Lo que nos enseña del periodismo el caso de Jacintha Saldanha

JACINTA-SALDANHA

Jacintha Saldanha. Este era el nombre de la enfermera que se suicidó hace dos días después que  unos periodistas australianos llamasen al hospital en el que trabajaba, se hicieran pasar por la reina de Inglaterra (y el príncipe Carlos) para obtener información sobre el estado de Kate Middleton.

Como la historia es de sobra conocida, no abundaré en los detalles que llevaron a la pobre Jacintha  tomar tan drástica decisión. Lo que sí haré en cambio, es poner en duda la “políticamente correcta” decisión de llevar a cabo una campaña mediática de acoso y derribo contra la emisora australiana que llevó a cabo esta broma y hacia sus presentadores.

Huelga decir que es de lamentar que el desenlace de esta historia haya sido el suicidio de Saldanha, pero de ahí a tratar a los dos periodistas como seres prácticamente amorales, capaces de cualquier cosa por una exclusiva, hay un trecho.

¿Una broma muy pesada?

Lo primero que llama la atención de esta historia es que muchos medios señalan que Jacintha Saldanha sufrió una broma muy pesada. Pues bien, niego la mayor. Estos periodistas lo único que hicieron es identificarse como quienes no son (la Reina de Inglaterra y el príncipe Carlos) y preguntar por el estado de salud de Kate Middleton. La enfermera respondió con un lacónico “está descansando”.

Seamos serios. Esto no es una broma muy pesada. Si alguien ha escuchado algunos programas que se emiten en las radiofórmulas españolas, podrán comprobar casi a diario lo que es una broma pesada y éticamente más que cuestionable.

Lo que sí puede ser pesado es la difusión mundial de esa broma, es decir: que todo el mundo supiera que a  una enfermera se la “habían colado”. Pues bien, ahora sabemos que ni el hospital tomó represalias contra la trabajadora, ni la casa real británica ejerció ningún tipo de presión sobre el centro hospitalario o sobre la trabajadora.

Todo lo contrario: Jacinta Saldanha fue tratada desde el principio como víctima de esta curioso incidente y ningún tabloide ni medio hizo escarnio de la pobre enfermera. De hecho hasta que no se produjeron los trágicos acontecimientos nadie habló ni de bromas pesadas, ni de los “límites de la libertad de expresión” o la “ética periodística” como se está haciendo ahora.

Llevar a una persona al borde del suicidio no es algo de un día o de una broma radiofónica. Sin conocer el historial médico de Jacintha Saldanha, parece lógico pensar que si no hubiese sido por esta broma, otra situación futura de estrés hubiese podido tener las mismas consecuencias. ¿Hablamos entonces de oportunismo político? ¿Hablamos de un país que está debatiendo actualmente un nuevo marco regulatorio para la acción de la prensa?

La NO información

Lo apuntado hasta ahora no borra sin embargo, un hecho fundamental: todo esto no hubiese pasado si la emisora australiana no se hubiera apuntado a la moda de la NO información, apostando en cambio por el sensacionalismo de tabloide.

Éticamente la información es muy cuestionable. Pero no lo es por el resultado final, sino por el planteamiento del que parte: pensar que el estado de Kate Middleton en el hospital, es noticia. El hecho de que una futura madre tenga leves molestias durante su embarazo y tenga que ir al hopital a hacerse un reconocimiento, no es noticia en ningún caso: ya se trate de Fulanita Pérez, ya sea la ahora afligida Kate.

Por supuesto, hacerse pasar por Isabel II para obtener esta información es poco ético (puede que no lo fuera en otros casos si la información de verdad fuese periodística), pero ojo: la falta de ética parte de un modelo de periodismo en concreto y todo lo que engloba. No es este caso en particular el que debe hacer sonrojarse a la sociedad, sino que existan millones de lectores que demanden este tipo de noticias.

Lo que hay que preguntarse es por qué siguen existiendo determinados tabloides y no poner en la picota a dos periodistas que al fin y al cabo, hicieron lo que hacían a diario con gran regocijo de todos. Es fácil ahora rasgarse las vestiduras y gritar un unánime “malos, malos australianos” pero seamos serios: el problema es otro.

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