Freixulfe

freixulfe

A menudo, medio en serio, medio en broma, digo que soy asturiano de adopción. Desde hace años paso parte de mis veranos en Puerto de Vega, uno de esos pueblecitos costeros que tienen tanto encanto en el litoral cantábrico.

A medio camino entre Luarca y Navia, Puerto de Vega puede presumir de estar rodeado de playas y calas prácticamente vírgenes, salvajes las más innacesibles. Lejos de la masificación del Mediterráneo, o del ruido de los chiringuitos del Atlántico andaluz, los 40 o 50 km de costa del Occidente asturiano me recuerdan a menudo que todavía existen sitios en los que las personas podemos caminar, respirar y dejar pasar el tiempo…que los modernos urbanitas, podemos dejar atrás durante unos días el metro salvaje, los hipster-cafés y el postureo que nos exigimos a nosotros mismos de ser más, llegar más lejos y hacerlo los primeros.

En ese “Paraíso Natural”  se encuentra la playa de Freixulfe. Un arenal de casi 1 km de largo que sirve como desembocadura natural del pequeño río que lleva su nombre. Protegida por un bosque de eucalyptus y engastada entre dos acantatilados, el acceso a la playa es si no tortuoso, si lo suficientemente incómodo para que muchos bañistas se decanten por otras opciones mucho más sencillas, a pocos kilómetros de distancia.

Y no sólo porque el acceso a esas otras playas sea más sencillo, sino porque bañarse en Freixulfe es toda una experiencia con la que disfrutan sobre todo los perennes surfistas que se acercan con el ánimo de cazar olas. Olas. De eso se trata. Pese a que algunos días de calma chicha el baño es “apto para todos los públicos”, la mayor parte, una bandera amarilla y dos grandes mástiles de los que cuelgan pañolones en los que puede leerse “Zona de Baño” hablan de una playa tan bella como inhóspita.

Un pequeño puesto de bebidas, que comparte espacio con la garita de los socorristas y unas duchas son en realidad la única concesión al turista. No hay atracciones inflables, ni se pueden alquilar motos de agua. No hay camas balinesas, ni campos de volley-playa. Por no haber, ni siquiera hay ese trapicheo playero de gafas del sol, pulseras de cuentas y viseras.

Los que nos acercamos, cuando el tiempo nos deja, sabemos que estaremos solo pocas horas. Las suficientes para pelearnos con el mar, dejar que nos arrastre una y otra vez hasta la orilla llenando nuestro bañador de arena; las suficientes para pasear junto a la orilla esas escasas mañanas que parece que el sol va a romper las piedras; las suficientes para leer un rato y observar como sube la marea, se levanta el viento y llega a hora de volver a casa.  Todo lo demás, el resto de posibilidades que regala el verano, se antojan en Freixulfe articiosas, de un tiempo que no corresponde con el norestón que durante semanas enteras tumba los árboles.

Por eso me resulta tan complicado entender. Por eso no consigo comprender qué hacían tres personas paseando en pleno invierno, rompiendo la sombra del temporal que cae a plomo, junto a la orilla del mar, hundiendo sus pies en el agua, en esa sal que ha arrancado a un niño de los brazos de su abuelo. Podrán explicarlo las noticias y tal vez el juez, cuando cierre el sumario. Para los demás, los que normalmente bajamos a la playa, seguirá siendo un misterio.

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