Una batalla verbal

Nueve meses de embarazo y 14 días. Es lo que llevaban esperando Marta y Avelino Robledo para que naciera su primer hijo. Rafael, que así se iba a llamar la criatura, venía con retraso. Y lo que es peor, tampoco parecía querer anunciar su inminente llegada. Ni fanfarria, ni redoble de tambores ni contracciones.

Desde que fue concebido, Rafita hizo todo lo posible por no molestar: ni náuseas, ni pataditas a horas intempestivas, ni antojos imposibles. Las sucesivas ecografías habían ido revelando además un desarrollo del pequeño completamente normal y las revisiones habían sido un bálsamo de buenas palabras, de las que los futuros padres siempre salían encantados.

Pero ahora cuando los nueve meses y medio empezaban a aproximarse y Marta no había experimentado todavía la más pequeña contracción, el doctor Tineo empezó a preocuparse. Y fue taxativo: si el niño no hacía ademán por venir al mundo en los próximos tres días, la ciencia médica no pensaba quedarse cruzada de brazos.

Tanto si quería como si se obstinaba en permanecer encerrado en el útero de su madre, don Rafael Robledo acabaría por recorrer ese amargo y doloroso túnel. De una forma mucho menos literaria el ginecólogo de Marta le puso al corriente de su situación utilizando únicamente seis palabras: “en tres días provocaremos el parto”

Al abandonar la consulta, Avelino detectó en Marta su característico gesto contrariado: entrecejo fundido y labios muy apretados. Al interesarse por su estado de ánimo, Marta empezó a cargar contra los literalmente “argumentos estreñidos del matasanos”. Ella, argumentó, conocía mejor que a nadie a su hijo y si el pequeño había decidido quedarse unos días más en el interior de su madre, ¿por qué iban a tener que impedírselo? Ella, atacó con un sonido casi gutural, se encontraba “perfectamente bien” y por lo que sabía, la salud del niño era excelente.

Avelino, fiel a su costumbre, propenso a discutir por el simple placer de enfrentar argumentos, discrepó de inmediato. Se había informado “por Internet”. Y cómo se afirmaba claramente en varios foros médicos, cuanto más días pasaran, más expuesto se encontraría el feto a cualquier peligro.

Ante la mirada cargada de escepticismo que le lanzó Marta, Avelino le aseguró que términos como “gigantismo” o “retraso mental” aparecían con frecuencia en Google cuando se introducía “parto tardío” como término de búsqueda. Y tenía que reconocerle por ese mismo motivo, que empezaba a sentirse francamente asustado.

La ciencia había demostrado, empezó a perorar añadiendo algunos datos de su propia cosecha, que los niños que nacen después de los nueve meses aprendían más tarde a hablar y a andar y tenían todo tipo de problemas, particularmente de hígado y riñón por lo que se oponía firmemente (empleó ese adverbio, firmemente) a pedir esa segunda opinión que ya había empezado a sugerir Marta.

Avelino, la madre soy yo, insistió con su dedo amenazador su querida esposa. Enemiga declarada de las nuevas tecnologías (ni Facebook, ni Twitter y casi sin teléfono móvil) volvió a pronunciar, relamiéndose los labios, esa frase que siempre provocaba en Avelino un escalofrío que le congelaba la sangre: “Internet puede decir misa”.

El futuro padre se estremeció dentro de su camisa. Él, que no salía de casa sin su reloj inteligente, que monitorizaba sus horas de sueño, los pasos que daba y que registraba en una App incluso las calorías que ingería en cada comida, estaba enamorado hasta las trancas de lo que consideraba una auténtica analfabeta digital. Y la atacó en consecuencia, casi con maldad.

“¿Internet puede decir misa? Internet es lo mejor que le ha pasado a la humanidad en la historia Marta. ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo crees que localizamos a tu hermano el año pasado cuando se perdió en la montaña? Dime, ¿qué habríamos hecho sin Internet? Probablemente habríamos enviado un batallón de pastores y palomas mensajeras, eso es lo que habríamos hecho”.

