Por una Moleskine

Pequeños hurtos. Era todo lo que necesitaba el chico para sentir una descarga de adrenalina. Entrar en unos grandes almacenes, guardarse una revista bajo la chaqueta, una postal de felicitación navideña, un llavero, lo que fuera. Pasar el arco de seguridad, comprobar que no pitaba y andar a un paso ligero aliviado, sin volver la vista atrás.

Su modus operandi no era nada del otro mundo pero al menos era eficaz. Tras llegar al establecimiento invertía los primeros minutos en un teatro despreocupado. Cogía lo que le interesaba, lo dejaba de nuevo sobre el lineal, lo estudiaba de nuevo como si estuviera realmente pensando en comprarlo…Un sí pero no, un baile para uno que tenía como objetivo hipnotizar a las cámaras.

Después todo ocurría muy rápido. Tomaba la mercancía, volvía a estudiarla con detenimiento y se alejaba de la escena del crimen con el objeto en la mano, normalmente enfilando las escaleras mecánicas que le conducían a otra planta.

“Soy un cliente más, soy un cliente más” susurraba el chico al principio. “Soy un cliente más que está buscando una caja para pagar” se repetía. Así se iba diciendo y convenciendo hasta que sin hacer ningún movimiento sospechoso acababa por salir tranquilamente por la puerta, con cara de no haber roto un plato y la seguridad de que como era invencible, nadie le iba a parar.

No sólo disfrutaba de lo que consideraba una a todas luces inofensiva y emocionante habilidad, sino que además abrumaba con todo tipo de detalles a quien quisiera escuchar sus historias. Al hablar de su “último golpe” confesaba lenguaraz una gesta épica, salpicándola de hipérboles y un subtexto de justiciero en el que se regocijaba.

Si alguien intentaba ponerle en evidencia, se justificaba de forma pragmática, deshaciéndose al momento del traje de romántico antisistema sobre el que había construido sus proezas.

“Yo no pago 5 euros por una tarjeta de cumpleaños, ¿no ves que nos están robando?” “¿Sabes cuándo fue la última vez que pagué por una revista?” “El truco es saber desde el principio que ellos ya cuentan con esas pérdidas. En realidad no le robas a nadie” proclamaba.

Es así como la confianza que regala una racha seguida de victorias le llevó una vez más, hace pocos días, a volver a “trabajar”. Sería honesto por mi parte reconocer que no acudió a esos grandes almacenes con intención clara de poner a prueba sus destrezas, pero cuando descubrió que en aquella Moleskine, una agenda envuelta en piel blanca, se exhibía junto al código de barras un PVP de 20 euros, sintió que le robaban y se le erizaban los pelos de la nuca, inconfundible señal de que ya no tenía remedio.

Vestido de una suerte de “Robin Hood” de centro comercial, agarró entonces la agenda con fuerza y puso en marcha el plan acostumbrado. Observar, hacer como si nada, actuar con naturalidad y sólo si es preciso, salir huyendo.

Pero por supuesto, no contaba con ello. Con ese pequeño artefacto, chivato pegadizo, agarrado a la contraportada. El pitido del arco de seguridad le heló la sangre. Ya era oficial. De ratero ocasional había sido ascendido a la división en la que juegan los profesionales. Ladrones de piernas para qué os quiero, que aspiran a dejar atrás a cualquier guardia de seguridad.

Podía haber elegido haberse quedado quieto, muy quieto. Haber esbozado un sonrisa tímida y  un “no me he dado cuenta, en realidad estaba buscando la caja para pagar”. Pero desde luego no era eso lo que le pedía el cuerpo.

Como a un purasangre al que le abren el cajón de salida en el “Gran National”, el chico se lanzó desbocado a la carrera. Esquivaba peatones, saltaba por encima de bolardos, dobabla las esquinas… “Al ladrón, al ladrón” escuchó  de repente a sus espaldas.

Un guardia de seguridad le perseguía calle abajo, manteniéndose a escasos 30 metros de distancia. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era si quiera legal? ¿No se suponía que gordos y mal pagados los seguratas contaban poco más que el material decorativo de la entrada?

Aceleró el paso y empezó a sentir que se le acumulaban los tópicos que suelen describir estas situaciones, a saber: el corazón se le salía por la boca, le faltaba la respiración, la descarga de adrenalina le hacía sentirse tremendamente vivo, etcétera.

¿Era él, el chico de esta historia, el que estaba corriendo? Plano cenital, telediario de la primera: un chaval de casi 30 años vestido con una camiseta roja, pantalones cortos de cuadros y calzado de alpargatas, rompiéndose las suelas contra el asfalto, corriendo a toda prisa con lo que parece un cuaderno blanco en la mano. Tras él, un guardia de seguridad, alto y fornido, le sigue de cerca, corriendo sin embargo con la misma convicción del que sabe que su presa, aunque por momentos se acerca, acabará por escapar.

Vuelta a la realidad, visión en primera persona de nuevo. Un coche de la policía municipal salido de la nada y dos agentes uniformados interrumpen el paso. Y ahora sí, el chico se encuentra en una situación desesperada. O se rinde y escupe en el suelo su derrota, maldiciendo por su mala suerte, o sigue corriendo, todo corazón y piernas, sumando un coche patrulla a la lista de los que tiene que dar esquinazo.

En este momento sabe, en su interior lo sabe, que ha perdido la batalla. Y sabe, porque también lo sabe, que sólo tiene que decidir a qué precio quiere vender su derrota. La parte racional de su cerebro le dice que se pare de inmediato, que abandone toda resistencia y acepte cabeza gacha, las esposas y sus consecuencias. Un “C’est fini” en toda regla.

Su bulbo raquídeo en cambio, donde se concentran las emociones más primarias y hermosas, le anima a seguir corriendo, enviando de forma nítida y peligrosa  un “estoy contigo, puedes hacerlo”, en impulsos eléctricos que no cesan.

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