17 de enero de 1991

El 17 de enero no fue un día como cualquier otro. Ese día, John Holliman se levantó pensando que las cosas ya no serían como antes. Se duchó y se afeitó de forma mecánica, absorto en sus pensamientos. En la cafetería del hotel pidió un café con leche y hojeó el periódico del día anterior, mientras que mordisqueaba algunas galletas.

Cuando terminó de desayunar volvió a la habitación de su hotel e hizo algunas llamadas. Para nada. Comprobó lo que ya sabía. Que ese día tampoco iba a poder salir del país. Los vuelos se habían interrumpido hacía tres días y no era probable que se reanudasen esa semana. Tendría que esperar.

Tras colgar el teléfono, se reunió con sus colegas: Bernard Shaw y Peter Arnett. “La situación no tiene vuelta de hoja” les debió de decir. “O hacemos las maletas y buscamos un transporte alternativo, o nos quedamos a la espera de acontecimientos”.

Seguramente debieron discutir los pros y los contras de cualquiera de las dos decisiones. Irse parecía desde luego lo más sensato y era bastante probable que encontrasen a alguien que les facilitase la salida. Quedarse en cambio parecía arriesgado, tal y como estaban las cosas. Pero si se quedaban ,tal vez y sólo tal vez, tendrían su oportunidad.

Tras discutir la situación durante unos minutos, Holliman volvió a llamar a su empresa en Atlanta y les comunicó su decisión: iban a quedarse, pasara lo que pasara. Tras colgar el teléfono, se sintió liberado. Como si toda esa presión que desde hacía días sentía sobre su pecho, de repente hubiese desaparecido.

Ligeramente eufórico, se puso el bañador y bajó hasta la piscina cubierta del hotel, donde permaneció un buen rato chapoteando y haciendo unos largos. Después, se tumbó en una hamaca y se quedó medio dormido mientras el reloj ya cruzaba el umbral de las dos de la tarde.

Después de comer, los tres decidieron salir a pasear. En los últimos días la ciudad estaba más tranquila de lo habitual. No había desde luego menos coches, pero sí que parecía que hacían menos ruido. No había menos mujeres, pero parecía que sus pasos eran más silenciosos. Y no había menos puestos en el mercado, pero parecía que los intercambios eran más rápidos.

A las siete de la tarde ya estaban de vuelta en el hotel. Había un mensaje a su nombre en la recepción. Cuando lo abrió ya en su habitación, supo que todo empezaría esa noche. Desde ese momento, empezaron los preparativos. Las horas se escapaban y parecía que había demasiado por hacer. Y sin embargo, cuando llegó el momento, los tres estaban preparados. John Holliman se situó frente a los micrófonos de Bernard Shaw y cuando recibió la señal convenida, pronunció una frase que se coló en millones de hogares: “La guerra ha comenzado en Bagdad”

A partir de ese momento, la CNN se convirtió en los ojos del mundo en un conflicto que tuvo la particularidad de ser el primero de la historia “retransmitido por televisión”. A la vuelta a Estados Unidos, Holliman, Shaw y Arnett recibirían el sobrenombre de los “Bagdad Boys” y polémicas aparte, a ellos les debemos uno de los trabajos periodísticos más interesantes del siglo XX.

La letra pequeña de esta historia también cuenta que Holliman moriría en 1998 en un accidente de tráfico, pero como en el caso de Neil Armstrong y su “este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”, la frase de este reportero de la CNN ha encontrado su lugar.

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