En el gran teatro del mundo que se había convertido Berlín en 1963, John F. Kennedy, pronunció su famosa frase: Ich bin ein Berliner. Una cita que pasaría a la historia al ser interpretada como “Soy un berlinés” pero que seguramente dejó atónitos a los miles de personas que se congregaban frente al Rathaus Schöneberg (ayuntamiento berlinés en el sector occidental) aquella mañana al escuchar que el presidente de Estados Unidos afirmaba ser nada menos que una berlinesa, el popular bollo relleno de mermelada.

Si entonces la plaza no estalló en una sonora carcajada y más bien al contrario, rompió en un estrepitoso aplauso, se debió en gran medida a que Berlín Occidental no se moría de hambre gracias al apoyo que recibía del amigo americano. Acciones como el puente aéreo de 1949, que salvaron a la ciudad del bloqueo soviético son buena prueba de ello.

Mientras tanto al otro lado del muro, desde la Alexander Platz hasta la Puerta de Brandenburgo los berlineses seguían intentando sobrevivir en ese “paraíso socialista” en el que les había confinado el muro ideado por Erich Honecker. Estos días en los que he tenido la suerte de pasear por Berlín, se cumplen precisamente el 55 aniversario de su construcción.

Y mientras paseamos por la colorida East Side Gallery, tocamos algunos restos del muro en Postdammer Platz o visitamos la “franja de la muerte” (en Prenzaluer Berg) bajo la sombra de Conrad Shumann, es fácil sentirse abrumado.Del muro llama la atención no sólo la división física que en la mañana del 13 de agosto de 1961 separó a familias enteras casi para siempre, sino la omnipresencia, la sombra que proyectó sobre los poco más de 40 años de existencia de la RDA y sus habitantes (imprescindibe la visita al museo de la DDR).Una sombra disfrazada de una muralla de hormigón a la que el estado comunista destinaba más del 20% de su PIB anual, que proyectaba un angustioso estado de ánimo en el que sólo parecía sobrevivir la Stasi y los intentos de fuga.

Casi nada de lo que queda en Berlín es original. La Puerta de Brandemburgo, el conjunto arquitectónico de Gendarmenmarkt, la Univeridad de Humboldt y la Museum Islen, son tal vez los únicos recuerdos de una ciudad que en el siglo XIX podría haber rivalizado en belleza con París o Viena. Desde 1945, Berlín es una ciudad inventada.

La devastación que sufrió la capital alemana como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial sólo se comprende cuando hojeamos esos libros de “antes de” y “después de” en la estupenda librería Dussmann DasKulturKaufhouse en Friedrichstraße.

Nada refleja mejor esa idea de ciudad devastada y después abandonada casi a su suerte que la Pariser Platz. La plaza, que vivió espectáculos tan lamentables como observar en 2002 a Michael Jackson amenazando con arrojar a su hijo por una de las ventajas del Hotel Adlon ofrece hoy en día una imagen muy diferente. La comparamos con una vieja fotografía de 1975: treinta años tras el fin de la guerra, seguía mostrando una desolación total, un campo de batalla en el que la Brandenburger Thor parece ahogada en el barro.

Visitar la ciudad supone por lo tanto estar preparado para recibir ese impacto. Obliga al menos la primera vez que posamos los pies en Unter Liten o en Karl Marx Allee, en dejar de pasear de forma despreocupada, para tal vez reflexionar durante un minuto en que estamos recorriendo las aceras más influyentes del siglo XX.

Pero Berlín es mucho más que eso. La orgullosa capital de la Alemania reunificada es más que la historia triste de los que se despedían en el “Palacio de las Lágrimas”. Es una ciudad que vive el arte contemporáneo en Scheunenviertel, que se divierte en Kreuzberg y que se pasea los domingos en Tiergarten.

Es una ciudad que inventa el Kebab en su barrio turco y que se encuentra en un estado permanente de “en construcción”, de reinvención constante, como atestiguan las decenas de grúas que salen a nuestro paso. Una ciudad que se disfruta cuando entendemos cómo es y no cómo queremos que sea.

PD: Nota para el visitante accidental: a sólo un par de minutos de la Puerta de Brandemburgo se encuentra el siempre recomendable Forum Willy Brandt, en el que el turista apremiado puede hacer una pausa para ir al baño sin levantar suspicacias.

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