“Le localizamos por WhatsApp Ave… eso ni siquiera debe ser Internet. Doble check azul en cinco minutos” replicó riéndose Marta. “Hasta mi madre utiliza WhatsApp.. ¿tu crees que mi madre sabe lo que es Internet? No seas ridículo”.

“No seas ridículo” era la gran arma verbal de Marta. Y si era tan poderosa es porque dejaba a su marido completamente destrozado. Una auténtica bomba nuclear verbal. Avelino sabía perfectamente que NO SEAS RIDÍCULO, no admitía réplica. De ningún tipo.

Sobre todo porque pese a su contundencia, más que un ataque descarnado, era más bien una invitación sutil a replegar velas, izar la bandera blanca y cambiar de tema.

En el pasado Avelino había intentado combatir el funesto adjetivo con audaces y rebuscadas réplicas, con cierto éxito ocasional que de forma piadosa le concedía su esposa. Pero desde que Marta se quedó embarazada había dejado de hacerlo. Odiaba como se sentía cuando disgustaba a Marta y ahora había una criatura en camino, algo más importante en lo que pensar.

Al día siguiente por lo tanto la feliz pareja se encontró frente a la experta opinión de un segundo ginecólogo. El doctor Loranca sin embargo no se convirtió en la tabla de salvación a la que esperaba agarrarse Marta.

“Esperar más de tres días no es aconsejable” recalcó y ante las quejas airadas de su paciente, el sanitario se atrevió a a dar un paso más, dejando caer la velada amenaza de que no acudir al centro médico, podría suponer su internamiento forzado. “Pero por supuesto no queremos eso. Estoy seguro de que los tres queremos lo mejor para su hijo verdad?” dijo con ese tono tan neutro que domina el que acostumbra a expender recetas.

Si el día anterior había sido la rabia la que había dominado la reacción de Marta, tras la visita al doctor Loranca, la victoria se la llevaron las lágrimas. Tímidas al principio, tardaron pocos segundos en brotar con fuerza para después inundar el rostro de la primeriza.

“A la cárcel. Quieren obligarme a tener mi bebé en la cárcel ¿te das cuenta Avelino? ¿Cómo puedes permitirlo?” gritó golpeando los flacos pectorales de su compañero. “Nadie quiere llevarte a la cárcel Marta. El doctor simplemente ha dicho lo que ya sabías… que el bebé necesita nacer ya…”

Pero el cóctel de hormonas en el que se había convertido el cuerpo de Marta por supuesto no se conformaba con esa explicación tan pusilánime. “Me esposaran, me ataran a una horrible camilla y si me resisto incluso es posible que me droguen y me abran la tripa con un bisturí… ¿Es así cómo quieres tener a tu hijo? ¿Con tu esposa drogada e inconsciente? ¿Prácticamente violada? Te lo advierto Avelino. No lo haré. No pasaré por esa humillación. ¡Vayamos a Francia! Podríamos quedarnos con mi hermana… daría a luz en uno de sus estupendos hospitales… ay… tal vez podríamos empezar a hablar al niño en francés y luego.. y luego…” relataba de forma cada vez más agitada.

Pero en el preciso instante en que Avelino comenzaba a visualizarse trabajando de camarero en Perpignan, y dos años más tarde de la última vez en que se atrevió a hacerlo, se presentó la palabra: “¡Insensata!” gritó. Pasaron más de 20 segundos hasta que Marta se atrevió a romper de nuevo el silencio.

“Me lo prometiste, me prometiste que no volverías a decirlo y ahora… ahora no puedo confiar en mi propio marido…” gimoteó Marta esforzándose por volver a llamar al orden a sus lágrimas.

Lo había hecho. Había pronunciado “Insensata”, la palabra que sólo había tenido el valor de utilizar tres veces en sus diez años de relación y que se veía obligado a pronunciar de nuevo, ante la imposible tozudez con la que batallaba el amor de su vida. “Espero que te des cuenta… dijo con un hilo de voz, que no me has dejado otra opción…Lo mejor es que vayamos a casa”.

“Lo que tu digas querido” musitó Marta “… y si quieres… llama al doctor Tineo… estoy lista para dar a luz mañana”.

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