Listas mínimas

En alguna parte leí que a los seres humanos nos encanta hacer listas. Tiene sentido. Las hacemos todo el tiempo. Listamos las mayores fortunas del planeta, los personajes del año, los discos que más se venden, las mejores películas de todos los tiempos… Listamos también cosas mínimas, como lo que tenemos que meter en la maleta antes de irnos de viaje, lo que debemos comprar para preparar la comida del domingo o a quién tenemos que llamar en cuanto lleguemos al trabajo.

Al fin y al cabo listar es tomar toda esa información que nos rodea e intentar estructurarla. Darle un orden capaz de apaciguar esa intranquilidad que experimentamos cuando empezamos a atisbar que en realidad vivimos sumidos en el caos.

Las listas por tanto tienen un efecto anestésico, reconfortante, de volver a pisar un terreno conocido. No nos equivocamos cuando nuestro nombre aparece en una lista. Incluso ser el último de todos es a ojos de los demás, mucho mejor que ni siquiera haber sido listado. Porque en última instancia no estar en la lista es no existir, formar parte de todo aquello que está fuera, suspendido como polvo cósmico en una nebulosa, frente a lo concreto, lo “listable”.

En “Alta fidelidad” Nick Hornby describe este “peut d’etre” de forma tan esquizofrénica como brillante. Sus protagonistas crean listas como “Primeros cinco grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical” (Simple Minds, Michael Bolton, U2, Bryan Adams, Génesis),  “Las cinco mejores canciones sobre la muerte” o incluso  “Los cinco peores crímenes perpetrados por Stevie Wonder en los 80 y los 90”.

Personalmente nunca he sido demasiado de listas. Nunca he sido capaz de navegar a lo concreto. A menudo me han preguntado ¿Tu película favorita? ¿Tu libro preferido? ¿Qué es lo que más te gusta para comer? Y me he quedado completamente en blanco.

Sé por supuesto que no soporto los huevos duros y sin duda este infame iría directo a una lista de “Los cinco alimentos que no deseo comer” pero más allá de eso, para mí una lista siempre ha sido un ejercicio de reduccionismo, un dejar fuera todos esos “tal vez” y “por qués” que normalmente dan vueltas por mi cabeza. Y así estamos como estamos.  Que de listas, me encuentro incapaz de escribir una que en realidad tenga un auténtico significado. Y lo he intentado. Para este artículo tenía preparada esta.

Libros que me encantan y que he vuelto a leer

  • “La insoportable levedad del ser” – Milan Kundera
  • “Sostiene Pereira” – Antonio Tabucchi
  • “La conjura de los necios” – Kennedy Toole
  • “Todos los nombres” – José Saramago
  • “El libro de las ilusiones” – Paul Auster
  • “Madam Bovary” – Gustave Flaubert
  • “Dublinesca” – Enrique Vila Matas
  • “Rayuela” – Julio Cortázar
  • “A sangre fría” – Truman Capote
  • “Casa de muñecas” – Henrik Ibsen
  • “Los detectives salvajes” – Roberto Bolaño

Y está bien. ¿Pasable? Seguro. ¿Rectificable? Mucho más. ¿Satisfactoria para el autor de la misma? mehhhh dejémoslo con un “ahí está”. Tal vez tengan más sentido esas listas mínimas, que huyen de los absolutos. Como una “lista de cosas que tiene ahora en esa caja” (un botón, una moneda de diez céntimos, una foto de carnet de alguien que no sé quien es y un paquete de chicles en donde sólo queda uno y creo que está caducado) o “lista de cosas que un domingo normal harías y hoy a las 14.30 de la tarde todavía no has hecho” (quitarme el pijama, ducharme, salir a desayunar, preparar la comida).

Pero llueve. Y los días de lluvia, como las listas, me dan mucha pereza.

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