La piscina

Tres columnas en una página impar del periódico. Así dieron la noticia de mi muerte, hace poco más de un año. No recuerdo bien el titular y he olvidado la mayoría de los detalles que se mencionaban en una noticia que sin embargo, durante unos días generó cierto revuelo.

Recuerdo muy bien en cambio uno de los párrafos. Decía así: “Pese a que el cuerpo de Esteban había dejado de respirar hacía unos minutos, el color de la piel, la carne amoratada de los labios y la escarificación de las extremidades sugería que el cuerpo llevaba bajo el agua varias horas. El análisis posterior del forense determinó que desde un punto de vista científico, el nadador llevaba muerto casi 72 horas. Las pruebas toxicológicas que se le han practicado han dado un resultado negativo. ”.

La policía abrió de forma discreta una breve investigación oficial. Dos agentes se dejaron caer durante unos días por las instalaciones y hablaron con algunos de los socios con los que solía compartir piscina.

¿Era un buen nadador? ¿Cada cuántos días iba al centro? ¿Cuánto tiempo solía nadar? ¿Me conocían bien? ¿Les había contado si tenía algún problema personal o de salud? Esa clase de preguntas. Especularon con la posibilidad de que hubiese sido envenenado, pero los venenos capaces de no dejar rastro son raros y difíciles de conseguir. ¿Quién iba a tomarse tantas molestias?

No tardaron en averiguar que no tenía ningún enemigo, o al menos nadie que pudiera salir beneficiado con mi muerte. Así que una semana más tarde y a pesar de la evidencia médica que les colocaba en un callejón sin salida, archivaron mi caso. Causa del deceso: ahogamiento.

¿Pero fue realmente así? ¿Qué recuerdos tengo de entonces? Recuerdo que solía ir a nadar porque tenía que hacerlo. No es que lo hiciera en contra de mi voluntad, pero no era un nadar voluntarioso ni entusiasmado.

Era una de esas tareas semanales casi aplastadas por el peso de la responsabilidad. Llegaba al gimniasio, me cambiaba, entraba en el agua y hacía mis largos. Restaba: me quedan 20, me quedan 15, me quedan 10. Dos largos más y me meto en la sauna. La sauna era mi recompensa. El regalo por haber hecho bien los deberes en el agua.

Antes de empezar a nadar observaba detenidamente todas las calles. Contaba el número de nadadores en cada una de ellas, observaba si eran rápidos y el estilo que empleaban. Si parecían cansados y a punto de salir o si todavía podrían pasar media hora más nadando.

Solía escoger las calles en las que hubiera menos de tres nadadores, preferiblemente si eran de mediana edad, acostumbrados a avanzar a un ritmo lento, sin presiones. Pocas cosas odiaba más que sentirme perseguido en el agua, el obligarme a tener que nadar más rápido para poder respirar antes de cada giro. Así que si las circunstancias no eran las idóneas, sencillamente no entraba en el agua. Me quedaba observando la escena durante unos minutos y luego me refugiaba en mi querida sauna.

Aquella mañana sin embargo casi todas las calles estaban despejadas. Tres o cuatro personas competían en velocidad en las calles más rápidas, pero la calle 3, indicada claramente con el cartel “nado lento” estaba completamente libre de obstáculos.

Me metí en el agua como siempre, sentándome primero en el borde de la piscina, para después impulsarme con las manos. Comencé a nadar como siempre. Y como siempre, después de dos o tres largos esperé a que se me empañasen las gafas. Me preparé mentalmente para llevar a cabo un ritual tan inútil como inevitable. Sabía cómo era: alcanzar el extremo de la piscina en el que hacía pie, quitarme las gafas, sumergirlas por completo y frotar las lentes con los pulgares esperando un no se qué, que devolviese a mis queridos anteojos a un estado límpido y critalino. Por supuesto, nunca funcionaba.

Solía conformarme con el pensamiento de haberlo intentado, de saber que no podía hacer mucho más por mejorar la situación. Así que tras tan titánico intento, me resignaba a pasar el resto de la sesión esquivando sombras, intuyendo los cuerpos del resto de nadadores más que viéndoles. Odiaba esa sensación de niebla, de aislamiento temporal de coches de choque. Y sin embargo poco a poco conseguía olvidarla. Todo lo que tenía que hacer era avanzar sobre el agua, restar mis largos y convencerme de que cumplía con mi deber.

Si cuento esto es porque recuerdo que aquella mañana los cristales no se empañaron. Al principio penśe que tal vez no fueran mis gafas. ¿Habría cogido por error las de otro nadador? Veía con total claridad el fondo de la piscina, los banderines que colgaban del techo, e incluso el gran reloj esférico clavado en la pared del fondo. Veía tan bien que no me arevía a quitarme las gafas para comprobarlo.

Así que aproveché la ocasión para emplearme a fondo. Hice diez largos rápidos a crol y después veinte a braza, a los que siguieron diez de espalda y otros veinte a crol. Cualquier otro día hubiese sido más que suficiente. Desde luego hacía tiempo que me había ganado ese “una ducha caliente y a casa”. Y sin embargo me encontraba tan bien que quise seguir.

Contaba adeḿás con ventaja. A pesar de que en las otras había hasta tres y cuatro personas, por algún motivo yo estaba solo. Y me encantaba. En cada brazada que daba me sentía mejor que en la anterior. Cada largo que terminaba lo hacía con la seguridad de que había mejorado mi tiempo.

Después de veinte largos más abandoné la comodidad de la braza y me empleé a fondo a crol de nuevo, el estilo que menos me gustaba y más me agotaba. Pero como ya empezaba a sospechar, ese día sería diferente. No me cansaba. Empecé a avanzar utilizando incluso las piernas, que golpeaban con fuerza sobre la superficie del agua. Salpicaba tanto que veía como las gotas impulsadas por mis patadas volaban por encima de mi cabeza.

No descansaba. Tenía que nadar más. ¿Hasta dónde podía llegar? ¿Cuánto podría aguantar? Quería averiguarlo. ¿Cómo había podido llegar a odiar la pisicna? Nadar esa mañana se había convertido en la mejor sensación del mundo.

Mis recuerdos a partr de este momento siguen siendo muy confusos. ¿Cuánto tiempo permanecía ese día en el agua? ¿Qué pasó en el último largo? Me parece escuchar mi corazón golpeando fuerte mi pecho y esa sensación de sentirme tremendamente poderoso. Y después… ¿Qué pasó después? ¿Cuándo dejé de nadar?

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