han dejado de tener sentido, ¿Por qué deberían de mantenerlos? Sobre todo si se tiene en cuenta que Netflix no vive de la publicidad, sino de la cuota que pagan sus millones de abonados.

Harían mal los estudios en pensar que el caso “House of cards” es una anécdota. No sólo porque Netflix ya ofrece a sus espectadores dos series más de producción propia (“Lilyhammer” y “Hemlock Grove”) o porque vaya a seguir haciéndolo, o porque también haya tomado la decisión de producir sus propios documentales; sino porque un gigante como Amazon también se ha sumado a la fiesta con series como “Alpha House” y “Betas”.

Es verdad que ninguna de las series que de momento están aterrizando en estos canales digitales tienen los costes de producción de “Juego de Tronos” o de “Vikings” pero como hemos visto con “House of Cards” son capaces de rivalizar en calidad argumental, estrellas que actúan frente a la cámara y quizás lo más importante, el interés de los espectadores.

También se  puede argumentar que ni para Netflix ni sobre todo para Amazon, la producción de series (y ya veremos si en un futuro películas), es el core business de su negocio; algo que desde luego sí lo es para los estudios de cine y televisión de todo el mundo.

Seguramente y con los datos en la mano, “House of Cards” haya supuesto más beneficio para Netflix como campaña de marketing que como producto en sí mismo, pero no podemos resistirnos a citar aquí la célebre respuesta que dio María Antonieta cuando se le dijo que el pueblo protestaba porque no tenía pan: “Que le den pasteles” afirmó. Y todos sabemos cómo acabó esa historia.